Por Paula Vázquez Prieto y Hernán Gómez.
Aquí pueden leer un texto de Nuria Silva y otro de Emiliano Oviedo sobre la película.

“Mi cine, dices, es literario: lo que digo en mis películas podría decirlo en una novela. Si, pero se trata de saber qué es lo que digo. El discurso de mis personajes no es forzosamente el de mi película.

En mis ‘Cuentos’, es cierto, hay una intención literaria, una trama novelesca establecida de antemano, que podría ser un material para desarrollar por escrito. Como a veces efectivamente lo hago, en forma de ‘comentario’. Pero ni el texto de este comentario ni el de los diálogos son mi película: son cosas que filmo, de la misma manera que los paisajes, los rostros, los andares, los gestos. Y tú dices que la palabra es un elemento impuro, ya no te sigo: la palabra forma parte, al igual que la imagen, de la vida que yo ruedo.

Lo que yo ‘digo’, no lo digo con palabras. Tampoco lo digo con imágenes, mal que les pese a todos los sectarios de un cinema puro que ‘hablaría’ con las imágenes como un sordomudo habla con la manos. En el fondo, yo no digo, muestro. Muestro gente que actúa y habla. Eso es todo lo que se hacer, pero ahí esta mi verdadera intención. El resto, estoy de acuerdo, es literatura”.

El gusto por la belleza, Eric Rohmer.

En Antes de la medianoche nos reencontramos con Jesse, Celine y sus gemelas después de diez años. Con ese largo plano secuencia en la camioneta, y el dialogo y los elementos antes mencionados, se nos provee la información necesaria para cerrar Antes del atardecer. Un vals, Nina Simone, un gran final y cine veinticuatro cuadros por segundo. Linklater demuestra con solvencia cómo reflejar el paso del tiempo, las frustraciones, las alegrías y todo lo que el amor refleja en su brillo. Su realismo se nutre de sus decisiones visuales: la cámara solamente como un testigo silencioso, en largos planos secuencia, en planos y contraplanos que transcurren invisibles, en el sonido en off que muestra a quien escucha, en los escasos primeros planos que se intensifican según el relato lo exija. El realismo como prisma y alguna que otra canción para sazonar el momento, como dividiendo en capítulos el cuento. La música es únicamente una herramienta narrativa, ni pomposa ni canchera.

El ciclo Comedias y Proverbios, de Eric Rohmer, trata principalmente de la dificultad en las relaciones amorosas. El obstáculo para el amor no es la moral de una sociedad determinada, con sus reglas impuestas o asumidas voluntariamente, sino la dificultad de encontrar en el otro los sentimientos que uno tiene. Sus personajes ya no temen la acción, como le pasaba a Jean Louis Trintignant en Mi noche con Maud, en ese caso influido por preceptos filosóficos y religiosos, sino que quieren vivir algo: no le temen a los acontecimientos sino a la monotonía de la vida, como señalaban Heredero y Santamarina en su interesante análisis sobre la obra de Rohmer. “Al contrario que en otros mundos, como en el de la mayoría de los mitos en los que el hombre es feliz y se teme que un peligro pueda avecinarse, aquí los acontecimientos no son temidos”.


Lo interesante en ese camino que propone Rohmer en compañía de sus personajes es el descubrimiento de la distancia que existe entre la realidad y la ilusión de realidad, entre lo que ellos sienten y dicen, entre sus deseos en tensión y sus palabras concretas: su cámara filma pensamientos expresados en palabras y, al mismo tiempo, busca sacar a flote sentimientos que se ocultan o se disfrazan tras la abundante palabrería de sus personajes. El lenguaje, para Rohmer, siempre deviene en una trampa: cuando sus personajes creen en la verdad de su discurso –sobre todo en plena argumentación racional- inmediatamente se abre una grieta por donde penetra un deseo irrefrenable que pone en entredicho toda lógica.
Inspirado por ese estilo rohmeriano, en apariencia liviano y sencillo, pero que en realidad es denso y articulado, Richard Linklater concibe la trilogía del amor y la palabra entre Jesse y Celine. Porque la saga de Linklater trabaja sobre un eje fundamental: el énfasis en las palabras que se dicen y se callan Jesse y Celine. Su intención no es reafirmar información sobre lo que sucede en imágenes, sino describir sus personalidades a través de un diálogo fluido con cierta agudeza intelectual. Pero estos no son diálogos socráticos, de reflexiones profundas y verdades reveladas, sino que la calidez de la charla cotidiana, cuando el amor comienza a surgir, se convierte en un idioma que atraviesa la historia de la humanidad, de punta a punta. Puede cambiar según las épocas, pero nunca dista en demasía cuando se trata de sentimientos.

Antes de la medianoche es la clausura de esa serie, o eso parece por ahora. Han pasado otros nueve años –la misma cantidad de tiempo que hubo entre que se enamoraron en Viena y se reencontraron en París- y ahora están juntos en Grecia. Formaron una familia y ya tienen más de 40. El amor se ve atravesado por la rutina, los conflictos que aparecen con la madurez, los hijos y la acumulación de frustraciones, pero está ahí y siempre emerge detrás de las palabras. En un paseo por las ruinas del Peloponeso, Celine recuerda una escena de una película: una pareja visita unas ruinas y descubre las huellas del amor que han sobrevivido al paso del tiempo. Se trata de Viaje por Italia, de Roberto Rossellini, donde el recuerdo de viejas civilizaciones vuelve a la vida con la luz brillante del sol, que muestra que tras el tedio y la tristeza de un vínculo desgastado se revela el pulso vital de lo compartido.

No son casuales las referencias a Rossellini y a Rohmer, como no lo es el plano del sol que se oculta evocando la revelación de Delphine al final de El rayo verde. La historia en el cine de Linklater, que pesa también sobre sus personajes, no pasa en vano. Las quejas de Jesse y Celine pueden parecer banales y superficiales, ella puede haberse convertido en una feminista neurótica y él en un esnob superado, pero sus charlas y digresiones van más allá. Y no porque hablen de temas trascendentales, sino porque son sus diálogos los que nos dicen algo de su vida en común, de sus sueños compartidos, de sus ilusiones perdidas. Y esa charla cotidiana tiene los ritmos y las inflexiones del habla real, en la que creemos casi como en una verdad revelada.