Por Emiliano Oviedo.
Aquí pueden leer un texto de Nuria Silva sobre esta película.

Oscar Masotta (y con una cita cifrada ingreso en el código de banalización del diálogo que hace la película) tendría algo más que interesante para decir sobre Antes de la medianoche. Yo sólo puedo decir: no me lo creo. Simplemente, no me creo nada de esta película. También en un momento pensé: “¿dejarán de hablar por un segundo?” Pero el problema no es que el diálogo sea el elemento conductor de la narración. Tampoco el uso del plano secuencia que estructura la mayor parte del relato. Para nada. Copia certificadautiliza esos dos mismos recursos y funciona perfectamente. Sucede que en ésta última el diálogo actúa como un elemento de tensión, como un punto de presión que obliga a certificar lo ocurrido en la secuencia inmediatamente anterior. 
La escena más bella de toda la película es anticipada en el avance: Celine mira la puesta del atardecer, el sol que se oculta lentamente detrás de una colina. Como una niña, juega con la permanencia de esa figura dorada en el firmamento, “Sigue ahí, sigue ahí. Se fue”.  Es una niña que no quiere que las cosas lo abandonen. Es la escena más sutil, donde la acción significa sin mayores esfuerzos, sin ninguna didascalia aclaratoria. La escena está lograda porque Celine es un personaje que, pasados los años, todavía puede hacer algo así, jugar sutilmente. La acción es orgánica al carácter del personaje.
Tal vez esa progresión temporal contemplada y resumida en un juego, sea el acierto que delata todas las fallas de la película. Una de las rarezas estéticas que tiene el Cine, es que podemos ver cómo envejece realmente el actor (y nosotros mismos) cuando transcurre la película. Ese boleto a la sala oscura nos reclama dos horas de vida, o algo menos. El cine -el bueno, el malo y el mediocre- nos recuerda el paso del tiempo. Y en una trilogía, el tiempo pasa realmente. Los actores envejecen realmente entre cada entrega, pero los personajes también envejecen, cambian y maduran en el imaginario del espectador.  No esperamos encontrar al mismo Jesse ni a la misma Celine cuando nos sentamos en la oscuridad. Esperamos que sean otros. Nos sentamos a esperar que la película comience con la expectativa de preguntarnos cómo estarán ahora, cómo habrán cambiado, qué habrá sido de ellos. Cada espectador tiene su relato particular de esos intersticios que las películas no cuentan. Y una trilogía que habla del paso del tiempo en la pasión, en el amor de una pareja, se propone una apuesta, un desafío más que interesante. Puede jugar con el tiempo. Puede jugar con nuestras expectativas. Puede hacer que el tiempo sea otro, diferente al que imaginamos. Puede -lo tiene todo para hacerlo- deslumbrarnos. En cambio, aquí nos topamos con la previsible crisis de mediana edad, y una extenuación de las palabras, el diálogo sometido a un desgaste que deja a la palabra exangüe. Tan exangüe como todos los tópicos (lugares comunes es más atinado) que intenta elaborar. Si la película busca representar las inseguridades de una pareja que busca consolidarse en el paso del tiempo, lo que logra es el tedio más absoluto, el pasmo, la no reacción del tiempo.

Si Celine es la alegoría de la queja burguesa que, por otra parte, ella misma tanto detesta, el personaje de Ethan Hawke roza, y toca de pleno por momentos, la ridiculez. Si es un buen escritor, es bastante soso para demostrarlo. Sus ideas son básicas y poco originales, tampoco alcanza la figura de un viejo escritor griego que intenta revalidarlo, siempre desde el diálogo. Su actitud, su impronta, como personaje protagónico de toda una trilogía, no es orgánica. El Jesse actual no distingue una maduración en un sentido positivo o negativo del Jesse de hace 20 años. El problema del tiempo que la película parece querer abordar, ahí se queda, en la simbología evidente de un par de ruinas, memento de un esplendor pasado, una puesta de sol y la verbalización de la decadencia del cuerpo humano. No es más que eso. Es decepcionante ver la involución de estos personajes. En ese sentido, el arco de transformación que debió operar en el intersticio (elidido por supuesto) entre la entrega anterior y ésta, parece no haber trascurrido nunca. Si Jesse y Celine son la ruina de lo que fueron, eso no se percibe. Diría que son el pasmo, son la parálisis, la versión atrofiada de dos personajes dramáticamente raquíticos. Si el tiempo pasa (Jesse en un diálogo trabaja el debate entre el tiempo y la percepción), la película se debería empeñar en esa coincidencia, mostrar la percepción del tiempo, porque con la frustración, el fastidio y la queja permanente, no basta.
Este tipo de película obliga a quien debe escribir sobre ella a utilizar la primera persona del singular, porque en su propio relato contienen, como una advertencia, el dictado desde donde deben ser leídas. Es, por lo tanto, una película que exige tomar un punto de vista, exponerlo y sostenerlo en el “yo” crítico. Si algo de la fugacidad de la aventura sobrevolaba en Antes del amanecer, aquí sólo podemos decir que vemos ruinas, fatigosas ruinas que, en el fastidio, la insistencia y la tautología, terminan desmagnetizándose de cualquier fulgor mítico que pudo haber tenido el pasado, y que como resto presente, son solo eso, un residual que, para poder expresarse, debe ser historizado: el propio Jesse se encarga de relatar la historia de una ruina cuando le cuenta a Celine que los ojos despintados en el templo de la diosa de la visión no son un símbolo de la ceguera, sino el producto del asedio de los turcos cuando sitiaron la ciudad. Celine responde que no comerá nunca más comida turca. Sí, la ironía está siempre presente, siempre, siempre, siempre. En la insistencia, a excepción de que un relato pretenda ese objetivo (y éste no es el caso), la ironía permanente termina por confundir, mimetizar e invalidar la relación texto/subtexto. Como aconseja Onetti, no utilices tanto la palabra cuchillo porque el filo de la hoja va a dejar de brillar.

La figura del tiempo vuelve a aparecer en el clímax de la película, demás está decirlo, en la verbalización de una metáfora irónica. Jesse utiliza el tópico de la máquina del tiempo en un último juego (verbal) de seducción, y le cuenta a Celine que viajó en el tiempo desde el futuro de la mansa vejez para recuperarla, y le trae un mensaje, tienen más de ochenta años y continúan juntos. Tal vez cometí un error imperdonable para escribir una reseña decente: horas antes de ir a ver Antes de la medianoche, no me aguanté y miré Declaración de vida (La guerre est déclarée).
Antes de la medianoche (Before Midnight, EUA, 2013), de Richard Linklater, c/ Julie Delpy, Ethan Hawke, Seamus Davey-Fitzpatrick, Ariane Labed, Athina Rachel Tsangari, Xenia Kalogeropoulou, Walter Lassally, Yannis Papadopoulos, 108’