Aventurarse a elegir: Desobediencia, por Carla Leonardi

El gran rabino da su discurso en medio de la sinagoga ante los principales referentes de su comunidad. Proclama que los ángeles son las criaturas más puras y las bestias aquellas que siguen sus instintos. Ambas se conducen obedeciendo a Dios, mientras que el hombre pendula entre los dos, pues Dios le concedió la posibilidad de elegir la pureza, el ascetismo o la lujuria de los placeres carnales. Seguidamente se desploma frente a todos los asistentes.

En este prólogo, Sebastián Lelio, el director chileno ganador del Oscar a Mejor Película Extranjera por Una mujer fantástica (2017), ya deja sentado los temas alrededor de los cuales se desarrollará su película: la cuestión de la obediencia a mandatos o convenciones religiosas; y la cuestión del derecho a transitar el duelo, que ya había trabajado en su película anterior.

Desobediencia, su primera película en habla inglesa, es una adaptación de la novela homónima de la escritora británica Naomi Alderman, está filmada fuera de Santiago de Chile  y  cuenta un elenco de actores de Hollywood. Aquí Lelio continua explorando la naturaleza de lo femenino (como ya lo hiciera especialmente en Gloria, 2013), pero al tomar una comunidad eminentemente manejada por hombres, como lo es la judía ortodoxa, muestra que los imperativos del patriarcado no recaen sólo sobre las mujeres sino también sobre los mismos hombres.

Ronit (Rachel Weisz) trabaja como fotógrafa en Nueva York. Cuando recibe un llamado que le avisa que su padre, el gran rabino Krushka  (Anton Lesser), ha fallecido, la vemos en medio de una sesión fotográfica. Lo que Ronit fotografía son cuerpos, más específicamente cuerpos completamente tatuados. Aquí se esboza ya una orientación hacia la carne y hacia las marcas en el cuerpo, lo cual no es un dato menor.

Tras el mensaje recibido, Ronit se debate entre el agobio, cuya descarga encuentra en el alcohol y el sexo casual con un hombre en el baño de un bar, y un comportamiento errático, en su desplazamiento atónito por la pista de patinaje. La noticia la lleva de regreso a una comunidad judía en Londres, a ese pasado signado por reglas y mandatos opresivos que un día abandonó abruptamente. Lelio acentúa este estado en la escena en la que, luego de patinar, desgarra el cuello de su remera buscando aferrarse a un aire de libertad. La contrapartida será que apenas llegue a la puerta de la casa de su amigo, donde se llevan  cabo los ritos vinculados al padre muerto, se abrocha el último botón de su camisa, en tanto signo de recato.

Cuando se reencuentra con Dovid Kupperman (Alessandro Nivola), Ronit se entera de que se ha casado con Esti (Rachel McAdams), toda una sorpresa para ella ya que los tres eran amigos desde la infancia. De este modo, Ronit, con su larga cabellera y estilo irreverente (jeans, chaqueta de cuero, cigarrillo en mano) encarna a la mujer libre, capaz de elegir cómo vestirse, a qué dedicarse, con quien tener sexo, con quien casarse (o no casarse), cuándo tener un hijo (o no tenerlo), mientras que Esti, encorsetada en su vestimenta que esconde sus formas femeninas y su peluca, es la mujer alienada en el rol de esposa, destinada a enseñar en la escuela de la colectividad, y ser una buena madre para sus futuros hijos. De hecho resulta interesante la conversación que se mantiene en la comida que los Kupperman realizan en su casa junto a los miembros más allegados de la comunidad, donde se menciona con reproche el nombre profesional de Ronit (donde cambia su apellido por Curtis) y Esti señala que es normal que las mujeres se cambien su apellido, ya que al casarse adoptan el de su marido y es como si toda su historia personal desapareciera.

El hermoso orden familiar de los Kupperman comienza a tambalear con la llegada de Ronit, lo cual el director  anticipa con la mirada de Esti hacia atrás buscando a Ronit en la procesión por las calles con velas y rezos, y también en el encendido de las velas previo a la comida, donde Esti permanece entre Dovid y Ronit.  Así, conforme avance la trama, nos enteraremos de que Esti y Ronit habían mantenido un amor en su adolescencia, que fue descubierto y severamente castigado por el rabino Krushka. El descubrimiento de este amor secreto determina la liberación de Ronit del orden familiar y religioso, pero a la vez significa su ex-comunión de la colectividad. De ahí que la familia y demás integrantes de la comunidad la perciban con desdén, que la prensa diga que el rabino Krushka murió sin dejar descendencia, y que le comuniquen que, según consta en el testamento, la voluntad de su padre fue dejar todos sus bienes a la sinagoga. Para Esti, sumida en la desazón tras la partida de Ronit, ser descubierta en contravención significa su casamiento forzado con Dovid, alentado por el rabino, como modo de curación de lo que consideraba una desviación patológica.

