1. La pandemia del coronavirus reduce al confinamiento masivo. Al aislamiento, casi, total. Paradójicamente, el hombre mide su solidaridad mientras más alejado y restringido esté de otros hombres. Para los que saben disfrutar del ocio creativo y no tengan problemas laborales ni económicos, el confinamiento es ideal. Por eso, los escritores, los pintores, los dibujantes, los compositores, los músicos, los dramaturgos gozan, quizás, de un momento brillante para estimular su creatividad. Los cineastas no. Las producciones de cine se interrumpieron. Los estrenos de cine se cancelaron. Los cines se cerraron. Entre todas las artes, en esta primera gran pandemia del siglo XXI, el cine ha sido la primera que se sacrificó. Que fue sacrificada.

2. En El planeta de los simios, La guerra (2017) de Matt Reeves, la pandemia de la “gripe del mono” muta y alcanza al último bastión humano quitándole paulatinamente el habla: la capacidad de articular palabras, de recitar poemas, de vociferar insultos, de intercambiar ideas, de articular pensamiento en significantes, significados y referentes. En la distopía de Reeves, la pandemia sacrifica la humanidad de las personas -al menos para el decrépito Coronel que interpreta el gran Woody Harrelson- quitándole el don del habla, de la palabra. Quizás por ello es tan inmensamente bella esta escena para sacrificar paranoias, justamente, con la pequeña Nova (Amiah Miller) alimentando al torturado César en su jaula:

3. En Ceguera (2008) de Meirelles, basada en el libro de José Saramago, Ensayo sobre la ceguera (1995), la pandemia de la “enfermedad blanca” -activando las peores pesadillas de Ernesto Sábato- deja de repente ciega a casi toda la población humana y el sacrificio, lejos de estar, precisamente, en esta “pérdida de la vista” pasa a estar en la libertad de las personas que todavía pueden ver: lazarillos -esclavos de aquellos ciegos que no tienen (ni piensan tener) ningún tuerto por rey.

4. En El sacrificio (1986) de Andrei Tarkovski, la humanidad parece finalmente consumirse en su innegociable capacidad de autodestrucción. Su aniquilación es producto de su propia tecnocracia; de su propia capacidad para guerrear y flagelarse por el interés político y/o económico que sea. Sin embargo, el viejo Alexander ayuda a su niño a apuntalar el árbol… El viejo Alexander está dispuesto a sacrificarse en su ritual final de un día entero por lo que vendrá… Por, al menos, alguna clase (buena o mala) de porvenir. El inmenso Andrei sacrificaba lo último que le quedaba de salud para terminar de filmar El sacrificio con todos los problemas económicos y técnicos que había tenido la película. El resultado de ese sacrificio es inolvidable en el fuego de la casa, con el agua de la lluvia (que pasó pero que volverá…), hecha charco entre el espeso barro primigenio haciendo de múltiples espejos como huellas de un reflejo eternamente universal.

5. En La jetée (1962) de Chris Marker, lo que se sacrifica luego de la pandemia, es el presente: el futuro no se puede ni debe cambiar; en todo caso, se debe sanar, curar. En la remake de esta fotopelícula de Marker, Doce monos (1995), de Terry Gilliam, este sacrificio se nota de forma particular en la mirada de ese niño -James Cole- en el aeropuerto, viéndose morir a sí mismo como adulto (Bruce Willis); perdiéndose en la mirada de la mujer (interpretada por la bella Madeleine Stowe) que, sin saberlo, casi 30 años después, será, fugaz pero intensamente, el gran y único amor de su vida.

6. En Epidemia (1995[1]) de Wolfgang Petersen, el sacrificio parece estar en el status burocrático de los agentes del Estado; en los privilegios secretos y avasallantes de clase de generales, científicos y políticos para jugar el ajedrez mundial del dominio y la manipulación global con la táctica que sea y al precio que se necesite. El fin justifica cualquier medio. En Epidemia, el status del general Billy Ford (Morgan Freeman) y Donald McClintock (Donald Sutherland) y su virus de laboratorio es lo que se debe preservar a como dé lugar sacrificando, de ser necesario y con una bomba tirada desde un avión, a toda la población contagiada de un virus que ellos mismos crearon en un pueblo en los Estados Unidos. Peón por peón para proteger alfiles de cabotaje serviles a reyes y reinas en las sombras: un sistema qué, aparentemente, vale más que la vida de cualquiera de los que lo sostiene.

7. En la entrañable y bellísima Nausicaä del Valle del Viento (1984) de Hayao Miyasaki, la Tierra castiga al humano con bosques de gases, esporas tóxicas y gigantescos animales mutantes (Ohmu) después de que el mismo la quiso destruir con sus fuegos de guerra. Cientos de años después, el ser humano quiere revivir estos fuegos para volver a poner en ejercicio sus ambiciones de poder desmesuradas y congénitas. Nausicaä sacrifica su adolescencia y su propia vida para que sus seres queridos merezcan una nueva oportunidad en un mundo (¿cómo éste?) donde la redención, es, todavía, posible.

Nadie mejor que el inmenso Joe Hisaishi y su música, explicando las etapas (movimientos) de este sacrificio -y el final de estos apuntes cortitos- tan épico como maravillosamente necesario:


[1] Por lo citado aquí, al parecer, 1995 fue el “año artístico” de las distopías… y sus sacrificios obligados.