Belmonte: Esta vida que me aburre, por Diego Baridó

En Belmonte, su cuarta película, el director uruguayo Federico Veiroj nos presenta al pintor Javier Belmonte (Gonzalo Delgado) asistiendo regularmente a conciertos de música clásica en el Teatro Solís, en Montevideo. Medio siglo atrás, la platea de ese mismo teatro quedaba cautivada por una joven y desconocida cantante. Se hacía llamar Diane Denoir. Su voz triste, su mirada penetrante y las composiciones de un Eduardo Mateo aún no encaramado al mito del candombe beat, acaparaban la atención en aquellos encuentros vanguardistas llamados Conciertos Beat. Veiroj recupera a esta mítica cantante oriental de los 60, musicalizando el final de su film con Le Lendemain, una chanson en la que la voz de Denoir sangra en francés: “El día siguiente, del que nunca esperamos nada. El día siguiente, que conocemos tan bien. ¿Es esta la vida que debemos seguir siempre? Si es así, te lo suplico, tenme en tus brazos. Para olvidar, no pensar nunca más en esos días siguientes de nuestras vidas, de los que nunca esperamos nada”. Camuflados por la diferencia idiomática, estos versos por fin nos animan a conjeturar el motivo del estado emocional del pintor, a veces crispado, a veces atribulado, pero invariablemente circunspecto. Si al llegar a la mitad de su vida, Alberto Cortés se prometía “a partir de mañana empezar a rodar por mejores caminos”, Belmonte se abraza a los versos de Denoir, sin esperar nada del día siguiente.

Belmonte transita un presente profesional promisorio. Logra vender sus obras a buenos precios y el Museo de Artes Visuales de Montevideo prepara una muestra de su obra. Cuenta con el amor de su dulce e inteligente hija Celeste (excelente Olivia Molinaro Eijo) y con el apoyo de sus padres y hermano. Aunque divorciado, el trato con su ex es cordial. Atraer la atención de otras mujeres, por otra parte, no parece ser un problema para él. Es cierto, está atravesando la crisis de los cuarenta y aún no parece haber concluído el duelo de su separación. Para colmo su ex le avisa que está embarazada. Belmonte teme que esa reestructuración familiar lo aleje más de su hija. Pero esos problemas, aún con la importancia que a cada uno le cabe, no explican por sí solos su paso errante y apático. El nombre de lo que lo tiene tan insatisfecho pareciera alojarse más allá de todo eso, y cuando la película parecía que se iría sin otorgar indicios, Veiroj arroja algunas miguitas de pan en el camino, como la aparición de ese personaje masculino fantasmal que provocará la única sonrisa franca de Belmonte en toda la película, o la curiosidad que le provoca el affair que parece estar transitando su padre con un joven.

¿Qué más quiere usted, Belmonte? le pregunta una bella joven, luego de hacer el amor, al insatisfecho pintor. ¿Pá, por qué siempre dibujás hombes desnudos? incomoda a papá la pequeña Celeste. ¿Javier, qué precisás?, se harta su ex. ¿Y vos, en qué andás? le pregunta su hermano, en paternalista preocupación.“Ya no tenés 20 años, