Atención a ese idiota tan querido: Sobre Lazzaro Felice, por Pedro Berardi

“(…) el hermano lobo, que está aquí ante vosotros, me ha prometido y dado su fe de hacer paces con vosotros y de no dañaros en adelante en cosa alguna si vosotros os comprometéis a darle cada día lo que necesita.”

Florecillas de San Francisco.

“Había nacido para la felicidad, debió nacer para la felicidad”

Nietochka Nezvanova, Dostoievski.

1. Lazzaro es un aparcero, entre tantos otros aparceros que traman su parentela campesina. Es el más explotado en una cadena de explotaciones que lo posicionan como la única de las víctimas. Su mundo conocido, forjado en los límites de la opacidad de sus días, no trasciende las fronteras de Inviolata. Feudo extemporáneo, que es solo el punto oscuro de un mapa palaciego fijado en descascaradas paredes de la Lombardía profunda. Y a su vez, la cotidianeidad opresiva y exclusiva de mujeres y hombres, alienados, viejos y jóvenes que sostienen con sus desgastados cuerpos, con su desnutrición forzada, a una nobleza parasitaria.

2. Lazzaro ha nacido de la mitología cristiana. Émulo de un cristo sufriente o de un santo ingenuo que se asume terrenal en la medida en que su gesto hacia los demás es totalmente sacrificial. Desde su comunicación gutural, casi animal, se asemeja así al Francisco de Rossellini (Francesco giullare di Dio, 1950). Soporta estoicamente las vejaciones del trabajo extenuante como las burlas que parecen reafirmarle esa santidad, que solo configura el espectador posible. Lo que entenderíamos como sus pequeños milagros, resultan casi siempre imperceptibles para quienes lo rodean. Apacigua a las bestias, al asedio permanente de los lobos sobre la comunidad campesina. Y entre aullidos simulados a la luz de la luna, cobra forma su metamorfosis en el santo de Asís. Pero las miradas externas atribuyen ese diálogo a un estado febril del deambular permanente por el campo; o a una condición inmanente de idiotez.

3. La manada salvaje, encarnada en la familia ya diezmada –por intervención del Estado, y por ende, intervención de la modernidad-, se traslada al paisaje también salvaje de la periferia urbana. Si se malvivía en el campo, con el rigor infrahumano del cultivo del tabaco, las ensoñaciones de las luces y el consumo desmedido no auguran una tierra de promisión. Incluso para quienes otrora se servían de la expoliación, hoy naufragan perdidas las tierras en idéntica decadencia. El basural y el asfalto son entonces el escenario de un nuevo prodigio de nuestro joven Lazzaro. La elipsis temporal que distancia a su vez el contraste entre ambos espacios produce el milagro de la inmanencia. Lazzaro es el mismo, la misma piedad, la misma corporalidad, ante un mundo envejecido a golpes de sobrevivencias marginales. No obstante, ese efecto es tremendamente ilusorio. Su aparición ante quienes eran los suyos perdidos suscita la credulidad de Antonia, quien se arrodilla en un gesto de conmiseración pasoliniana. Pero se disipa rápidamente. Porque el idiota ha vuelto y es una boca más que alimentar, de entre los despojos de la ciudad.

4. ¿Lazzaro augura la redención de los mansos? Es un pastor de almas, al emplear sus saberes agrestes en el cuidado de las ovejas con los humanos que se comportan como un rebaño. O podría pensarse que esa protección, inintencionada, es una forma de estar, de acompañar el sufrimiento ajeno. Aquí no hay tesis de ninguna índole. Solo una sucesión de pincelazos preciosistas que aclaran cuadros de oscuridad manifiesta. Porque esta es una historia de desclazados y desterrados. Una historia en la que se trenzan historias tan añejas como terribles de explotación y expulsión, de comunidades rurales y migrantes venidos de las periferias globales, que se agolpan en las ciudades europeas buscando la salvaguarda de los paraísos artificiales.

5. Lazzaro es, a su vez, una experiencia cinéfila. Bebe permanentemente de las imágenes y de los códigos que eligen un recorrido sobre alguna de las obras más bellas del cine italiano. Y con ellas se articula un discurso narrativo que cimenta, de manera virtuosa, un universo propio. Así, Lazzaro es además de Francesco, el ingenuo Totó, deidad contemporánea que intentaba elevar la desgarradora existencia de los miserables de Milagro en Milán (Miracolo a Milano, 1951) de De Sica. Como también personifica al idiota viscontiano, transpuesto de la pluma dostoievskiana, que pelea hasta el martirio por evitar la disgregación de su familia igual migrante, en Rocco y sus hermanos (Rocco e i suoi fratelli, 1960). El rostro de la opulencia, después devenida en la nobleza decadente, es también un marcado retrato tomado del mundo de Visconti. Modos, como decorados que rodean a la condesa De Luna y su vástago, recuerdan la teatralidad asfixiante de Confidencias (Gruppo di famiglia in un interno, 1974). Cita u homenaje que se exacerba en la alusión clasista –más bien con cierto aire de coexistencia interclases- con la que se personifica al personaje del conde: Tancredi. Las mismas mañas, la misma seducción que aquél personaje lampedusiano de sangre azul que propicia el derrumbe de la dinastía de los Salina en El Gatopardo (Il Gatoppardo, 1963). Aunque aquí no ha lugar a la sentencia de que “todo debe cambiar, para que nada cambie”. El tiempo histórico pulveriza ese entramado de privilegios con los que se había conformado el tejido social. Aunque el futuro que aquí se propone es más bien oscuro, distópico por momentos, al encontrarnos testigos de los recuerdos ensombrecidos que rodean al envejecido Tancredi.

Si esa composición es barroca, sobre el preciosismo de los colores que evidencian un punto de vista común con el cineasta milanés, el retrato de algunos pasajes de la vida rural pierde la artificialidad para priorizar un registro próximo al documental. Nos introducimos en este mundo a partir de un ritual, de evocaciones casi milenarias, que refiere más a estrategias reproductivas de la sociedad pastoril que a formas sentimentales. La cámara parece captarlo a la manera de las piezas magistrales que De Seta logró con la serie de El mundo perdido (Il mondo perduto, 1954-59).

6. Pero ante todo, Lazzaro es una fábula moral. A la manera en que Ermanno Olmi concibió ese estar en el mundo para los pobres; los del campo en El árbol de los zuecos (L’Albero degli zoccoli, 1978) y los expulsados por el imperialismo en La ciudad de cartón (Il villaggio di cartoné, 2011). Solo en ese territorio, la redención de los idiotas es posible.

Lazzaro Felice (Italia, 2018). Guion y dirección: Alice Rohrwacher. Fotografía: Hélenè Louvart. Montaje: Nelly Quettier. Elenco: Adriano Tardiolo, Agnese Graziani, Alba Rohrwacher, Sergi López, Nicoletta Braschi, Luca Chikovani, Tommaso Ragno, Nattalino Balasso. Duración: 125 minutos. Disponible en Netflix.  

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