hn_banners150x220cmts_muestra“Soy de Boedo, soy de Boedo, soy de Boedo, yo soy”. Quizás, entre otros, muchos fanáticos de Boca y Huracán se pierdan esta película. Bueno, de Huracán no tantos, esos son poquitos. Pero lo concreto es que quizás les cueste acercarse a ver esta obra digna del club más lindo del mundo: San Lorenzo de Almagro. Y bien digo “más lindo”, haciendo uso de mi total subjetividad. Porque de haber escrito “más grande”, caería en algo incomprobable que, aunque fuese cierto, no sería algo de lo cual enorgullecerse. Hijos nuestros no es la bosta comercial que suelen promocionar las Catalinas Dlugis. Tampoco es River y Boca con el séquito de periodistas deshonestos atrás, inflando y escondiendo la mugre. Esta gloria dirigida por Juan Ignacio Fernández Gebauer y Nicolás Suárez es una historia honesta, una caricia a todos los hinchas de fútbol genuinos, del cuadro que sean.

“Te quiero así, poniendo huevo’ nuestros jugadores”. Carlos Portaluppi y Ana Katz funcionan como Romagnoli y Romeo, Acosta y Gorosito. Él interpreta a un tachero, cuervo como casi todos, y ella a una pasajera con la que inicia una relación. Con ellos se sostiene la trama, lo hacen todo genuino y creíble; contienen los momentos graciosos para que no sea una comedia, para que la gracia no derive en el gag.

“Si yo fuera presidente, la rosada sería un boliche, y en la puerta un gran afiche invitando al tomador. Sin mozo ni mostrador, todo lleno de licores, y la banda de Boedo empapada en alcoholes”. La película se propone retratar la pasión de un hincha. Tiene la astucia de no valerse de un partido de fútbol, de escenas con los actores dentro de la cancha, o rodeados de banderas, o inmersos en situaciones deportivas. El fanatismo de este taxista se refleja en su incapacidad para desarrollarse en el plano afectivo: está solo en el mundo, él y San Lorenzo nomás. Las chicanas, el folclore y las cargadas están en cantidad justa, ni de más ni de menos. No es una película partidaria, incluso guarda provocaciones para los hinchas cuervos. Si la película fuese sólo para sanlorencistas, el plano de la cena en la cantina, con el Carrefour de fondo, no tendría lugar. El título, incluso, antes de recargar las tintas sobre el clubcito de Liniers que nunca llena la popular, estaría destinado -de ser partidario- a Boca Juniors, Panamá Papers, o cómo se llamen esos.

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“Soy de San Lorenzo, vago y atorrante, me gustan los Rollings y los estimulantes”. El fútbol está muy condimentado. Desde la dirigencia, la organización y la policía, bañado de corrupción, negocios ilícitos y arreglos escandalosos. Pero en los tablones está el tuco lindo. En las tribunas populares todavía resiste ese paraíso de libertad absoluta. En la popu se come, se caga y se mea. Se canta, se fuma y se escupe. Se coge, se duerme, me abrigo y me pongo en bolas. En la tribuna popular es muy extraño que alguien juzgue tu conducta. Hugo es ese personaje típico de la tribuna popular, aunque nunca lo veamos allí. A Hugo le gustan las putas y se lleva una a su casa para regalarnos una escena inteligente, donde los directores no muestran tetas ni culos, sólo un pie desnudo sazonado con birra de lata para que el espectador entienda todo lo demás. Hugo también putea, pero no sólo insulta. Utiliza el adjetivo soez cuando hace falta, cuando amerita, y en eso también la película sale campeona. Y Hugo está loco por el ciclón. Y para salud de esta gran película, no aparece ningún doctor que nos lo diga. El cruce a su realidad paralela resulta sutil por las pocas veces en las que se hace explícito, y es efectivo porque es tan imposible lo que este cuervo ve, que no hace falta ninguna otra señal para que lo entendamos.

“Que nacieron hijos nuestros, hijos nuestros morirán». Para los hinchas fanáticos, el partido es una excusa. Si les abriesen el estadio, irían aunque no jugase nadie. Y en esta película, la trama del pibe que se va a probar al ciclón (Valentín Greco, a la altura de los protagonistas) también es secundaria. Lo importante es cómo vive Hugo y qué siente el espectador. Resulta una analogía del partido y la tribuna, cuando nos invaden los títulos con fondo negro, pero con el sonido ambiente todavía sonando. Terminó la película, terminó el partido, sigue el sonido, sigue la vida del hincha. Y qué mayor correspondencia entre este relato y “alentar hasta la muerte” que cuando las expectativas de final feliz se esfuman, los protagonistas desaparecen, y el espectador queda cebado, esperando volver a verla, «proyecten donde te proyecten».

Hijos nuestros (Argentina, 2015), de Juan Fernández Gebauer y Nicolás Suárez, c/Carlos Portaluppi, Ana Katz, Germán de Silva, Daniel Hendler, Valentín Greco, 87′.