Mil_veces_Buenas_Noches-521073524-largeA Juliette Binoche le creemos, y eso es lo mejor que se puede decir sobre Mil veces buenas noches, segunda película estrenada en nuestro país del director noruego Erik Poppe (la anterior fue Aguas turbulentas del 2008). La historia gira en torno a Rebecca (Juliette Binoche), una reportera gráfica que se nos presenta documentando el ritual de preparación de una mujer bomba en Kabul. Una vez llegada al punto de ataque, y en el momento previo a la explosión, una serie de imágenes subjetivas preludian la contrariedad que se elaborará a lo largo de la película, la de una mujer en disputa entre su profesión y su condición de madre y esposa. Es la presencia de niños alrededor de la combi que traslada a la terrorista lo que la impulsa a advertir, a los gritos y a todos los presentes, que hay allí una bomba. Sin embargo, una vez desatada la tragedia -y sufriendo Rebecca las consecuencias de la explosión por no haber tomado la distancia suficiente- se incorpora a duras penas, ensangrentada, desorientada y cubierta de polvo, toma su cámara y sigue adelante con su tarea. Inmediatamente es trasladada a un hospital en Dubai donde se reencuentra con su marido, Marcus (Nikolaj Coster-Waldau), con quien retorna a su hogar en Irlanda donde la esperan sus dos hijas.

Marcus, cansado de temer perderla, le exige elegir entre su profesión o su familia. A partir de este planteamiento, la película se instala en un estado culpógeno cuyo fin es comparable a los posteos que suelen verse en las redes sociales, con imágenes de chicos y adultos víctimas de los estragos de la guerra como pura explotación lastimosa que no implica, bajo ningún punto de vista, una toma de consciencia real o un compromiso con «lo terrible» que ocurre allá lejos, bien lejos. Poppe no discrimina ni contrasta los paisajes de las zonas en conflicto con los de la apacible vida de Rebecca y su familia en el caserón irlandés. Todo recibe el mismo tratamiento estético, que aunque bien podría justificarse por la subjetiva predominante de una fotógrafa, dicha uniformidad es fastidiosa en virtud del papel pintoresco que terminan jugando en primera instancia Afganistán y luego Kenia, país visitado por Rebecca y su hija, Steph (Lauryn Canny), en un injustificado viaje cuya meta es la de ayudar a la adolescente a preparar un trabajo para la escuela sobre los refugiados en África. Sí, así de absurdo.

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Este traslado, que ocurre exactamente en la mitad de la película, aportaría algo más a la trama si director y guionistas se hubieran jugado por ir más lejos e introducir la tragedia también en el seno de esta burguesa familia. No, lo único que hacen es remarcar el profesionalismo de Rebecca en detrimento de su rol como madre a partir de un ataque paramilitar sorpresivo que la lleva a dejar a su hija en manos de un guía para permanecer en el campamento y retratar la barbarie. Punto aparte, Steph y Rebecca vuelven a casa sanas y salvas, incorporando un elemento más al mismo conflicto del comienzo entre la protagonista y su marido. Mil veces buenas noches sería más honesta de volcarse pura y exclusivamente sobre el malestar de Marcus respecto del trabajo de su esposa y sobre la lucha interna de ella, en lugar de introducir forzosamente, con pinceladas de trazo excesivamente grueso y somero, las problemáticas asiáticas y africanas. Poppe no propone una polémica respecto de la ética periodística ni de las imposiciones sociales a las que una mujer, aún hoy, se encuentra sometida, o no sabe hacerlo con inteligencia. La película no es más que un melodrama anticuado e ignominioso que busca «concientizar» confeccionando un espurio sentimiento de culpa. No es casualidad que Larry Mullen Jr., baterista de U2, sea uno de los actores que participan en ella.

Mil veces buenas noches (Tusen ganger god natt, Noruega/Suecia/Irlanda, 2013), de Erik Poppe, c/ Juliette Binoche, Nikolaj Coster-Waldau, Lauryn Canny, Larry Mullen Jr., 117’.