Tangerine_Quad_r-840x639Nada de submundo. En Tangerine todo está la vista, todo es expuesto en su atroz ternura, en su espantosa belleza. Aquí todo transcurre a plena luz del día, sobre avenidas mayormente transitadas, a los ojos de todos, unas horas antes de la Nochebuena. Hay un mundo, con un sentido y una lógica propia, que nunca es sometido a la evaluación moral sino que, muy por el contrario, comprende por igual la amistad y el amor, las traiciones y las injusticias. Tangerine habla de todo eso y de muchas cosas más.

Habría submundo si la película de Sean Baker nos sumergiera en sótanos y pasillos oscuros, si nos llevara de repente hacia el fin de una noche que desconocemos. Pero no, Tangerine resplandece en su crudeza y su sinceridad. Es una película sobre el amor y el desamparo, sobre la desesperación y la soledad, al igual que Sunset Boulevard, aquella película de Billy Wilder filmada en los cincuentas. La referencia no es casual, ya que aquí más de una escena transcurre sobre esa famosa avenida y, de hecho, se la menciona. La ciudad de Los Ángeles ahora es filmada a todo color, y la tonalidad anaranjada que ostentan la casi totalidad de las imágenes le da a la película un tono de ocaso permanente, aunque nunca se trate de actualizar una tragedia ni de ficcionalizar una desgracia. Se trata de todo lo contrario, Tangerine se toma con notable sentido del humor su propio devenir: “Fijate qué injusto es el mundo que Dios me dio una pija”, le dice Sin-Dee, una de las protagonistas trans, a su amiga Alexandra, también trans.

photo_04Baker actualiza el clásico de Wilder no para decir (una vez más) que el cine ha muerto sino para decir que el cine sigue tan muerto como antes (Sunset Boulevard era una película hecha con muertos, narrada por un muerto), que acaso nunca estuvo vivo, pero sobre todo para afirmar que el cine, lejos de haber cambiado la vida de las personas, lejos de esconderlas y enterrarlas en la ilusión de un mundo que ya no es tal, las ha arrojado, desnudas, a la luz del desamparo. Si Sunset Boulevard era una tragedia artificial, Tangerine es una comedia real, concreta, llena de sentimiento. Baker filma con honestidad su historia, pero también con la inmediatez y la contundencia que otorgan los IPhones con los que está registrada la película. El gran acierto de Tangerine no está en la utilización de esos aparatos celulares como novedad artística, cosa que ya se ha hecho más de una vez, ni tampoco en mostrar como protagonistas a personas trans, aun cuando se trate de una excepción en la cartelera comercial (el último caso había sido la película chilena Naomi Campbell, estrenada el año pasado); el gran acierto de Tangerine consiste en exponer las limitaciones y, por qué no, la inutilidad actual del cine de Hollywood como aparato formal de representación, un aparato ya pesado, casi obsoleto podríamos decir (valga también como ejemplo el reciente ninguneo en la última entrega de los Oscar, evento que expone como ningún otro las pretensiones y direccionamientos del cine mainstream, a películas como Los 8 más odiados de Tarantino o Carol de Todd Haynes, obras incómodas, alejadas de toda corrección política).

sean_baker_tangerine_with_steadicam_smoothee_iphone_5sLa liviandad de los IPhones, la velocidad que otorgan para registrarlo todo de inmediato no le quitan consistencia ni solidez a la película de Baker; por eso no hay submundo, porque todo está ahí, al alcance de la mano, para ser capturado y expuesto sin trampas. El formato elegido no pretende nunca embellecer la imagen, mucho menos volver agradable el mundo representado; se trata de transparentar los sentimientos, de exponer la desnudez de las criaturas que habitan ese espacio, cosa que también se ve reflejada en los subtítulos: salvo en las ediciones del festival Asterisco, es muy raro encontrar en las traducciones de los estrenos comerciales un lenguaje alejado de la neutralidad idiomática que refleje con mayor fidelidad lo que dicen los personajes. Si Baker ubica la mayoría de sus escenas en la calle, no se puede hablar de pollas ni de coños, hay que decir pija y concha, puta y puto, ojete y mierda.

Tangerine asume riesgos y fuerza los límites de su representación, pero sale indemne al decidir no ocultar nada y mostrarlo todo. Había riesgo en mostrar al taxista armenio Razmik como un padre cariñoso y a gusto con su familia, luego de haberle chupado la pija a Alexandra en el lavadero y regresar a su casa para celebrar la cena de Nochebuena. Pero no, a Razmik se lo ve incómodo todo el tiempo, no hay posibilidad de sobreactuar un estado de ánimo, sobre todo cuando acaba de enterarse que Sin-Dee ha salido de la cárcel y ha vuelto a la cuadra. Entonces huye, desesperado, en su busca.

Por su parte, Sin-Deese se ha enterado que su proxeneta, Chester, al que ella considera su novio, la ha estado engañando con otra chica, con una “olor a pescado”, una chica real, una tal Dinah, a la que arrastrará de los pelos por toda la ciudad una vez que la encuentre, pero a la que luego verá como su amiga, ya que ambas chupan y comparten la misma verga. Sobre el final, Sin-Dee también se va a enterar que su amiga Alexandra se ha cogido a Chester. Se enojará y tratará de distanciarse de ella, pero también comprenderá que sólo se tienen a sí mismas para cuidarse y protegerse, que en este mundo peligroso tienen que estar juntas. Por eso cuando a Sin-Dee le arrojen sobre la cara y la peluca un vaso lleno de meo, será Alexandra la que acuda en su ayuda, la que la lleve al lavadero y le preste su peluca, quedándose desnudas ambas, abrigándose con lo poco que tienen. Antes de eso Sin-Dee y Dinah serán las únicas que aplaudan la interpretación de Alexandra en un bar donde paga para poder cantar.

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Es que lo que en principio podría pensarse como artificial y frívolo, como una mera exposición de crueldades y miserias, el uso que las protagonistas hacen de los colores, las luces navideñas, las pelucas, las pestañas y las uñas postizas, convierte a esos objetos en caparazones de carnadura frágil, escudos endebles bajo los que resguardarse de la hostilidad y el frío de la noche.

Tangerine, entonces, es una historia de juguetes abandonados en una tierra desolada, que recuerdan con sentimiento pero sin nostalgia la infancia y la felicidad perdida, que acaso sean la misma cosa; una historia del desamparo y la desesperación donde la Navidad no tiene nada de cuento y es apenas un día más para seguir buscando el abrazo y el calor en un mundo en el que no suele abundar nada de eso, aunque a veces no se trate más que del calor de un mismo cuerpo, de una misma pija.

Aquí puede leerse un texto de Nuria Silva sobre la misma película.

Tangerine (EUA, 2015), de Sean Baker, c/Kitana Kiki Rodríguez, Mya Taylor, Karren Karagulian, Mickey O’Hagan, 88′.