Atención: Se revelan detalles importantes del argumento.

En El clan un padre de familia de clase media interpretado por Francella recorre su casa mañanera despertando a sus hijos en un plano secuencia. Animal empieza exactamente igual. En aquel inicio la última puerta que se abría descubría a un secuestrado encadenado a un caño. Era efectivo, una sinopsis de la película: una familia aparentemente estándar se dedica a los secuestros extorsivos. En Animal el plano se complejiza indefinidamente, la cámara va de los primeros planos a los planos generales y viceversa, avanza, retrocede, presenta a toda la familia, salta temporalmente sin corte, vuelve a presentar a toda la familia y termina acompañando a Decoud (que así se llama Francella) en su running matutino hasta la orilla del mar donde se desvanece. Antes se desvanece el plano secuencia: para ir desde la casa hasta la costanera sin cortar (y sin usar veinte minutos de película) la cámara apunta por unos segundos al piso; disruptivo, evidente, feo, una buena razón para elegir un plano inicial diferente. La otra razón es que empezar igual que una película conocida y con el mismo actor es, indefectiblemente, citarla, usarla como referencia. Pero no parece que Animal tuviera esa intención, en el lugar del cautivo encadenado solo hay más plano secuencia. No parece que sea algo más que una exhibición Iñarrutera de posibilidades técnicas.

Así que las cosas empiezan mal. Y después no paran de empeorar. La sorpresa es que, siendo Armando Bo el guionista ganador de un Oscar, sea justamente por el lado del guion que la película se caiga a pedazos hasta el ridículo. Claramente lo que se intenta es un thriller bastante clásico donde una amenaza llega desde lo marginal a aterrorizar una vida atiborrada de normalidad. No compartimos ese terror ni por un instante porque la película dilapida todos sus recursos. Para empezar el frigorífico, donde hay imágenes potentes, un ambiente pregnante y disponible para el suspenso. La limpieza blanca y la sangre. Al pedo. Las reses se quedan en la alegoría de la carne y el cuchillo, que son el destino de Decoud. Ese espacio es descartado en la mitad de la película a pesar del intensivo y acertado uso que se la da en el tráiler.

El guion parece estar al desnudo, como un edificio sin terminar al que se le ve toda la estructura. El compañero de diálisis que se muere para incrementar la amenaza, la reunión de gerentes, la conversación con el empleado, todos elementos cuya funcionalidad para la historia queda demasiado al descubierto. El peor ejemplo de esto es la aparición ex machina de Gabriel (Marcelo Subiotto) y Josefina (Gloria Carrá). Pasada la mitad de la película aparece este amigo de toda la vida con acceso a un quirófano, sin dilemas éticos, con una deuda de favores hacia Decoud y, lo más importante, capaz de trasplantar un riñón.

Se podría decir que a esta altura se diluye enteramente la ilusión, pero la verdad es que ya no quedaba mucho por diluir. Es que ya todo deja de funcionar cuando se presenta la parejita donante: Elías y Lucy (Federico Salles y Mercedes De Santis, buenos actores en personajes imposibles). Es difícil imaginarse que dos personajes así hayan pasado todos los filtros de profesionales ineludibles para que lleguemos a verlos en un estreno mainstream. Empezando por el disfraz de pobres con el que están vestidos, con esos guantes de dedos cortados tan vistos en homeless de películas yanquis y jamás vistos en nuestro país en nadie nunca. Siguiendo por un discurso explícitamente despreciable para todo público. “No me gusta trabajar” dice y uniendo la acción a la palabra lo vemos pidiendo plata en una silla de ruedas. Es un monstruo salido del facebook de un seguidor de Feinmann, lo que esa gente cree que la amenaza todos los días. Pero alguien se dio cuenta de que de esa forma los progres podíamos tener simpatía por esos personajes o al menos no odiarlos ni temerles. Así que, cuando Elías cuenta que trabajó en un supermercado chino, Lucy dice algo como que no eran solo chinos, también había peruanos y paraguayos, a lo que el otro contesta que “son todos lo mismo”. Listo, ya está, ahora son malos para todos y todas.

Nunca está del todo claro si Elías y Lucy son pobres o más bien una clase media que eligió la bohemia extrema. Él lee a Bukowski lo que nos inclina por la última opción; el peinado, la cara, la forma de hablar, todo eso hace pensar en una especie de elección por la marginalidad que se explicita como “no me gusta trabajar”. Pero un dato nos inclina hacia la opción de la pobreza involuntaria: en una escena nos enteramos de que ella no sabe leer. No hay forma sobre la faz de la tierra de que una chica con ese peinado, esa forma de hablar, esa actitud, que vivió con su familia hasta pasada la adolescencia, no sepa leer. El personaje está roto, no existe. Igual que todo su mundo está construido para la película, puesto ahí para que la seguidora de Majul gustee el meme.

Así como la película no logra profundizar en la creación de los personajes tampoco lo hace en las situaciones para crear el clima de peligro. La película sobrevuela y abandona los elementos que va plantando como posibles focos de suspenso. El hijo de Francella (Joaquín Flammini) desaparece absolutamente después de la primera mitad. La amenaza sobre la hija adolescente abría un escenario donde cualquier espectador puede sentirse amenazado. Esa amenaza es insinuada y dejada de lado, solo sirve para que aumente el odio y el miedo de Francella, pero no el del espectador. Algo parecido pasa con la escena de sexo entre él y Lucy: nada. Ese hecho intenso no tiene ninguna influencia en el desarrollo de la narración, no cambia absolutamente nada. Dados esos personajes podían darse una serie de combinaciones, la película las tantea pero no las usa, no las usa para atacar al espectador.

Pero nada de esto importa realmente porque el funcionamiento de la historia depende de que sintamos que Francella no tiene salida, que tiene que elegir entre entregar su casa o dejarse morir. Esa sensación no está creada, solo enunciada. Aparece un “donante”, el donante se revela peligroso, poco confiable; por ese riñón Decoud tiene que dar su vida entera: mujer, hijos, casa. Antes esa situación lo que vemos -lo que sentimos- como intentos de una alternativa son un llamadito para averiguar por un riñón boliviano y una excursión a la zona roja marplatense -una escena absurda en la que nada de lo que sucede tiene ninguna consistencia-. En ningún momento sentimos al protagonista tomado físicamente por la situación, solo vemos a Francella en una de sus actuaciones “serias”, tan iguales a sí mismas como sus mucho más efectivas actuaciones cómicas. Todo muy poco animal, todo demasiado limpio. That´s just lazy writing diría Deadpool.

Animal (Argentina, 2018). Dirección: Armando Bo. Guion: Armando Bo y Nicolás Giacobbone. Fotografía: Javier Julia. Edición: Pablo Barbieri Carrera. Elenco: Guillermo Francella, Carla Peterson, Federico Salles, Mercedes De Santis, Marcelo Subiotto, Gloria Carrá. Duración: 112′.