automata-poster-antonio-banderas-01Así en el cielo como en la Tierra, tanto en el cine de ciencia ficción como en los informativos de la tele, las malas noticias pagan y hoy más que nunca. Por otro lado, ni las coordenadas espirituales de la época, ni el pesado lastre que el sci-fi en todos sus soportes (cómics, series, largometrajes) acarrea de la literatura, lo vuelven un género proclive a los finales felices. ¿No creen que la saga de Star Trek, con todo ese humanismo científico sabor dulce de leche, con su mezcla de novela detectivesca, resolviendo misterios y teniendo aventuras alla Nancy Drew en el hiperespacio, apesta un poquito a rancio? La desaparición física de Leonard Nimoy fue la muerte de un símbolo y el símbolo de una muerte. Y aunque las ramificaciones del género son múltiples y sus cruces con otros géneros (suspense, thriller psicológico, películas con superhéroes, películas con zombies, películas con quinceañeras) no pocas veces vergonzantes, las ucronías y distopías, antiutopías y antihéroes, brotes siempre frescos de una ciencia ficción macabra, siguen pisando fuerte en el imaginario de nuestra cultura, reinventándose con el correr de los años. La temática pesadillesca resiste, vaciada en otros moldes.

Últimamente, se han registrado cambios interesantes, indicando que al parecer ya no contemplaremos el hundimiento de la civilización occidental en alguna forma de fascismo tecnológico −motivo consentido mientras existió una URSS para atemorizarnos y obligarnos a mejorar nuestras políticas sociales−, ni seremos exterminados por un meteorito justiciero o seres de otras galaxias −motivo predilecto en los años cocainómanos y triunfalistas, posteriores a la caída del Muro−, sino que nos marchitaremos silenciosa e inexorablemente, a medida que agotemos los recursos naturales y alteremos la composición de la atmósfera. Niños del hombre, La carretera, El cazador, incluso la primera Matrix −bienvenidos al desierto de lo real−, incluso la reciente Interestelar, todas películas muy distintas, avizoran un mañana hecho de polvo y chatarra, dibujan y modulan escenarios más o menos afines: un grandioso cementerio de ipods y tablets barrido por vientos patagónicos y la humanidad reducida a tropas aisladas de carroñeros, matándose por nada. La arena y no los rayos láser como alegoría de una hecatombe con tintes que no son políticos ni apolíticos, sino ecológicos y digitales. Es la muerte por obsolescencia, el Apocalipsis según twitter y Greenpeace.

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Autómata, segundo largometraje del español Gabe Ibañez, protagonizado por Antonio Banderas y Melanie Griffith −a esta altura, cuesta saber quién vive de quién−, es otro mojón más de esta tradición narrativa y, debo decir, no de los peores con que me he topado.

Proyectémonos 40 o 50 años hacia delante. Una vez más, la humanidad se encuentra al borde de la extinción: manchas y erupciones solares han dañado irreversiblemente la atmósfera y un desierto inmenso ha devorado la mayor parte de la superficie del planeta. Nada pudo frenar el avance imparable del proceso de desertización, ni siquiera las legiones de robots especialmente diseñados, los Automata Pilgrim 7000, que acabaron por reciclarse en una especie de asistencia doméstica para los escasos millones de personas que todavía sobreviven amurallados dentro de las ciudades. En este contexto, Jacq Vaucan, el personaje de Banderas, es un agente de seguros encargado de investigar el funcionamiento defectuoso de las unidades Pilgrim y descubrir posibles fraudes a la compañía fabricante, la poderosa Robotics Corporation (ROC). O sea, trata de evitarle a sus empleadores el pago de la póliza, laburo por demás desagradable que lo lleva a transitar los bajos fondos de la ciudad y los límites de la ética. Todo esto es el punto de partida y este, el disparador de la trama: producto de una serie de acontecimientos inesperados, Vaucan comienza a sospechar que algunos de los androides de la compañía están modificándose por su propia cuenta, algo que se consideraba imposible, que viola todos los protocolos de seguridad y que implicaría que los robots han desarrollado una forma de conciencia.

(Ya que estamos, me pregunto si los herederos de Isaac Asimov, si es que los tuvo, cobrarán alguna regalía por el uso y abuso que se ha hecho de sus leyes de la robótica. No importa).

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El escenario de la rebelión de las máquinas −versión moderna del complejo de Frankenstein−, seguirá estimulando la imaginación artística de la época no tanto porque de cuenta de la desmesura fáustica de la ambición humana (al fin y al cabo, un fenómeno atemporal) sino por que remite a dos órdenes de problemas que no dejan de mirarnos a la cara: la naturaleza material (física, química, orgánica, fisiológica) del pensamiento y la conciencia y, como consecuencia obvia de lo anterior, el tema de la inteligencia artificial. La primera, un hecho científico harto demostrado, aunque no en todos sus detalles, y el segundo, una promesa y proeza tecnológica todavía algo lejana, pero no por ello menos inquietante. En uno de los momentos más lindos y pochocleros de la película, un hombre, sorprendido por la desobediencia de un robot, exclama “sos sólo una máquina”, a lo cual el robot (que tiene la voz de Javier Bardem) contesta: “¿sólo una máquina?, ¿eso es como decir que vos sos sólo un simio?”.

Co-producción búlgaro-española, Autómata le gana a varias producciones yanquis en su propio terreno, y si bien por momentos deja entrever un poco el cotillón, hace mucho con un presupuesto bastante acotado para los parámetros de este tipo de cine. Otro de sus méritos es el de no caer en la grasada típica de Hollywood de humanizar los robots de sus películas como si se tratara de una versión de Pinocho para adultos.

Aquí puede leerse un texto de Marcelo Acevedo sobre la misma película.

Autómata (España/Bulgaria, 2014), de Gabe Ibáñez, c/ Antonio Banderas, Dylan McDermott, Melanie Griffith, Robert Forster, Birgitte Hjort Sørensen y Javier Bardem., 109’.