La última película de Wes Anderson vuelve a posicionar al director de –ya a esta altura un clásico- Los excéntricos Tenembaun en un sitio privilegiado dentro de los autores del cine estadounidense contemporáneo. Después de la extraordinaria El gran Hotel Budapest y de la animada (también mediante la técnica del stop motion) El fantástico señor Fox, Anderson vuelve a traernos una de esas películas agridulces y de una belleza inusual, en la que la melancolía se potencia con un sentido del ritmo narrativo atípico para el mainstream actual. En Anderson la melancolía es un estado de la poesía y Anderson sabe muy bien cómo transformar esos momentos en puro virtuosismo cinematográfico. En su mirada  no hay esnobismo ni jueguito para la tribuna y la historia siempre es lo primordial, aun por sobre la estética. Y esto que parece una paradoja ya que el cine de Anderson es un cine virtuoso desde los recursos de puesta en escena, es en realidad la esencia de su sintonía con el relato.

En Isla de perros hay una violencia brutal que no se observa con frecuencia en el cine de Anderson. Es el uso de la animación lo que  le permitió al director poder bucear en ese mundo opresor llegando a clímax visuales notables y tomando como referencias tanto al maestro Hayao Miyazaki como al cine de Akira Kurosawa. El cine de animación de Anderson pareciera ser más clasisista que vanguardista pero siempre se encuentra cercano a los protagonistas, acompañándolos de cerca en los devenires y vericuetos de su existencia. La acción exterior para Anderson siempre está de la mano de los conflictos existenciales y afectivos de sus criaturas.

La excusa argumental de Isla de perros es la siguiente: en un futuro creemos que cercano unos perros que tienen una enfermedad que los transforma en salvajes son confinados a una isla japonesa. El amo de uno de ellos (un chico de doce años) decide ir a buscarlo con la intención de no parar hasta encontrarlo. La metáfora de tensión entre la civilización y la barbarie vuelve a funcionar para mostrar los temores a lo distinto y la violencia que genera el miedo al interior del cuerpo social. El escenario futurista del cine de Anderson permite pensar los autoritarismos del mundo real (aunque siempre está detrás el tufillo de denuncia al totalitarismo soviético y no a otras formas, igual de ignominiosas, de opresión que padecen los sujetos en los regímenes capitalistas y en este tipo de denuncia velada y anacrónica podemos detectar algún indicio de atraso en un cine que desde lo estético se manifiesta precursor). La idea del exilio del disidente logra plasmarse con la humanidad propia y personal  del cine de Anderson, un cine que cada vez más se ubica en un lugar centralizado en el contexto del cine americano de comienzos del siglo XXI. El cine de Anderson es político y es íntimo, ya que es esa conjunción lo que hace que ambas partes se potencien y es esa tragedia política (la persecución de estos perros acusados de portar la enfermedad) lo que permite narrar esa épica privada que consiste en el acto heroico de  buscar lo amado por cielo y tierra (las madres y abuelas de plaza de mayo otra vez se tornan referencia ineludible a la hora de pensar las políticas de la memoria).

El basural en el que viven los perros confinados al exilio y los doce años del niño protagonista revelan el carácter alegórico del film. Como si Anderson hubiera decidido filmar una versión moderna y alternativa de El principito, en la que la humanidad y el amor se revelan capaces de salvar un mundo que lleva en sus entrañas los gérmenes de la autodestrucción. La música, como siempre en los films de Anderson (habría que hablar de las bandas de sonido de Anderson y hacerles el honor que ellas se merecen) contribuye a ese sentido épico, y las voces notables del dream team elegido para la ocasión (Scarlett Johansson, Frances MacDormand, Bill Murray, entre otros) afirman la cercanía del espectador con los personajes.

Isla de perros recupera la mirada de Kurosawa y la inventiva de Miyazaki para describir un mundo en ruinas y pensar que lo único que podrá redimirnos de esa pulsión de destrucción no es otra cosa que la solidaridad entre los seres humanos. Directores extraordinarios y virtuosos hay muchísimos pero son muy pocos los que a lo largo de su filmografía construyen un mundo tan personal, propio y de una humanidad tan desbordante. Anderson es uno de ellos.

Isla de perros (Estados Unidos, 2018). Director: Wes Anderson. Guion: Wes Anderson, Roman Coppola, Jason Schwartzman, Kunichi Nomura. Fotografía: Tristan Olivier. Edición: Edward Bursch, Ralph Forster, Andrew Weisblum. Elenco (voces): Bryan Cranston, Bill Murray, Scarlett Johansson, Frances Mac Dormand, Greta Gerwig, Tilda Swinton, Edward Norton. Duración: 103 minutos.