Suite-Francesa“Vas a poder ver la novela” (Mauricio Macri). Suite Francesa podría fácilmente, y hasta con un toque de antigualla –y no por su ambientación histórica sino por sus recursos formales y de guion- ser una telenovela de la tarde de las que el candidato de Cambiemos cree que las mujeres, y sólo las mujeres, ven. Lo cual en sí también respira alcanfor, pero ideológico. Muy probablemente la historia de vida de la propia Irène Némirovsky, autora de manuscritos inconclusos que en 1942 fue arrestada y murió en Auschwitz sin terminar Suite Française,  hubiera sido más dolorosa cuanto original e interesante de filmar que esta película de Saul Dibb que nos cuenta el infierno grande que se desata en un apacible pueblito francés días después de la toma de Francia por los nazis en 1940. Lo mismo puede decirse de los años que tardó Denise, la hija de Irène, en decidirse a leer esos papeles que aparentemente eran un diario y…. no, no eran ficciones, era la historia y la imaginación como combustible estratégico de supervivencia, ambientándose en tiempo real, quedando  latente hasta 2004 en el que una trilogía de historias compusieron esta Suite de la cual la segunda (“Dulce”) es la que aborda la película que se acaba de estrenar en Argentina. Y que al menos en su abordaje cinematográfico combina el cine bélico con el melodrama.

El enemigo en casa. La historia del apacible pueblito, al que llegan los nazis que ya bombardearon París originando un peregrinaje de familias enteras hacia otros rumbos, comienza con pulso seguro y estableciendo claramente, y bajo fuego aéreo, el conflicto de clases que es medular en la historia: la señorial como tiránica terrateniente Madame Angellier (el semblante de Kristin Scott Thomas con el paso de los años sigue siendo a más ajado más cinematográfico) y su nuera Lucile (Michelle Williams),  sin noticias de su marido en el campo de batalla, salen a cobrar los alquileres y, para Madame Angelier, que los pobres inquilinos no tengan dinero por la crisis bélica no es su problema. Igualmente su relación con Lucile, con quien convive lujosamente, es tormentosa, reprochándole incansablemente el haberse casado con su hijo (con quien prácticamente no tuvo tiempo de convivir) únicamente por su dinero. Mientras tanto, el batallón que se asienta en la villa empieza a dispersar oficiales y suboficiales en diversas casas a modo de albergue y oficina de cuartel, y a la casa de estas mujeres llega el Teniente Bruno von Falk (Matthias Schoenaerts), educado y sensible, a diferencia de otro oficial que responde más al estereotipo nazi y que les toca a un matrimonio en las antípodas del decoro y comodidad de las protagonistas.

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Fuenteovejuna. En este juego de opuestos tercia la propia gente del pueblo que, lejos de unirse, se muestra cada vez más hostil y chismosa de acuerdo a la reacción de cada familia con sus “nazis adoptivos”. Esa hostilidad mutua, interna, pone en evidencia sus propias miserias y es donde, a la vez, Suite Francesa expone críticamente tales lacras pero se sirve de ellas para la progresión del argumento. El horror de la guerra queda asordinado por un tejido de conveniencias, traiciones, heroísmos vanos e ingenuidades como en los melodramas buenos o malos que nos haya tocado ver, desde las genialidades de Sirk a las citadas novelas de la tarde, en los que el sostén de la historia recae sobre los personajes femeninos. Es decir, la guerra como un McGuffin o como excusa, nunca lo suficientemente expuesta como para servir como testimonio de sus consecuencias sociales. Sí tal vez –y por momentos es francamente difícil tomarlo en serio- el dibujo del teniente alemán enamorado y condescendiente, que se comunica con su anfitriona a través de la música como terreno común, pareciera que busca la humanización del monstruo invasor que el cine pocas veces se permitió (recordar las críticas al Hitler de Ganz en La caída de Hirschbiegel).

A la vez, el mencionado sufrimiento personal de la autora original de esta suite no arrojaría luz sobre tal teoría. La prolijidad/exactitud con la que el guion desarrolla el entramado de amores, engaños y delaciones es correspondida con una fotografía impecable que colabora en convertir a ésta en una obra de cine bélico de qualité. En este supuesto subgénero –además claro está de Tiempo para amar y tiempo para morir, de Sirk, o cualquiera de su sello por caso- cabe recomendar La Montaña Silenciosa (2014, Ernst Gossner), donde todo conflicto de raza, familia y país se trasladaba a una intensa aventura en los Alpes en la frontera austro-italiana.

Suite Francesa (Gran Bretaña/Francia/Bélgica7Canadá, 2014), de Saul Dibb, c/Kristin Scott Thomas, Michelle Williams, Lambert Wilson, Matthias Schoenaerts, 107′.