Bárbara, de Christian Petzold

Por Nuria Silva.

El título de la película es el nombre de su protagonista (Nina Hoss), ambas herméticas e indescifrables. En Bárbara no hay signos temporales precisos, todo se va armando de a poco. Los zapatos y la pollera con que se presenta en escena fueron los primeros indicios que me hicieron dudar sobre la época en que se desarrolla la historia. Bárbara es una mujer con pasado y su impermeabilidad se contrapone a la galantería del protagonista masculino, André (Ronald Zehrfeld), cuya mirada es la primera subjetiva que recibimos. En un signo melodramático infalible, la observa desde una ventana. Sentada en la entrada de un hospital mientras espera que sea la hora exacta del ingreso al trabajo, ella fuma. A lo largo de la película lo hace de forma desmedida. Prácticamente no hay plano en que no la veamos pitando un cigarrillo, vestigio del misterio que personifica y de las inquietudes que la aquejan. Se formulan preguntas que reciben acotadas respuestas. Bárbara es una doctora que ha sido trasladada desde el hospital donde ejercía, en Berlín, a uno de provincias, y estuvo en prisión sin que sepamos la causa de ninguna de esas situaciones. A los cinco minutos de empezada la película, André, su nuevo colega y jefe, se ofrece a llevarla en auto hasta su casa después del primer día de trabajo. Durante el viaje él sigue interpelándola amablemente, a lo que ella contesta de manera escueta. Bárbara le pide que no se haga el sorprendido, porque ella sabe que lo prepararon bien para su llegada. Pero a nosotros no. Lo único que tenemos, en el mejor de los casos, es el ojo afilado para reconocer ciertas señales, huellas que va dejando la puesta a través de la construcción de sus espacios y diálogos. En la charla se menciona la palabra “separación”. Gracias a esto mis dudas comenzaron a disiparse tímidamente: estamos en la Alemania dividida por el muro.

El espíritu erudito y altruista de esta mujer ensimismada comienza a florecer con la llegada de Stella (Jasna Fritzi Bauer), una paciente joven cuya aparición introduce el color rojo en una fotografía de tonos predominantemente amarillentos. Algo revive en Bárbara con la presencia de esta chica embarazada que encarna la vida latente y, por lo tanto, cierta idea de futuro y esperanza. Después entran en escena un miembro de la Stasi, órgano de Inteligencia de la RDA, y un novio con el que Bárbara tendrá un par de encuentros clandestinos mientras prepara su fuga. De ese modo la película entreabre una ventana al pasado, clarificando de a poco el incierto panorama acerca de su vida pretérita. En Bárbara, las relaciones sentimentales y humanitarias son afectadas por la realidad circundante que genera desconfianzas e impide una entrega plena hacia (y entre) quienes integran el nuevo ámbito de la protagonista. Por esto resulta sustancial la presencia de Stella, víctima de la persecución política que necesita escapar del país con urgencia, y con quien Bárbara logra conectarse tal vez por sentirse identificada. Durante sus noches de internación comienza a leerle Las Aventuras de Hucleberry Finn, y los fragmentos que llegan a nuestros oídos se convierten en un correlato de los estados de ánimo presentes y del porvenir de estas mujeres. André, a su vez, encuentra en otro paciente, Mario (Jannik Schumann), adolescente que arriba al hospital tras un frustrado intento de suicidio, un vehemente desplazamiento de su espíritu romántico.
Petzold desarrolla la trama dentro de los marcos de la estructura clásica, con sus convenciones en materia de suspenso narrativo. Nada es evidente, todo queda implícito, e invita al espectador a inquietarse cada vez más por lo que yace bajo la superficie del relato. Las interpretaciones se valen de gestos sutiles evitando que los personajes se vuelvan estereotipos de aquello que representan, aunque las propiedades personales de cada uno puedan ser fácilmente identificadas. El personaje que más expuesto queda en sus intenciones es el de la vecina de Bárbara, a la que se reconoce inmediatamente como soplona por la forma en que se señalan sus miradas, actitudes y ademanes, dignos de una chusma de barrio con propósitos nada benevolentes. Prácticamente no hay música a lo largo de la película. Las emociones subrepticias se condensan a través de la iluminación y el uso de los colores. El contexto político funciona como trasfondo del melodrama central, al contrario de su coterránea La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnesmarck, en la que se manifiesta directamente, tal vez por estar fuertemente contada desde la subjetividad de un agente de la Stasi. Tampoco se carga de alegorías excesivamente subrayadas como sucediera con Viento del oeste, de Robert Thalheim (presentada en el 12° Festival de Cine Alemán). Frente al cuadro de Rembrandt que adorna una de las paredes de su laboratorio, Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, André le dice a Bárbara que es fundamental comprender hacia dónde el creador pretende dirigir nuestra mirada. En su anterior película, Algo mejor que la muerte –del tríptico para televisión Dreileben– ambientada en un hospital, Petzold también recurre a un cuadro para anticipar el trágico desenlace de una historia de amor desafortunada entre un enfermero y una mucama de hotel, adolescentes sin capacidad para dominar sus emociones. En Bárbara, por el contrario, el amor triunfa pese a la complejidad aun mayor del momento histórico en que transcurre. Aun con estas precisiones de la puesta que señalamos, es interesante la forma en que Petzold evita subrayar el sentido de las situaciones presentadas. Tanto una película como otra cierran con una acción inacabada que no funcionan como finales abiertos por irresolución, sino como el preludio de una continuidad lógica en las determinaciones personales de sus protagonistas.


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