Martha: ¿Qué tan lejos estamos?

Hermana: ¿De dónde?

Martha: De ayer.


Martha Marcy May Marlene es una película de terror. Y una como hace mucho tiempo no vemos: agobiante, agotadora. Una película que  nos exige trabajar de espectadores. Pero es una de terror sin asesino serial, monstruo o demonios, aunque puede que los tenga. Es una película de terror, pero no por filiación genérica o por genealogía referencial, sino más bien por hermandad narrativa, espacial y, quizás, temporal (aquí debería afirmar que lo temporal, en este relato, también es de la familia del terror, pero no tengo muy claro que así sea). La historia invitaba a filmar “una de terror” hecha y derecha con destino de franquicia exitosa. Pero el rumbo es otro: un terror posible, concreto y desolador.


El joven Director Sean Durkin toma prestados del género algunos modos narrativos y también sus tempos. Me refiero a los del buen terror, ese que contaba las cosas con calma, revelando lo que estábamos viendo con cuidado, guardando lo mejor (o dicho correctamente: lo peor) para el final. Graduando la información, pausada pero sólidamente, Durkin nos va enredando en el relato. De manera espaciada pero continua nos enteramos de las circunstancias pasadas que trajeron, (¿y formaron?) a Martha (hermosa Elizabeth Olsen) hasta el presente. Circunstancias que suman, para hacer de ella el centro de su propio planeta, y del universo que como espectadores descubrimos.


Nos enteramos de su pasado (qué le pasó) mientras vivimos su presente (quién es). Y es aquí donde lo espacial-temporal cobra relevancia terrorífica, porque el  pasado es una granja, casa rural sencilla, poblada por una pequeña comunidad de jóvenes y un adulto que los lidera. Alguien, livianamente, diría: una secta. Y el  presente es un chalet de veraneo lujoso donde viven  la hermana y el cuñado de Martha. Alguien, simplificando, diría: una familia. Ella está en los dos lugares. O podría decirse que es de los dos lugares. Y lo era antes, pero también ahora. ¿Está en los dos lugares? ¿Es de los dos lugares? Para unos es Martha, pero para los otros es Marcy May. ¿Y quién es Marlente? Allí donde pertenecemos.


Por fortuna, Durkin decide contarnos tomando la incómoda e inteligente decisión de cruzar el tiempo y los espacios, llevarnos y traernos con unos flashbacks que subvierten el contrato no escrito con el espectador: no se anticipan, no se aclaran. Por eso la letra chica del convenio nos obliga a estar atentos. A medida que las cosas siguen su curso, todo se complejiza, se oscurece. De pronto pasamos del presente en un lago frente al chalet, al ayer de la granja donde alguien está martillando. El audio de esto lo empezamos a escuchar en el plano / lugar anterior, o sea en el presente. Y una pregunta formulada fuera de campo, en el pasado, tiene respuesta allí, pero por corte de plano nos damos de cuenta que fue formulada para el presente. Esto ocurre seguido, cuesta darse cuenta cuándo y dónde está pasando lo que está pasando. En esta película prevalece lo incómodo. El piso narrativo sólido, parejo, seguro, se mueve y todos sabemos lo complicado que es que nos muevan el suelo.


No conforme con incomodarnos, Durkin se vale de dos elementos netamente cinematográficos (el fuera de campo y el fuera de foco) para que esta sensación ceda en silencio su lugar y permita el sigiloso ingreso del más profundo miedo en la forma de inseguridad. De principio a fin, nos obliga a mirar por detrás, a los costados, a seguir la mirada de Martha (hipnótica Elizabeth Olsen), a ver lo que no podemos ver, a putear por no distinguir qué esta pasando y a quién. Es muy importante lo que no se ve, lo que no se distingue, pero Martha… es una película que no se agota en estos detalles. Son tantas las lecturas posibles que se nos queda pegada en la cabeza, rebotando, buscando caminos posibles. Quizás por eso no alcance con verla una vez.


A los escépticos o a los ateos (que los hay, como las brujas), les digo que lo que podría parecerles, a simple vista, un juego de niño virtuoso o gestos cancheros de un nuevo director banana, no son tales, porque con componentes narrativos como los mencionados (el  audio como nexo o elemento descriptivo, transiciones en tiempo y espacio por montaje) es como se va armando la historia. Pero, atención, porque armar la historia es armar también a Martha/Marcy May, y al armarla nos damos cuenta de que hay un tercer espacio/tiempo donde las cosas también están ocurriendo y es (¡Bendito terror!) en la cabeza de… ¿Marlene?


Pero que quede claro, dijimos: “también están ocurriendo” y no: “podrían estar ocurriendo”. Esta no es  una película del tipo ‘todo pasó en su cabeza, se lo imaginó, está loca’. No. Al principio de esta crítica afirmábamos que este es un terror posible, concreto y desolador. ¿Cómo es esto? ¿Les pasó alguna vez sentirse fuera de lugar? El ‘¿qué hago acá?’, pero no por lo dicho o hecho, sino por una cuestión de pertenencia. Hablo de lugar, no de posesión. Sentirse perdidos, sin lugar propio, sin saber qué hacer o hacia dónde ir. Con miedo de todo, a todos. A Martha Marcy May Marlene le ocurre eso: está sola con su cabeza y con sus miedos en un lugar donde no sabe si quiere, puede estar. Sin pertenencia. Un lugar peligroso, pero con menos muerte que el que dejó por la misma razón: por no saber si quería, si podía estar ahí.


Distintos como son la granja y el chalet, la comunidad y la familia se parecen. Por eso está bien que se crucen en el relato, porque comparten habitaciones que esconden sexos consentidos o forzados y el miedo a dormir solos. Y dependencias y maestros carismáticos o líderes materialistas, hijos huérfanos y malas madres. Quizá la solución, la posibilidad de escapar de la muerte y los asesinos, la encuentre Marlene, ella misma líder y maestra, allí adonde la están llevando, ese lugar donde la van a cuidar, atender y seguramente medicar. Lo dicho: un terror posible, concreto y desolador.

Fabián Roberti