3Cada nuevo Bazofi es una fiesta cinéfila, que continúa y a la vez profundiza las habituales proyecciones de la Filmoteca en Vivo. Desde los inicios, Fernando Peña y Fabio Manes tuvieron una mirada muy desprejuiciada sobre el cine, y lo reflejaron en la programación: la primera edición, en abril de 2012, mezcló mangas televisivos como Mazinger Z con un largo animado de Ralph Bakshi, o un slasher puro y duro (No entren a la casa) con sofisticado terror europeo (Una mujer poseída). Pero hubo siempre dos cuestiones que lograron, invariablemente, otorgarle un sentido a estos aparentes rejuntes de películas. Por un lado, el hecho de proyectar siempre en fílmico, un acto de resistencia en estos tiempos digitales. Por otro, la pasión: Peña y Manes podían exhibir obras maestras absolutas, grandes películas a descubrir, rarezas imposibles de ver de otro modo o algún bodrio sin remedio, pero la pasión (su pasión) por el cine, la forma en que presentan e invitan a descubrir las películas, la felicidad de compartirlas, es una garantía. Podrían haber recurrido a los directores de culto que aseguraran una sala llena (John Carpenter, David Lynch), pero prefirieron apostar a otra cosa. Presentadas por ellos, todas las películas se ganan el merecimiento ser vistas. Podrá haber cosas mejores o peores, pero siempre valdrá la pena darse un a vuelta por el Bazofi.

Manes ya no está (aunque su figura siempre anda dando vueltas por la sala de la Enerc), pero Peña se empecina en mantener el mismo espíritu. Así, esta nueva edición del Bazofi abrió con una verdadero hallazgo, probablemente un estreno mundial: Póker de amantes, película erótica nacional filmada en 1969 que permanecía inédita, y que además fue presentada en la sala por Oscar Brizuela, uno de sus protagonistas. Luego se sucedieron, entre otros hermosos delirios, la pornosoft brasileña Emanuelle Tropical (1977) o un fragmento -pasar películas incompletas es otra marca del Bazofi- de la extraña y olvidada Julia (1956).

Way of a Gaucho

Entre habituales rarezas se destacó la proyección de El camino del gaucho (1952), película relevante en esta parte del mundo porque se trata de la primera producción hollywoodense filmada íntegramente en Argentina. Diego Curubeto había investigado los pormenores de esta insólita realización de la Fox -que por imposición del gobierno de Perón debió invertir en el país las ganancias locales de sus estrenos- en su imprescindible Babilonia gaucha (1992), pero acceder a la película no era tan sencillo, y menos aún en una sala de cine. Filmada en Technicolor y hablada en inglés, se trata de una especie de western ligeramente emparentado con la historia del Martín Fierro. Su director, Jacques Tourneur, traía en su currículum algunas obras maestras (La marca de la pantera, Yo caminé con un zombie, Retorno al pasado), pero acá las cosas no le salieron tan bien. El camino del gaucho retrata la vida en la pampa a fines del siglo XIX con una ajenidad absoluta, como si ciertas costumbres fueran tan exóticas como inaprensibles para los productores estadounidenses. El gaucho como una entidad misteriosa pero a la vez justificadora de todo un proceder. Encima, algunos diálogos generan una involuntaria comicidad para los espectadores argentinos: “He is a Gaucho”, “I want to be a China”.

