achaHay algo que llama la atención desde el principio. Es el acento puesto en la intensidad, en lo muy mucho, en el énfasis  que resalta la descripción de las imágenes, que a la vez se tornan efímeras y casi inasibles: “Nubes blancas pasan lentas, muy lentas, por un cielo muy celeste”… “El agua, muy quieta”…. “El cielo invertido transcurre lento, muy lento”… “Un joven desnudo, de piel muy blanca y rubia, muy rubia su cabellera”. Se trata de una intensidad mínima y fugaz, como si en esos instantes la vida comenzara a despegarse de la tierra hacia las alturas. Y sin embargo, esa abstracción poética tiene su resultante concreta en los cuerpos que, una vez entrelazados, una vez lanzados a la calle o a la mar, a la arena de un ring, saldrán renovados, rotos y deshechos, desangrados, no malos ni buenos, sino nuevos. Se trata de ir hacia (no en contra de) otro para volver sobre sí mismo y descubrirse en otra piel, transfigurado.

Los escritos que el cineasta, pintor y escritor Jorge Luis Acha emprendió en los últimos años de su vida, y que Gustavo Bernstein se ha encargado de rescatar y compilar con lucidez y erudición en este libro notable, no hacen otra cosa que reeditar la infinitud de una batalla milenaria, que incluye la lucha entre bien y el mal, entre el deseo y la represión, pero sobre todo la lucha del hombre con el hombre, del encuentro entre iguales, como única vía posible para forjarse una identidad. En ese largo periplo que supone la perpetuidad de la contienda, Acha traza las coordenadas urbanas de una serie de relatos arquetípicos que, bajo la forma del sueño o el mito, invierten el sentido tradicional de su mensaje. Si en Amapola, primero de los tres textos que se incluyen en el libro, la leyenda de San Jorge y el dragón se ve subvertida a partir del anclaje en un ambiente onírico que habilita la liberación de los deseos y permite ceder a las tentaciones y al llamado del instinto para descubrir que no se trata de dos personajes antagónicos sino de dos cuerpos que encuentran en la reciprocidad del acto amoroso la parte que los completa, en Bocabajo y en Versus, esos mismos cuerpos se entrelazan y se enfrentan, como respuesta desesperada ante el desamparo y la orfandad en el primero, y como acceso a un conocimiento de sí mismo que iguala el pensamiento a la acción brutal y desmedida en el último.

En los tres textos la sangre de los cuerpos se mezcla y ya no se distingue a quién corresponde. Los personajes de Acha, siempre masculinos, siempre viriles, se lamen mutuamente las heridas, se penetran, se funden el uno con el otro, se reconocen inseparables, se reflejan en la espesura roja que emana de los cuerpos luego de la exigencia física que impone la batalla. El deseo es priorizado por sobre los reparos que se desprenden de una antigua moral que parece no tener lugar aquí, y el amor, expuesto en toda su crudeza, adopta formas disímiles pero siempre fecundas en cada uno de los relatos.

Las tres historias comparten la marginalidad de sus criaturas, la hostilidad de un entorno que los repele, que los empuja hacia el mar, que los invita a irse. Como bien señala el prólogo, las tres concluyen en el mar. Esa puerta de escape infinita y siempre cambiante representa, para los personajes de Amapola, la posibilidad de desprenderse de la tierra, de “escapar por arriba a la fatalidad de abajo”, “una brizna fugaz de eternidad, un deseo que se consuma y se extingue para perpetuar la condena”.

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En Bocabajo el mar supone, luego de haber atravesado los rincones más oscuros de una ciudad en la que no hay asilo posible para sus criaturas, el reencuentro de los jóvenes protagonistas con la  figura paterna, mientras que en Versus, la historia más claramente anclada en la mitología griega, los luchadores, devenidos futuros amantes, emprenden, según rezan los versos de Kavafis, su travesía hacia Ítaca: “cuando emprendas el viaje a Ítaca…ruega que el camino sea largo…pleno de aventuras…pleno de conocimiento…Lleva siempre en el corazón la idea de Ítaca…Has de llegar allí, es tu destino…pero no fuerces el trayecto…es preferible que dure muchos años…y que seas viejo cuando fondees en la isla…Rico de todo lo que el camino te habrá dado…y sin esperar ya más riquezas…Ítaca te ha dado ese bello viaje…sin ella jamás habrías partido…Sofía, la mujer de Blaser, héroe de la historia, es quien recita los versos en vos alta en una noche plácida en la que todos, no por azar, “se alimentan del mar” (comen pescado).

Los tres relatos comprenden una suerte de travesía marítima. Bernstein nos aclara: “en ese espacio Acha fundó su patria poética. Pintó mares, filmó mares y escribió sobre mares. Acaso no hubo otro territorio que gravitara tanto en él como el mar”.

