En 1974 Alfredo Zitarrosa no puede presentarse en público. Sus canciones, en plena dictadura cívico militar, están prohibidas. Así lo dice una placa breve situada al inicio, ampliada más adelante por otras que informan que en 1976 tuvo que exiliarse de Uruguay y que recién en 1984 pudo volver. Durante esos ocho años vivió en Argentina, España y México, primero junto a su familia y luego solo. Las placas informativas funcionan como silencios, como signos de puntuación que permiten contener diferentes momentos de una experiencia dolorosa, la que implica separarse de un lugar y de un pueblo. Así lo remarca la voz del artista una y otra vez, en los audios que se escuchan en la película y que forman parte del reservorio -integrado además por fotos, archivos personales y textos- que las hijas del artista donaron al Estado uruguayo veinticinco años después de la muerte de su padre y a partir del cual, con breves testimonios de sus hijas y de su ex mujer, y sin mediar voces en off (salvo la del protagonista), Melina Terribili arma la película.
La inclusión de los momentos en que las hijas se desprenden del material o reflexionan acerca de lo que implica para ellas la necesidad que tenía su padre de guardar todo, cada afiche, cada foto, cada recorte de diario, tiñen al resto del entramado con el color del pasado. Lo que vemos y escuchamos está atado a una época que no se parece al presente. Terribili trata los materiales como si estuviera buceando entre ellos para encontrar ya no las piezas que forman un trayecto vital sino los pedazos rotos, los fragmentos dispersos que conforman el rompecabezas de una identidad. Por eso cada tanto vuelve a mostrar las cajas apiladas en un depósito y les dedica tiempo a los objetos, los papeles, los escritos, que dispone frente a cámara como incluyéndolos en un inventario. La disposición de los elementos no forma una cronología rígida. Funciona más bien como un cauce por donde pueden circular las ideas y los afectos. Una cámara, una parva de hojas que contienen material inédito, miles de fotos, un tucán, una guitarra, una lista de objetos que, siguiendo al Marker de Sans Soleil, hacían (y todavía hacen) latir el corazón.

Pero los materiales más notables del reservorio que las hijas entregan al Estado no se pueden incluir fácilmente dentro de un inventario. Ahí aparece la mirada de la directora para ordenar los archivos sonoros, visuales y audiovisuales en una unidad que pueda trazar un puente entre el afuera y el adentro, entre el universo interior del retratado y el espíritu de una época. Los momentos más bellos y más reveladores de Ausencia de mí surgen de la fusión dispar, nunca directa, de imágenes y sonidos, de fragmentos que Zitarrosa registró con su cámara durante el exilio o que provienen de archivos históricos y audios que remiten a entrevistas que le hicieron o a grabaciones solitarias, casi confesionales. Son los más bellos porque su tono grave, solemne y puntuado, mezclado con imágenes elusivas y a veces repetitivas, como la secuencia que forman las gaviotas, el mar y el bosque, asumen la forma de la elegía. Las imágenes, gracias al peso expresivo de los audios, se vuelven la proyección de un estado interior. Zitarrosa sufre, se siente perdido, solo piensa en volver, habla de la fuerza perversa que le arrebató a su patria y lo dejó huérfano. A la angustia del exilio se suma un rostro duro que rara vez muestra una sonrisa. El hombre que se piensa a sí mismo como “un producto típico de ese Uruguay que ya no es” y que no se quiere morir “sin ver a América Latina convertida al Socialismo” no puede ocultar su tristeza.
Los momentos de conjunción entre archivos visuales y sonoros son también los más reveladores porque en ellos aparece el Zitarrosa comprometido políticamente, entregado al pueblo, pero nunca al panfleto. Terribili incluye escenas de represiones, tapas de diarios que aluden al golpe, corridas y tumultos, mientras se escuchan comunicaciones oficiales o la voz de Zitarrosa que recita un poema o canta una de sus canciones. Los audios indican, sin embargo, que el artista se siente en falta. Puede decir y cantar cosas hermosas como “La certeza de luz, puntual, que nos espera” o “Cuánto tiempo ha pasado, todavía no amanece, mis versos no son nada” y al mismo tiempo pensar que su obra no está a la altura de lo que el pueblo necesita de él. Esto último se acentúa después de su regreso, en 1984, cuando una multitud lo espera y lo alza en una caravana interminable. El momento, que en la película antecede a una actuación en el Estadio Centenario, es de una potencia enorme. El fervor de la multitud resuena en el regreso de los grandes líderes y referentes que volvieron a los países sudamericanos después de la proscripción o el exilio.
El modo en que la voz de Zitarrosa se diluye en imágenes que remiten a un lugar, a una historia, y a esa clase trabajadora a la que dice cantarle (“porque es la que mueve el mundo”), hace que la tristeza íntima que confiesa en los audios rompa las barreras del yo y se convierta en la tristeza de un pueblo. Pero no para volverse una voz paternalista, sino una voz deudora, que se desprende del pueblo para traducirlo en arte. La conexión que establece con esa figura omnipresente, a la que agradece haber podido interpelar, es lo que explica que ésta lo esté esperando a su regreso, no para que le hable desde arriba de un palco sino para que acepte su abrazo. La ausencia a la que alude el título, una desconexión interior que por lo visto no se resuelve del todo (menos aún si se retiene en la memoria el último plano de la película) transmuta entonces en una presencia, la del pueblo que para Zitarrosa no falta, que no hay que inventar, sino reconocer, como la marea que espera al regreso del exilio.


Calificación: 8/10


Ausencia de mí (Argentina, 2018). Dirección: Melina Terribili. Duración: 80 minutos.