Lo primero que me viene a la mente cuando veo al protagonista de El señor de los dinosaurios, cuando la imagen se contrasta con datos y números, es que ese hombre, Jorge Fortunsky, parece de una edad mayor de la que tiene. Es difícil creer que ese hombre no llegue a los 50 años: las marcas de su cara parecen estar diciendo que ha vivido más de una vida. Su cara es como uno de esos troncos a los que les va dando forma: la vida ha ido tallando en ella sus propias marcas. Como el “Cristo enojado” del caldén –como le dice el cura-, tallado en un árbol vivo antes que la policía lo atrape, el tiempo fue replicando esos rasgos de enojo en Jorge, recalcando que nuestras creaciones no son más que un espejo de nosotros mismos.

Si el credo del personaje parece resumirse en la frase final –“Somos lo que nos forma y lo que nos da forma”-, el documental se aferra a esa presunción para construir el relato del personaje. El contraste entre la formación y lo que le da forma a Fortunsky podría resumirse en la dualidad que se establece entre el deseo de la legalidad –observada como conflictiva de manera recurrente- y la caída inevitable en la ilegalidad –que se complejiza y se perfecciona con el paso del tiempo, desde robar lugares sin gente a la huída casi de literatura del siglo XIX hacia el campo-. Hay un pasaje que se repite a lo largo de la historia, como un círculo que se realimenta: el personaje se encuentra en alguna instancia de adaptación social que se quiebra –según él mismo, por rebelarse ante la injusticia o ante la falta de reconocimiento- y da lugar al ingreso o la reincidencia en la delincuencia. Y no importa el rol que jueguen en ese punto la familia, el Estado o el trabajo formalizado: hay un punto en el que esas instituciones se resquebrajan en su armazón ética y derrumban el mundo ideal que se pretende construir. En ese movimiento pendular entre el individuo adaptado y el que decide salir a robar se articula el documental en torno de un personaje que no puede dejar de moverse, y que contrasta con la quietud de las enormes estatuas de dinosaurios que construyó para el parque prehistórico de Eduardo Castex.

Cuando habla del parque temático y su origen, Fortunsky recuerda lo que le dijo el intendente que le ofreció el trabajo. No se trataba de crear un parque donde se cobrara entrada, sino que se viera desde la ruta, que genere la curiosidad del que pasa, que los llame a detenerse y reparar en el pueblo. Algo que llame la atención. Algo que, a la vez, funcione como un signo que remite, por la misma atracción, a su creador. Ser El Señor de los Dinosaurios es un detalle: es lo que llama la atención, es la puerta de entrada a un personaje del cual esos dinosaurios de tamaño real son apenas una fachada.

De allí que El señor de los dinosaurios es la crónica de pequeños fracasos que se encadenan. El de las instituciones socialmente aceptadas –la familia, el trabajo, el Estado, el Servicio Militar-, en su intento por dar forma a un hombre, pero con vicios de origen –un primo ladrón, patrones que desprecian al otro, un intendente que niega su trabajo-. El de ese mismo hombre tratando de llamar la atención sobre aquello a lo que puede dar forma –los dinosaurios, el Cristo tallado, sus propios hijos-. Y desde ese lugar pequeño proyecta una sombra aún mayor. ¿O no es posible ver en ese fracaso individual y colectivo de un pequeño pueblo en la provincia de La Pampa, una proyección del fracaso de un país que no logra dar a luz a los hombres e instituciones que lo potencien?.

También está el otro fracaso. El del intento de recuperar su historia desde la perspectiva de los otros. Fortunsky sabe cuál es su historia, pero dice que cuando le preguntan, prefiere no hablar. Pero el camino lleva a que su relato sea inevitable: sus parejas están en un fuera de campo del que nunca salen, su madre prefiere no acordarse de los detalles de los días de juventud de su hijo en la cárcel, el juez de alguna de las causas aduce la prepotencia de un archivo que describe como inconmensurable, y el cura solo recuerda las historias alrededor del Cristo tallado en el árbol. Desde ellos, la historia del personaje es una imposibilidad, un agujero negro o, en el mejor de los casos, un puñado de recuerdos desperdigados.

La sensación de estar ante un hombre que vivió más que los años que indica la cronología se reivindica en la construcción que el documental hace de Fortunsky como un hombre de doble vida. De día es un artista, un artesano; de noche un ladrón, un chorro. El agregado que lo hace interesante es que en los dominios de ese pueblo chico, el artista no es reconocido y el ladrón, sí. Es el ladrón, no el artista, el que aparece en los viejos diarios que el personaje vuelve a hojear. En esa dualidad del personaje se resume el camino de un documental que se parte en dos, sosteniendo esa grieta insalvable y dándole preminencia al hombre fuera de la ley. No porque lo busque a conciencia, sino porque esa historia se revela más interesante y cinematográfica, la que más permite traspasar esa superficie que no termina de atravesarse.

Desde lo formal también el documental se parte en dos. El presente, el espacio que involucra al artista, se resuelve en imágenes, en el seguimiento a Fortunsky en su trabajo, con su familia. El pasado, en cambio, está reconstruido mediante la animación. Ese recurso es tal vez el mayor hallazgo de la película, no solo porque está acompañado por el relato en off del protagonista, sino porque logra que esa zona carente de imágenes concretas se imponga con la importancia que ese tiempo reviste. La paradoja es que se genera una inversión inesperada. La filmación de ese presente real con personajes de memoria y hablar obturado –hay que ver también el silencio del propio Fortunsky cuando su hijo sale de la cárcel-, parece dirigir la historia hacia un plano ficticio, casi irreal. Mientras tanto, la animación está asimilada por una intención de realismo absolutamente lograda. Basta con ver y comparar cuánto más creíble es la secuencia dibujada de la escapatoria al campo, que su retorno al lugar donde estuvo escondido. Ese carácter de lo animado genera un efecto de extrañeza, en tanto se revela más intensa y verosímil como forma de ilustración de una narrativa.

Crónica de un fracaso o recorrido por la doble vida de un hombre, el documental de Luciano Zito se corre de la habitualidad del género para fomentar preguntas en el espectador. Las obvias implican revisar los márgenes que asume la condena social y las posibilidades de redención del caído. Pero más interesante es aquello que transita por las imágenes, poniendo en discusión el status del verosímil de la imagen y el cruce entre lo narrativo –con un distanciamiento que parece mostrarlo como un hecho ajeno- y lo descriptivo. En esa disyuntiva, el documental se hace cargo  de una dualidad, de una duplicidad de frentes que excede la vida inestable del objeto de su mirada y que la traslada a la obra como elemento inevitable para contar esa historia.

El señor de los dinosaurios (Argentina, 2018). Dirección: Luciano Zito. Guion: Luciano Zito. Fotografía: Damián Dobrenky. Duración: 81 minutos.