Bocabajo es acaso el más cinematográfico de los tres relatos, ya que elige prescindir en más de una ocasión de las palabras, para apoyarse en la pura imagen generada por los gestos, por ese lenguaje de señas que esconde en los rincones más oscuros de la ciudad el deseo y el impulso animal, latente en los cuerpos de apariencia frágiles y huérfanos de los protagonistas. El propio Acha concibe a la ciudad como una pecera dentro de la cual se reproduce una persecución silenciosa pero desaforada entre cazadores y presas que alternan simultáneamente sus papeles. No es casual que Bernstein, al analizar la estructura del relato, hable justamente del noir y el porno como géneros contrapuestos que logran conciliarse a partir de lo que se calla y lo que se grita. Esa dicotomía bien puede ser trasladada al encuentro entre el santo guerrero nacido de las aguas y el reptil mitológico que no obedece a los mandatos de la razón sino a los impulsos de su cuerpo desatado que se da en Amapola, y a la fruición incontenible con la que se arrastran por el cuadrilátero y más allá el hombre de mundo, culto y viajado, devenido por propia voluntad gladiador imbatible y el hombre trabajador, de manos callosas, que exhibe con brutalidad aunque no sin ternura sus aptitudes físicas para la lucha en Versus.

La erudición de Acha, conocedor profundo de las mitologías clásicas, lejos de volverse críptica, se esparce con simpleza entre las líneas de una escritura desnuda que reactualiza e invierte en el derrotero marginal y urbano de sus criaturas los ecos de la vieja cultura helénica y las fábulas morales adoptadas por el cristianismo. El prólogo que antecede a los textos arroja luz sobre ellos sin volverse nunca pretencioso ni excesivo, sin caer en academicismos ni interpretaciones forzadas. Por el contrario, el preludio compuesto por Gustavo Bernstein encierra y combina, acaso atraído y subyugado por el prodigio al que se enfrenta, el placer de la poesía y la lucidez analítica: el amor como ausencia, los cuerpos a la intemperie, las almas en estado de orfandad, la fornicación como acto funerario, como el encuentro de dos tumbas revelan el sentido trágico que se esconde en Bocabajo. El enfrentamiento de dos hombres vistos como “dos cuerpos que se piensan, dos usinas metafísicas punzadas por el dolor que infringe el argumento de su oponente”, configuran la clave de lectura y acercamiento a Versus. El postulado ético de Spinoza que habla del reencuentro entre atributos de una misma sustancia y que Bernstein observa en Amapola, tal vez sea igualmente aplicable a la escritura de ambos creadores. Tal vez haya allí otro tipo de reciprocidad corpórea e intelectual. Estamos ante los escritos póstumos de un cineasta, pero un conjuro los antecede, y es allí donde subyace la epifanía  que permite el acceso a esos mundos alejados de toda legitimación canónica.

Hábeas Corpus-001 (2)El libro se completa con los Apuntes sobre el mar, una serie de anotaciones breves en las que Acha desnuda su periplo libertario por el mundo y encuentra en la inestabilidad del terreno marítimo su morada final. Islas que parecen manchas negras, cabelleras rojas y senos enormes de mujer que recuerdan a los guerreros portugueses, rituales acuáticos que retrotraen al viajero a un tiempo prehistórico. Los apuntes representan la partida del artista hacia Ítaca, el viaje final que lo enriquece al tiempo que lo interpela para finalmente devolverlo a la tierra convertido en otra cosa. En cada una de esas anotaciones Acha es otra persona, deja de ser para volver a ser. Su salutación final comprende la deconstrucción de un cuerpo humano que se vuelve agua, la existencia física devenida abstracción líquida, el intento último por retornar al origen, por recuperar el paraíso perdido.

La compilación de los escritos de Acha llevada adelante por Bernstein responde a esa misma lógica oval que aparece en el inicio de Amapola y que completa, sobre el final, el círculo que da paso a un nuevo ciclo. El libro abre y cierra con el haiku en el que Acha sintetiza su existencia, su paso fugaz por la tierra, su partida y su regreso, para luego disolverse en el mar: “Soy, en la estela que deja el barco en el que estoy”. La épica de Acha, ese “afán por desandar el mundo”, tiene su réplica en el trabajo emprendido por Bernstein. El compilador ha reunido una serie de textos que trascienden las formas y sus múltiples representaciones. De hecho no hay, salvo por la referencia a la impresión de los créditos sobre la imagen que se señala al comienzo de Amapola y el fundido a negro y el plano cenital con el que concluye Versus, en ninguno de los tres textos evidencias de los procedimientos o recursos formales a utilizar.

En las primeras líneas de su extenso prólogo/ensayo, el autor señala que la cremación del cadáver de Acha fue acaso el último acto del artista para desechar todo tipo de precisiones sobre la deriva de su cuerpo; y que, ante la imposibilidad del aserto, la conjetura será lo único que persistirá con el tiempo, como un regalo para aquellos exégetas (el propio Bernstein y, con mucha más humildad y menor erudición, el que suscribe) que cultivan el “fútil arte de barruntar presunciones”. Es entonces que, haciéndome eco de tal disciplina, me gusta pensar que Acha emprendió estos escritos con la clara consciencia de que jamás alcanzarían la forma cinematográfica o cualquier otro tipo de traducción. No es menor el hecho de saber que estos escritos póstumos fueron concebidos por Acha en los últimos cinco años de su vida, acaso intuyendo la cercanía de la muerte, acaso con la intención de dejar una última, apenas visible pero reveladora huella para aquel viajero que asuma el riesgo de buscar, entre los espejos de agua y las estelas de los barcos, los restos de un naufragio siempre latente, la figura deshecha de un artista múltiple. Este libro tiene el valor de ser el primer paso hacia esa quimera.

Escritos póstumosVolumen 2
Autor: Jorge Luis Acha
Prólogo: Gustavo Bernstein
Año: 2014
Páginas: 290
Origen: Argentina
Editorial: Ítaca ediciones