Ansias de libertad: Marilyn, por Carla Leonardi

La placa de apertura dice: “Inspirada en hechos reales”. Este comienzo ya es auspicioso, porque hay una diferencia entre el “Basada en hechos reales” que toma como apoyo, como fundamento, un suceso real pudiendo dejarlo del lado del documento, y el “Inspirada en hechos reales”, donde el hecho acontecido es el estímulo que impulsa al artista a problematizarlo y producir una obra de arte que puede funcionar con perfecta autonomía de ficción respecto de él.

Seguidamente, vemos a un joven caminando por un camino de tierra mientras tres motos pasan a su lado toreándolo y vociferando palabras que se adivinan insultantes. Este es el prólogo de Marilyn (2018), ópera prima del director argentino Martín Rodríguez Redondo. Este comienzo ya nos sitúa en el lugar donde se desarrollará la acción: la zona rural de Buenos Aires; además, nos anticipa el tema alrededor del cual buscará interpelar al espectador que es el de la discriminación padecida por las personas que podemos situar en el colectivo LGTB.

Marcos (Walter Rodríguez) llega a su casa con un diploma. Su padre (Germán de Silva) se alegra, dice que es para festejar. Cuando se lo muestra a su madre (Catalina Saavedra), ésta ni lo mira y le dice que se le terminó la joda y que entre a trabajar. La familia entera trabaja como puesteros en el campo de un hacendado. El trabajo de campo ligado al cuidado de las vacas, su ordeñe, la fabricación de queso, es trabajo pesado. Así vemos a Marcos, que es el hijo menor de la pareja, cumplir con las labores que le ha ordenado su madre. Estas escenas ya muestran con sutileza la lógica familiar. El padre se presenta como amoroso y tierno con Marcos y es quien lo alienta a seguir estudiando computación, mientras que la madre es quien hace la ley en la familia cercenando todo interés o deseo que se aleje del tipo masculino asociado al trabajo fuerte y rudo, como si en esas prácticas se encontrara la garantía de una virilidad asumida. No obstante, esta madre le brinda a su hijo un mensaje contradictorio, por un lado desdeña cualquier tarea que no se asocie al tipo viril clásico, pero a la vez lo insta a realizar labores más asociadas a lo femenino como tender la ropa, preparar el queso en la cocina e incluso elegirle una pollera. Este doble mensaje no le permitirá a Marcos asumir su deseo y es en este punto donde podemos decir que esta madre es un estrago para él. La madre ubica a este hijo como representación del falo que no tiene, pero a la vez lo sitúa como un “falo insuficiente”, defectuoso, incapaz de colmar su falta, no pudiendo disimular su decepción ni su desprecio hacia él. (1) Para la madre, encontrarle a Marcos un vestido al regresar a su casa del carnaval será una vergüenza, un ultraje hacia ella más importante que saber qué le paso y brindarle su consuelo, aun viéndolo notablemente lastimado.

Una doble moral, acentuada por la lógica de pueblo chico donde las habladurías se esparcen, será también la que tendrán los jóvenes del pueblo con Marcos. En el único momento donde pueda desplegar su deseo será en el carnaval. El carnaval es la fiesta por excelencia y, como tal, supone el levantamiento de todas las inhibiciones morales. De allí que sea el momento donde veamos a Marcos con su vestido dorado danzando en estado de éxtasis al son de la comparsa. Ese será su momento de libertad y plenitud que lo transformará en la Reina del carnaval. La fachada de Marcos, ese nombre que alude a lo viril (significa Martillo), al goce limitado por bordes, enmarcado; se desvanecerá y aparecerá el de Marilyn (que en el pueblo lo utilizarán como una injuria) como nominación de la dignidad de ese goce que experimenta en el cuerpo y que, gracias a la actuación de Walter Rodríguez, desborda la pantalla hipnotizando al espectador. Pero el castigo social por la transgresión no se hará esperar. El magnetismo de Marilyn la hará objeto de codicia y atracción para los hombres, pero a la vez de desprecio, lo cual se hará patente en la escena de la violación. La moral burguesa de clase alta coquetea con Marilyn pero descarga la homosexualidad no asumida como violencia contra el objeto que despierta atracción sexual. Porque hay que demostrar que se es bien macho, y nada mejor que hacerlo ejerciendo la agresión sobre los más débiles. Interesa situar también que el momento de violencia que ejerza Federico (Andrew Bargsted), el hijo del estanciero, sobre Marilyn, lo realizará en banda, en patota, como si el anonimato y la fuerza del grupo lo habilitaran a esa vejación del otro que posiblemente no podría encarar solo.

Carlos, el padre de Marcos, tampoco es una figura paterna que ejerza la autoridad ni se presente como macho en su semblante: agacha la cabeza ante el apriete del dueño del campo por los animales extraviados y acata pasivamente sus órdenes. Su presencia física parece ser la que acota la voracidad de su esposa respecto de su hijo, de ahí que el control materno sobre Marcos cercenando su libertad se acentúe luego del fallecimiento del padre. A la vez disfruta de ese falo maravilloso que es para ella el hijo mayor, como lo muestra el plano donde ambos comen y ríen juntos en la cama mientras miran televisión.

