Por Luciano Alonso

La crisis económica ha dado paso a una guerra contra Estados Unidos de América. Corea del norte lleva la delantera. Mientras tanto, los jóvenes estadounidenses de clase media no saben nada de todo esto. Saben que existe una guerra, pero la guerra no es más que una abstracción. Los videojuegos, la cerveza, las chicas y el fútbol americano son las cosas que preocupan sus mentes (no necesariamente en ese orden, creo). Toda la juventud y la belleza permanece cautiva en el fulgor de cierta frivolidad encantadora.


Sin ir más lejos, Jed, el hermano mayor de Matt, es soldado. Ahora mismo Jed está de visita, de regreso a su hogar, como suele decirse, y pasa la tarde junto a su hermano Matt y su padre, el sheriff del condado. La verdad es que su hermano Matt lo admira en secreto y un poco como que quiere parecérsele, pero no es tan fortachón como Jed. De hecho, su equipo de fútbol americano ha perdido, pese a tenerlo como líder, qué se le va a hacer, lo importante es intentarlo, parece decirnos la película en un bello y artificial momento estúpidamente cinematográfico.

Bueno, las preocupaciones son así, bastante pelotudas, y el tiempo transcurre sin más, como en la vida misma. Y, mientras tanto, el juego de seducción de las chicas que sonríen en los bares. Y la cerveza, claro, inevitable. Y un padre comprensivo que sobrevuela sobre todas estas inquietudes y resquemores juveniles, ay.

Y un día, toda esta encantadora estupidez con la que podríamos consignar lo cotidiano, se va al cuerno de golpe y porrazo, como quien no quiere la cosa. Paracaidistas norcoreanos aterrizan sobre suelo norteamericano, armados hasta los dientes, y empiezan a tirar tiros y a imponer su revolución, sin que medie ninguna explicación, ninguna excusa.

Jed y Matt y los amigos más cercanos, consiguen escaparse. Se refugian en una cabaña y, desde allí, comienzan a fraguar una contraofensiva. Ellos, que -a excepción de Jed- no tienen formación militar, ni tienen la menor idea de cómo se maneja un rifle o cualquier arma… ellos, que incluso son demasiado jóvenes, unos niños, como para andar tirando tiros… ellos, que no entienden nada sobre la muerte, se verán “obligados por las circunstancias” a convertirse en máquinas de matar, porque han violado su territorio y lo más importante en todo esto, siempre, es defender a la familia.

Hay una escena que más o menos quiere ser épica. Ellos están escondidos en el bosque y los norcoreanos lo saben. El padre de uno de los chicos del “grupo rebelde” no es otro que el alcalde. Al parecer, se ha “vendido” a las autoridades norcoreanas e incluso intenta persuadir a su hijo y sus amigos de que está todo bien con los norcoreanos y que colaboren con ellos. El padre de Jed y Matt, a su vez, también está allí, al lado del alcalde, para repetir el discurso. Pero sabe que sus hijos lo están escuchando, camuflados en las sombras. No puede ser infiel a sus principios, así que los advierte de que sigan escondidos, de que sigan resistiendo y así es como se gana su muerte, a manos de los norcoreanos ridiculizados por un padre valiente, que se ha “sacrificado” para enseñarles a sus hijos que lo más importante es la libertad y defenderse y desconfiar de los norcoreanos y algunas otras cosas más, que ya no me acuerdo.

En fin, que la ciudad permanece sitiada y los norcoreanos intentan una suerte de lavado de cerebro de la población, que más o menos consiguen. La vida transcurre más o menos como siempre, aunque ahora hay soldados norcoreanos por doquier, que vigilan que no haya insurrecciones ni cosas raras. Pero no pueden evitar que Matt y Jed y los suyos se organicen. Así que estos muchachitos locos conforman este grupo revolucionario, al que dan en llamar: “Wolverines”.

Con gran inteligencia táctica, los “Wolverines” realizan ciertos golpes estratégicos con resultados muy favorables. Al principio, estos “golpes” son más o menos creíbles, hasta que se van tornando más inverosímiles cada vez. Digamos que toda la película es un absurdo, pero demos por buena la premisa de que adolescentes promedio pueden convertirse en “máquinas de guerra”. De ahí a realmente hacer efectiva una revolución, de ahí a ser capaces de vulnerar la seguridad de un edificio gubernamental protegido por tanques de guerra… bueno, me parece que se les fue un poco la mano a los guionistas. Pero, en realidad, da igual… porque la película no quiere ser realista, sino coherente. Y es coherente con el discurso del que parte, con la ideología que subrepticiamente nos encaja: la guerra puede llegar a ser tan divertida como un videojuego y, si estamos del lado de los buenos, mejor. ¿Y quiénes son los buenos? Pues, los estadounidenses, obviamente, porque son más guapos. ¿O es que no os habéis dado cuenta?

Ya, en serio. Lo más interesante de esta película no es quién gana o quién pierde (eso es obvio desde el afiche publicitario). Lo más interesante aquí es que pone en circulación una idea horrible, porque es cierta. Una idea espantosa que, no obstante, encierra una peligrosa verdad. Me refiero a la idea que acaso justificaría la violencia y horror de cualquier guerra.

La cosa es así: no es lo mismo iniciar una guerra que defenderse contra ella. Digamos que la violencia siempre es un horror, pero no es lo mismo aplicar la violencia para conquistar un terreno ajeno que aplicarla para defender lo ganado por derecho. Este discurso, de gran sentido común, es horrible. Sobre todo, porque es cierto. Ahora bien, lo nefasto de esta película es valerse de este discurso como punto de partida para embellecer algo horrible. Escudarse detrás de una posible justificación bélica para hacernos creer que la guerra es algo hermoso y que podemos ser más lindos y más cancheros portando un arma… ese es el gran error de esta película, el error por el que vale la pena reparar en ella. El error que la vuelve una obra atractiva, por esa contradicción extraña y paradojal que recae sobre ciertas cosas.

Amenaza roja propone una sensibilidad tan dañina que no puede más que llamar la atención. Recomiendo sinceramente ver esta película, pero sólo para reflexionar cómo dejamos que una película así se convierta en el reflejo de ciertas maneras en las que se articulan los discursos sobre el poder, que -se sabe- no le pertenece a nadie en particular y a fin de cuentas no es más que una construcción colectiva. Michel Foucault hubiera disfrutado mucho de esta película, créanme.
Amenaza roja (Red Dawn, EUA, 2013), de Dan Bradley, c/ Chris Hemsworth, Isabel Lucas, Josh Hutcherson, Jeffrey Dean Morgan, 93′.