Por Pablo Ventura

No se me puede acusar de ir mal predispuesto a ver Apuesta máxima. De ninguna manera. Porque me había gustado mucho Culpable o inocente, la anterior película de Furman. Y no porque fuera una obra maestra ni mucho menos, pero reunía muchos elementos que la hacían sobriamente digna e interesante: una buena historia, detalles excelentes sin alardes, un cierto clasicismo en la forma de contar, y algo que ha glorificado mucho cine clásico: pequeños pero gloriosos actores de reparto (para ser claro, en mi escala de valoración William Macy le suma dos puntos a cualquier película. Ver Celular para certificarlo). También deseaba que me gustara porque extraño a esos directores que hacían orgullosas películas menores, pero redondas. Justamente lo que había hecho Brad Furman con Culpable o inocente.
Acá la historia es otra. Pero es tan otra, que no hay historia.
La mayor dificultad que arrastra Apuesta máxima es que no hay relato como tal. La mayoría de las (pocas) cosas que suceden en la pantalla no son consecuencia de otras escenas que hayamos visto o ni siquiera que se nos haya contado en off, casi que provocando la vieja sensación que teníamos en los ‘80 cuando veíamos películas con muchísimos cortes, y en algún momento sospechábamos que algo nos habíamos perdido.
Sensación que empieza muy temprano: Timberlake es un universitario (!!!Ya no!!! En fin, no soy el único que cumple años ¿no?) de la prestigiosa Princeton que se garpa la carrera regenteando apuestas. Como eso es inadmisible en las prístinas universidades americanasy coincidiendo con saberse estafado por un mega sitio de apuestas online, de pronto decide irse a Costa Rica a reclamar, lo que según él, le fue birlado. Y no sólo aspira a eso, sino también a hacerle un planteo al misterioso e inaccesible empresario que interpreta Ben Affleck. ¿Inaccesible? Humm. En una fiesta del carajo, a la que accede por una de las muchas arbitrariedades del guión, consigue verlo y entrevistarse con él a los 10 minutos de llegar. Lo ideal hubiera sido que la película terminara ahí, con Timberlake volviendo a Estados Unidos de la patada en el upite que le diera Affleck, pero desgraciadamente el compungido empresario no sólo le reintegra el dinero sino que además le hace una hermosa e irresistible oferta laboral. Otro hummm.

Hay un par de subtramas (subtramitas): un manifiestamente resentido agente del FBI y una chica. Lo del agente intenta crear tensión y no lo consigue.
La chica tampoco. Misterios: las pirámides, el Triángulo de las Bermudas y Gemma Artenton. No es que sea fulera. Nada de eso. Si la googleás hay bastantes fotos muy bonitas de esta chica (aunque sospecho que en la foto del documento está bastante distinta), pero yo como espectador necesito un gesto, un mohín o un instante que la haga perdurable. Pero es imposible, no logra transmitir nada de nada. Tampoco es posible conocer en qué momento le empieza a gustar tanto Timberlake como para tomar las decisiones que toma.
Quiero referirme brevemente a la parte instructiva de Apuesta máxima: a) si hablás en castellano, sos coimero; b) todas las mujeres costarricenses pertenecen al gremio de las meretrices; c) ¡Qué lindo es Costa Rica! En serio. Pero esto es cine o debería serlo: son insoportables los muy numerosos paisajes turísticos que Apuesta máxima expone publicitariamente sin tener en cuenta uno de las pocas virtudes que se permite la publicidad: su brevedad.
Pregunto yo, que no me dormí ni un sólo segundo de la película, ¿de dónde saca tanta pero tanta guita Justin para coimear a Dios, María Santísima y los Santos Apóstoles? A ojo de buen cubero, con esa cantidad vivís como un rey en cualquier lado.
Incomprensible.
Y el final intenta ser ingenioso, piola, momento de decir algunas cosas importantes y de criticar eso que te fascina. Dice Affleck cuando, como canta el tango, “las cadenas le queman las muñecas”, que “Estados Unidos no castiga los delitos económicos”. ¿Critica feroz? No me hagan reír. Una frase tan vacía y trillada que mi hija Mercedes, que el mes que viene cumple dos años, sabe perfectamente tres cosas: que el Sapo Pepe es de color verde, que los Ositos Cariñosos son todos buenos y adorables, y que en Estados Unidos no se castigan los delitos económicos.

Apuesta máxima (Runner runner, EUA, 2013), de Brad Furman, c/ Ben Affleck, Justin Timberlake, Gemma Arterton, 91’.