Entre las películas que merecen ser redescubiertas se exhibió la española Coto de caza (1983), de Jorge Grau, que curiosamente se estrenó en Buenos Aires como Cazadores nocturnos. Podría inscribirse en el subgénero del rape & revange (alguien es víctima de un crimen brutal y se venga con más brutalidad aún), aunque en realidad aquí no hay una violación y lo que ocurre luego no llega a ser una venganza. Lo que la despega de la mayoría de las porquerías similares que proliferaron en los setenta y ochenta es que, sin renunciar a la sordidez habitual de este tipo de películas, intenta sobre todo ser reflexiva. Una abogada progre (Assumpta Serna) que defiende a delincuentes sufre el ataque de una banda, que en un intento de robo asesina a su marido. Lo interesante del planteo es que pone en un pie de igualdad el sufrimiento de esta mujer con el de la madre de los ladrones. «La propia sociedad es la culpable de la inseguridad ciudadana, que empuja a los hombres al delito deslumbrándolos con el señuelo del éxito, del confort, del consumo, y que por otro lado les cierra el paso a los puestos de trabajo», dice la abogada en el comienzo, al exponer sus argumentos durante un juicio. Toda la historia transcurre en medio del éxtasis consumista de las Fiestas de fin de año, y no es casualidad que dos momentos importantes transcurran en un supermercado y en un shopping. En la brutal escena final hay algunos planos gratuitos (un pussy burning, como lo definió con delicadeza Cristian Sema/Raro VHS) que desnudan el espíritu exploitation. Pero aunque sería fácil y hasta cómodo tildarla de reaccionaria, las cosas -como en El vengador anónimo, otra película bastante incomprendida- son mucho más complejas de lo que aparentan. En este sentido, sería interesante juntarla en un doble programa con La caza (1966), obra maestra de Carlos Saura.

The Lighthouse by the Sea

La noche del sábado 27 ofreció -y aquí deberán disculpar el uso de la primera persona- un hermoso momento. Peña proyectó dos brevísimos cortos animados argentinos del personaje Contreras (el hombre que siempre lleva la contra), que realizaba el Estudio de Dibujos Animados de José Burone Bruché y distribuía Edifilm a principios de los cincuenta. Con mucha experiencia en publicidad y algunas colaboraciones en el cine, Burone Bruché dibujaba estas películas mudas de no más de dos minutos de duración, en 16mm, para un mercado exiguo: los pequeños proyectores hogareños que hacían las delicias de los chicos en tiempos en que la televisión apenas daba sus primeros pasos. Esos dos cortos, Persecución y Duelo criollo, habían pertenecido a mi viejo, que nos los pasaba a mis hermanos y a mí cuando eramos chicos en un viejo proyector Hollywood a manija, sin motor. Doné esas dos peliculitas a la Filmoteca, y Peña tuvo la generosidad de proyectarlas con el mejor espíritu de las viejas variedades. Volver a verlas después de casi 30 años, en pantalla grande y con la extraordinaria música improvisada en vivo y en directo por Fernando Kabusacki, fue un gran placer personal. Y creo que también para el resto de la sala, que estaba casi llena.

De todos modos, lo mejor de esa noche vino luego, cuando apareció en pantalla el mayor héroe cuadrúpedo de la historia. Para muchos de los que aún no pasamos los cuarenta Lassie era -junto al aburridísimo Flipper- el prototipo del animal inteligente y valeroso. Rin Tin Tin, en cambio, estaba relegado a un impreciso recuerdo de los abuelos. Nunca había visto una película suya, y ahora no puedo más que recomendar la experiencia: The Lighthouse by the Sea (1924) fueron 60 minutos de trepidantes momentos de suspenso, siempre en montaje paralelo, en los que el magnífico perro llega invariablemente a tiempo para salvar a un viejo ciego que camina al borde de un acantilado, encender la luz de un faro con un trapo prendido fuego o desbaratar a una banda de contrabandistas, entre otras hazañas. Se trata de una historia bastante ingenua, pero narrada con pericia y un notable sentido del tiempo. La acción se sucede sin pausa, e incluso hay breves momentos de suspenso dentro de otros. A diferencia de la televisiva y pulcra collie, Rin-Tin-Tin, aunque también era un animal de raza, tenía más pinta de atorrante, y con la ayuda de un montaje inteligente ofrece algunos momentos de extraordinaria interpretación perruna (notablemente, cuando levanta la vista para calcular el salto a través de una ventana). Después de ver la película es imposible no querer creer en la leyenda que dice que en la primera entrega de los Oscar, en 1929, Rin-Tin-Tin recibió la mayor cantidad de votos como mejor actor, aunque el premio -siempre tan cobarde la academia de Hollywood- se lo llevó Emil Jannings.

El próximo Bazofi está previsto para mediados de abril. Será otro momento de alegría sin fin.