La crítica siempre te da la posibilidad de escribir sobre algo que esperabas, que anhelabas, o sobre algo que nunca hubieses imaginado. Siempre son dos opciones: encararlo o escapar del desafío para no enfrentarte a esa película, director, o lo que sea que ames o detestes. El presente, la cobertura del día a día, te abandona a tu suerte y ahí es donde se ven los pingos. Hurgar en una película de otros tiempos y escribir sobre ideas que te quedan cómodas, que no te interpelan es un recurso para no decir nada. Otra cuestión de los estrenos es que te obligan de alguna manera a tomar posición o hablar del contexto de las películas sin una perspectiva histórica y eso es un gran desafío.

Todo este prólogo no es más que para decir que tengo que escribir aquí sobre la última Alien a cargo de Ridley Scott, el peor de los hermanos Scott. Tony sí me caía bien, hay un par de películas de él que quiero mucho: Días de truenos (1990), El ultimo boy scout (1991), Escape Salvaje (1993) y algunas que me gustan: Deja Vu (1996) e Imparable su última película, del 2010. Pero la nota era sobre el cine de Ridley, entonces pienso en películas que se me vienen de una a la cabeza: Blade Runner (1982) en su momento me fascinó y ahora me cuesta mucho llegar al final. Es cierto que se hizo dueña de mucha de la iconografía post apocalíptica que vendría posteriormente. Lluvia Negra (1989) me gustó y no la volví a ver nunca, es más, alguna vez le escapé. La caída del halcón negro (2001) es una de las películas que más veces vi en tv, si no la que más. Tiene algo tan atractivo como nocivo, casi cualquier película de guerra me queda cómoda y más si están bien filmadas las escenas de acción, sin importar demasiado las torpezas narrativas, que en este caso no son tantas. Es cierto que hay un hediondo tufo reaccionario, parece que es algo de familia, no olvidemos Hombre en llamas (2005) del gran Tony. Pero volviendo a Ridley, me gustan mucho Gangster americano (2007) y Misión rescate del 2015. Dos películas con pulso y nervio, dignas de un artesano del oficio, sin muchas sutilezas, así es su cine, pero con una convicción de lo que se cuenta y de cómo contarlo. Después tenemos unos emboles importantísimos como Gladiador (2000) o su versión de Robin Hood del 2010 -las dos con el gran Crowe- que ranquean entre las películas más torpes y más aburridas que ha dado Hollywood.

En el 2012 regresó a su primer amor, Alien, con Prometheus embole fatuo y aburrido, un relato inútil que anhela contar el origen del hombre y del mal o algo así, nunca importaron muchos la razones de por qué el bicho está ahí, ni para qué, si no que está y va por todos, ese es el conflicto principal. Alien Covenant no genera mucha expectativa en un principio, pero vuelvo a insistir porque es uno de mis monstruos preferidos de todos los tiempos y porque últimamente las películas de ciencia ficción manejan otro tono, más naif, me refiero a la saga de StarTrek (que me gusta) y todo el cine de superhéroes, incluidos los X Men y Guardianes de la galaxia que conquistan a pura simpatía.

Lo oscuro, lo tenebroso está ausente en esos relatos e inclusive los villanos no tienen el componente maligno, es como si uno no sintiera el peligro, casi se disfruta de lo lóbrego en esos tonos. Hay un componente que supongo que viene del comic o la tv y que hace completamente artificiosas las convenciones de esos dispositivos que no llegan asustar. Alien de 1979 es una película que se mantiene aún viva, con cierta rusticidad y precariedad que la mantiene potente para la eternidad. Ridley asesta el tiro y crea un clásico, que después sería desarrollado por Cameron y Fincher con trazos mucho más sutiles que Scott, más un obrero de la dirección, que un hacedor con ideas sofisticadas o profundas.

Alien Covenant es una precuela de Alien, el octavo pasajero, introduce androides con aires ambiguos de la mano de Walter -el algo tieso Michael Fassbender-, que se replican sobre sí mismo e incuban al monstruo desde su más tierna infancia. Bien, por ahí viene. Una nave, una tripulación con cientos de humanos, más embriones y un sueño congelado de siete años. Un desperfecto hace que varios despierten a las apuradas mucho antes del tiempo prefijado. Salen varios a explorar un planeta y epidérmicamente entra la bestia. Ver salir al bicho a través de la espina dorsal de un fulano ya justifica la sola existencia del metraje. Pero todo esto viene después de que Scott disponga un relato cadencioso y modesto, con un trabajo muy digno en los tiempos que se toma para desarrollar el escenario para la aparición.

Un relato directo que a diferencia de Prometheus se interesa en las acciones mucho más que en el desarrollo de las razones cuasi filosóficas que son aburridas, solemnes y hasta graciosas por momentos. Por cierto, Scott casi siempre es perfecto en cuanto al manejo de la técnica.

Covenant completa un lindo momento con bríos de un cine de otros tiempos, certero, que se impone desde el suspenso y la acción. Potente y sin miedo al gore y las sustancias nauseabundas.

Siempre me pregunté, ¿Alien es un molusco?

Alien: Covenant (Estados Unidos, 2017), de Ridley Scott, c/Michael Fassbender, Katherine Waterston, 122´