Algo Fayó: El hombre que escapa, por José Luis Visconti

Los ochenta quedaron como una década mitificada que, como todo mito, no exige explicaciones ni lecturas profundas. Se la establece en un altar donde se la adora como una imagen congelada; en este caso, la de la liberación de la censura postdictadura. Un libro reciente de Fernando García –Crimen y vanguardia- establece un planteo tan inquietante como interesante: la década de los 80 y su explosión de significados empieza con el asesinato de los Shocklender. El parricidio que luego se traslada a la cultura que necesitaba acabar con los modelos previos, una ruptura que impulsaría el arte hacia otras direcciones.

Hay un par de líneas en Algo Fayó que señalan, sin explicitarlo del todo, el cambio que sobrevino en esa década para la historieta local. La primera es el recuerdo de Juan Sasturain sobre el concurso lanzado por la revista Fierro en la que se buscaban dibujantes y guionistas. Por fuera de los ganadores –que no se dice, pero posiblemente hayan respondido a alguna de las tradiciones de la época-, se amontonaron una serie de trabajos que para Sasturain constituían “la hermosa experiencia de chocar con lo nuevo”. En esa pila estaban los trabajos que había presentado Fayó y que le abrieron las puertas para publicar. La segunda referencia viene de Diego Parés, que recuerda la ruptura que representaron para la época los trabajos de Podeti y Fayó: ambos se salían de las corrientes de seguidores de Mandrafina, de Breccia, para traer otro tipo de influencias que se relacionaban con el cómic español y con los dibujantes americanos de la década del 20.

Pero no son esas tampoco las líneas que más le interesa seguir al documental de Santiago García Isler. Porque Fayó fue como una especie de luz enorme que brilló durante el mismo período en que la experimentación en la historieta argentina tuvo su boom, entre fines de los 80 y comienzos de los 90. Una estrella nova en el firmamento que, de pronto, fue retirándose lentamente de ese lugar en el que había brillado. Lo que intenta el documental es encontrar explicaciones a los motivos por los cuales esa estrella fue debilitándose hasta convertirse en otra cosa.

Una intuición de Parés pareciera iluminar el camino. “A los 25 años había entendido todo lo que había que entender de la historieta”, dice en referencia a la perfección que encuentra en “Shotaro va a la guerra” y “Pamela y el extraterrestre”. Como si todo lo que viniera después ya no pudiera superar lo anterior y eso llevara al abandono, a no encontrar qué límites quedaban por atravesar. Sin embargo, hay algo que en apariencia es más simple, y que, paradójicamente, es la que hace de Algo Fayó un trabajo más complejo del que parece en la superficie.

Porque a fin de cuentas, seguir a Fayó es tratar de apresar en la imagen, de cristalizar en un punto, a un hombre que escapa –y tal vez la escena que mejor lo describa es esa en la que vuelve al lugar donde fue la casa de sus abuelos, y cuando Podeti toca el timbre, Fayó se aleja y no quiere saber nada-. Que escapa una y otra vez de cada lugar, como si ese espacio ya no pudiera contenerlo. Y lo más notable es que en la búsqueda de las posibles razones por las que ello ocurre, se reafirma la necesidad de escapar. Si el motivo por el que se convirtió en dibujante se reduce, en sus propias palabras, a que “fui de los que siguieron dibujando después del jardín de infantes”, la decisión de dejar de publicar no encuentra demasiadas explicaciones. Hay algunas tentativas del propio Fayó –que el trabajo de dibujar es estresante-, que se complementa con las opiniones de su amigo Leo Arias –“dibujar historietas es un trabajo muy nefasto, un infierno”-. Pero donde se puede encontrar la clave para entender al personaje Fayó, es en lo que señala su ex esposa: la tensión que se generaba por los encargos que le costaba terminar y lo que implica de la relación entre el arte y el deseo.

Fayó escapó de la historieta –no del dibujo- para refugiarse en el tango –que a la vez puede verse como una huída de ese grupo de adolescencia armado con sus amigos, Los Medallones Salvajes-. Pero de nuevo, por fuera de toda estructura, cantando en boliches y restaurantes, a la gorra, sin planes pre-establecidos. Y escapó literalmente de su pasado, desprendiéndose de sus propias creaciones que parecen lastres, para refugiarse en otro pasado, ajeno, si se toma en cuenta su impronta gardeliana a la hora del tango.

“Pasó tanto tiempo que ya no me acuerdo cómo era yo”, dice en algún momento en el que ese pasado intenta reflotar, en parte por el documental, en parte por la insistencia de Parés para re-publicar su obra. “No me pone muy feliz que aparezcan cosas viejas”, insiste, cuando en la casa del padre, se descubre una caja que guarda como un tesoro perdido hasta ese momento, los originales de “Pamela”, de “Shotaro”, de “Agapito”. En esa relación compleja –aunque de una conflictividad algo diluida- con el pasado, se asienta el personaje Fayó. Algo de eso que se intuye en el reencuentro con los compañeros de Los Medallones, que más que al recuerdo, lleva al contraste entre las formas de trabajo de unos y otros, y que construye a un Fayó que desde esa adolescencia estaba imbuido de la disipación que lo caracterizaría más tarde, cuando estuviera en el centro de la escena de la historieta. Algo que también se percibe cuando cuenta que hace años que no sabe nada de su madre. O cuando se niega a buscar esos originales que sus amigos intuyen que deben estar en algún lugar, orbitando en torno a esa estrella que quiere apagarse.

Sin embargo, el mayor logro de Algo Fayó no es haber puesto nuevamente en la luz al personaje, sino comprender que no puede alcanzarlo, que siempre vuelve a escaparse cuando parece tenerlo entre manos. Fayó se maneja poniendo en pantalla la conciencia de la existencia de un documental sobre sí mismo: rompe la distancia con quien está detrás de cámara, comenta con sus amigos cómo lo siguen con la cámara, dice que es un despropósito un documental sobre él, y hasta en un momento dice que con el paso de los días se fue arrepintiendo de haber aceptado. Pero esa misma conciencia es la que despeja cualquier atisbo de actuación. Fayó sigue siendo el tipo que se escapa de todos los lugares posibles, incluso después del momento “glorioso” de la recuperación de los originales –hay que ver el contraste entre la cara de Fayó y la de Parés ante el hallazgo-, cuando en lugar de ordenarlos y revisarlos, se va nuevamente, al Boliche de Roberto para cantar “Yira yira”, ese tango cuyo estribillo comienza diciendo… “Verás que todo es mentira…”

Algo Fayó (Argentina, 2017), de Santiago García Isler, 86′.

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