Como era de esperar, aquella pasión dormida entre Esti y Ronit renace. Y cuando consumen su pasión en un cuarto de hotel de otra ciudad resulta interesante el detalle de la puesta en escena de Ronit, vestida de blanco, pues es quien puede vivir ese momento libremente, mientras que Esti, vista de negro, signo de que su romance permanece ahora y como fue siempre, en la oscuridad del secreto.

Cada uno de los tres protagonistas vive su propio encierro, marcado reiteradamente por Lelio con los planos cerrados sobre cada uno de ellos. Ronit se ve sofocada en ese regreso a retomar formas y modos sociales estrictos que había abandonado hace tiempo, y por el peso de ser marcada como no reconocida en tanto hija del rabino Krushka. En este punto, Ronit se emparienta con Marina, la protagonista de Una mujer fantástica, ambas pugnando por ser reconocidas en su lazo con el difunto, y en el derecho digno de participar de los ritos del duelo. Son personajes que desafían y cuestionan la moral sexual cultural de la familia burguesa, en un caso, y la familia judía en el otro. En el caso de Esti, su encierro es claramente el matrimonio heterosexual normativizante y los preceptos que impone la moral sexual de la comunidad judía. Y en el caso de Dovid, también el patriarcado tiene consecuencias asfixiantes pues está presionado a realizar el discurso en el Hesped, (el momento del elogio del difunto) y se lo perfila como el sucesor del rabino, posición en la que tendrá que demostrar su hombría respecto de su esposa (su poder de retenerla a su lado) y su valía para estar a la altura de situarse en tanto padre de la comunidad.

Otra cuestión interesante para pensar concierne al título de la película. Todo mandato social o religioso no es meramente una invocación a seguir sino que, a la vez, deja al sujeto alienado a él y marca su cuerpo ordenando su goce. Esto se ve muy claramente en los personajes de Esti y Dovid, quienes, al ser judíos ortodoxos, este significante que viene del Otro social/religioso determina su modo de vestir, su comportamiento social, su momento de tener sexo (los viernes) y su ejercicio de la sexualidad ligado a la reproducción. Obedecer etimológicamente proviene del latín oboedire, que implica oponerse a escuchar. De allí que tenga el sentido de cumplir una orden que viene de afuera, del Otro socio-cultural. Un proceso psicoanalítico permitiría justamente recuperar la capacidad de escucha que queda abolida por el peso del mandato que se oye, clarificar de dónde viene ese mandato y abrir la posibilidad de precipitar el acto, que no es sin coraje, de separarnos del destino marcado para aventurarnos a elegir. Se trataría entonces de poder escuchar ese matiz en la enunciación  que, como señala por Lacan en su enseñanza, diferencia el “Tu eres el que me seguirá”, que impone su certeza inamovible, y el “Tu eres el que me seguirás”, que es un acto de fe, donde enuncio que deseo que me sigan, pero abro un margen que implica que puede que no sea así. Así, la desobediencia no se traduce como mera rebeldía, sino en un acto subjetivo que habilita algo nuevo.

En Desobediencia, Lelio trabaja una línea argumental sencilla y clásica del melodrama (el amor prohibido), que no elude las resonancias de la época actual y que, si bien se enmarca en la colectividad judía,  tiene la virtud de trascender el localismo, habilitando a que el espectador pueda interrogarse por su propia obediencia no sólo a nivel de las creencias religiosas que detenta sino también a nivel de los imperativos familiares y convenciones sociales a los que responde diariamente. En el plano visual, los planos cerrados y el cuidado por la simetría y la armonía, son consistentes con la temática que plantea, y de la mano de un elenco actoral sólido en sus interpretaciones, logra gratamente que su película alcance un plano de reflexión, pero sin descuidar la sensibilidad y las emociones.

Desobediencia (Reino Unido, 2017). Dirección: Sebastián Lelio. Guion: Sebastián Lelio, Rebecca Lenkiewicz. Fotografía: Danny Cohen. Edición: Nathan Nugent. Elenco: Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola. Duración: 114 minutos.

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