Se deduce del tráiler que Mother! es una película de terror no muy distinta a cualquier otra. Obedientes, esperamos la presentación de la normalidad idílica o prometedora, la aparición de lo extraño, la amenaza haciéndose más concreta sin revelar todavía su naturaleza, la explicación y el final de terror desatado.

Ya desde el comienzo se alteran estos planes: vemos la cara quemada de una mujer, las manos de Javier Bardem apoyando un cristal en un soporte de metal, después la conversión digital de una casa quemada en una casa nueva y a Jennifer Lawrence despertándose, buscándolo a él al lado suyo. Con esta introducción se desbarata el proceso de identificación básico: ya sabemos que no vamos a seguir a una pareja de personas ordinarias a la que le ocurrirán cosas extraordinarias, ya sabemos que habrá una explicación para todo lo que veremos y que será sobrenatural. La puesta de cámara quiere ponernos en el lugar de ella, la sigue por toda la casa, acompaña todos sus movimientos en primer plano, de frente y de espaldas, pero para que eso sea efectivo toda nuestra atención debería estar en preguntarnos qué le va a pasar, en sentirnos su par, en vivir cada escena con ella, y eso ya está perdido porque gran parte de esa atención está buscando pistas que expliquen ese mundo que, aunque parecido al nuestro, ya se nos reveló alternativo. Así es que a la primera mitad de Mother!, en lugar de verla como a una película de terror clásica, la vemos con la idea de que nada es lo que parece.

Arruinada la película de terror por la expectativa desplazada desde la empatía hacia la explicación, llegamos a la segunda mitad y ahí las cosas se vuelven tan extrañas y el comportamiento de todos tan poco orgánico a la situación planteada originalmente que uno empieza a darse cuenta de que todo esto no es el armado del que emanará una explicación sobrenatural sino una gran alegoría. Cambiamos la tarea de adivinar la posible explicación final por la de descifrar el significado de la alegoría.

Así es que uno pasa de espectador aburrido a detective aburrido, haciendo hipótesis a partir de alguna escena y contrastándola con las demás. Mi primera hipótesis fue que Aronofsky era un seguidor de Trump, la casa era Estados Unidos y la gente que llegaba, atraída por la admiración pero incapaces de controlar sus bajos instintos, eran los inmigrantes ilegales. La casa es invadida y la multitud que la destroza grita que Él dijo que había que compartir. Así, amparados en la “buena voluntad” de los ingenuos bienintencionados, los inmigrantes destrozan a la patria y a la “madre”.

Pero no, resulta que Aronofsky es un liberal de New York y que una de las primeras pistas de la correcta interpretación de su alegoría son unos lunares formando una cruz en el cuello de Lawrence. La posta viene por el lado de la religión y ahí las piezas encastran perfecto. A continuación escribiré como si todas estos paralelos fueran obvios, pero en realidad los fui elaborando después de ver la película y de que me hayan soplado esta cuestión de la religión.

Él, el único con mayúsculas en los créditos según nos enseña IMDB, es el creador, ella es la vida y la casa es la tierra. Ella quiere hacer del lugar “un paraíso”. Llega Ed Harris (sería Adán, pero nadie tiene nombre para no hacerla tan fácil), un hombre corroído por los vicios, un médico cirujano -los cirujanos son los émulos de Dios-, pero un cirujano ortopédico, es decir consagrado a lo más material del cuerpo, alejado del alma. Llegará también una Eva/serpiente (Michelle Pfeiffer), lasciva y calculadora que violará el espacio prohibido como quien abusa del árbol prohibido. Más tarde aparecerán los hijos y, por supuesto, el hijo rebelde matará al hijo querido. Pero este Dios se deslumbra con sus admiradores, elige la adulación sobre la vida y todo se desbanda. Parecería que el problema es que en lugar de abrazar la vida pura que le ofrece el paraíso, elige a sus admiradores populacheros y brutos que invaden la casa y la destruyen. A medida que el mal crece se enciende la caldera de fuego en el sótano de la casa -el infierno, claro-, lugar donde todo terminará. Cuando la pareja se libera de Adán y Eva, Él logra escribir su libro -el Libro- y ella queda embarazada -el Hijo-. Aparece una editora (Kristen Wiig) festejando el éxito de ventas y la reedición. Todo se transforma en una vorágine ridícula e insoportable de locura abrumadora por donde pasará algo así como la historia de la humanidad hasta convertir la casa en un escenario de guerra con soldados y todo, mezclado con un santuario y una sala de torturas. Ya nada queda del escenario original, del grano fílmico ni el sol publicitario; es todo quilombo. Entre las cosas que pasan a mil por hora sorprenden unos jóvenes cantando en español “el pueblo unido jamás será vencido”, casi enseguida llega la represión policial y una escena con encapuchados tirados en el piso al estilo Crónica de una fuga. Los encapuchados son ejecutados de un tiro en la cabeza, no lo hace ni la policía ni el ejército ni ninguna fuerza sucia paraestatal, la que dispara es la editora con su trajecito elegante, el mercado mismo, sin intermediarios impresentables a los que después echarle la culpa. Una buena para Aronofsky. Ese tumulto aburridísimo termina con ella pariendo, con Él mostrando su Hijo a los fanáticos y, claro, con el hijo sacrificado y devorado como una hostia, sin cruz pero con pasión.

El grave problema de todo esto es que no hay cine, no hay película. Todo el tiempo somos conscientes de que todo eso quiere decir otra cosa, está ahí en el lugar de lo que realmente se está diciendo. Para eso mejor escribir un ensayo o un posteo en facebook, es mucho más barato y efectivo. Y no es que las metáforas y las alegorías tengan algo de malo. Pongamos que Matrix es una alegoría sobre la sociedad moderna, joya, pero también hay una historia que avanza, también me interesa saber cómo va a hacer Neo para que Smith no lo mate. En Mother! los personajes están abandonados, la historia está abandonada y el suspenso está abandonado; lo único que importa es que Aronofsky pueda decir eso tan importante que tiene para decir sobre la religión y la humanidad y que lo haga con un gran despliegue.

En realidad hay algo más: la película es también una alegoría sobre sí misma. Jennifer Lawrence es la pareja del director en la vida real y, como Bardem en la película, se llevan unos veinte años. También como Bardem, Aronofsky está fascinado por su propia creatividad lo que le hace perder toda empatía con el espectador, representado en la película por el personaje de ella.

Mother! (EUA, 2017), de Darren Aronofsky, c/Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Kristen Wiig, Brian Gleeson, 121′.