Que Olga, la madre, sitúe a Marcos como metonimia del falo que no tiene, es lo que la deja en una situación de decepción absoluta donde nada de lo que haga la podrá colmar, lo cual la llevará a expresar su ansiedad respecto del comportamiento sexual de su hijo, a quien toma como objeto de su posesión como si pudiera moldearlo a su voluntad. No le perdonará que por ser la vergüenza del pueblo, la familia vea mermadas las pocas opciones económicas de que disponen, como el cuidado del campo o la venta de los quesos en la despensa. Olga cree que el goce se puede prohibir. Y efectivamente veremos que le quemará las telas a Marcos, que irrumpirá repartiendo golpes en su intimidad cuando traiga un chico a la casa y que le quitará toda posibilidad de contacto con el exterior quitándole el celular y reteniéndolo en el seno de esa casa, que es clara metáfora de su deseo de reintegrar su producto. (2) Marcos cada vez se verá más acorralado por esa madre que no puede aceptarlo como es y cederlo al mundo en libertad y autonomía. Será así que, cercado por las fauces maternas y anulado totalmente en su deseo, el pasaje al acto homicida se revelerá como única posibilidad de cavar un agujero en esa madre que no admite diferencias (asumiendo un deber de adecuación entre el sexo biológico y la posición sexuada) y obtener cierto margen de libertad.

Marilyn puede ponerse en relación con Tom en la granja (Tom á la ferme, 2013) del director canadiense Xavier Dolan, donde Tom viaja a la granja de la familia de su pareja para asistir a su funeral y descubre que su madre desconoce la relación homosexual su hijo lleva con él en la ciudad. Para evitar que la madre sepa la realidad y sostener el buen nombre de ese hijo para ella, Tom se verá atrapado por la coacción que ejerce sobre él el hermano de su pareja, que mantiene con Tom una relación ambivalente de fascinación y rechazo. La diferencia estará en la salida al encierro endogámico que cada uno de los protagonistas implementa en cada película.

La paradoja es que Marcos podrá desplegar la libertad de elegir cómo posicionarse en tanto ser sexuado en el marco del encierro de la cárcel. La moral sexual cultural de la época, donde el rebrote del fascismo se hace evidente, se ha salido con la suya. Que sea Marilyn, pero que lo sea fuera de nuestra vista y que no ostente un goce que horroriza porque no se adecua al Ideal heteronormativo al servicio de la reproducción.

Cuando se dio el debate en el senado por la ley de legalización del aborto en Argentina, los dichos de un senador salteño que justificaba los casos de abuso intrafamiliar, diferenciándolos de la violación clásica porque en aquellos no habría violencia, muchos decían que esos senadores no nos representaban. La violencia familiar, ya sea física o psicológica, mal que nos pese, sucede. Probablemente estos senadores no representen a un vasto sector de la población, pero claramente representan a cierto sector de la sociedad argentina que todavía vive anclada en un pensamiento de tipo patriarcal y con fuerte arraigo en lo religioso, que únicamente puede abordar a la mujer en tanto madre o en tanto objeto de goce y donde cualquier expresión del goce femenino es vivida con horror y acallada con violencia.

Marilyn, de Martín Rodríguez Redondo, tiene la virtud de presentarnos con sutileza y delicadeza una suerte de espejo en el cual mirarnos como familia y como sociedad, y advertir, conjuntamente con el rebrote del neofascismo, cuán lejos estamos de admitir las diferencias en un mundo que, lejos de las apariencias, tiende a proponer modelos de goce cada vez más homogéneos, acentuando los procesos de segregación. La historia de Marilyn, gracias a la inspiración creativa de su director, no es simplemente la historia de Marcelo Bernasconi (la persona real que encendió la chispa creadora), sino la historia de miles de sujetos que se sitúan como mujer en tanto sexuados y que cada día son violentados y humillados por sostener un modo de goce diferente a la norma macho.

(1) Para el psicoanálisis de orientación lacaniana, la función de la madre es la función de su deseo, es decir, que haga del hijo un objeto al que libidinizar con sus cuidados al asignarle un valor fálico, esto es, valor de completamiento de su falta, de su castración en tanto está desprovista de falo. Un hijo puede advenir para la madre a ese lugar pero también revelarse como un falo insuficiente, que se desdeña o que se odia por no brindarle una satisfacción.

(2) La castración no es solamente la prohibición del goce incestuoso que recae sobre el hijo respecto la madre, sino principalmente aquella que recae sobre la madre respecto del hijo y que se enuncia como: “No reintegrarás tu producto”, esto es el deseo de re-enfetación, de retornar a ese sentimiento oceánico de completud donde no hay discriminación entre la madre y el hijo.

Marilyn (Argentina/Chile, 2018) Dirección y Guion: Martín Rodríguez Redondo. Fotografía: Guillermo Saposnik. Elenco: Catalina Saavedra, Walter Rodríguez, Germán de Silva. Duración: 80 minutos.

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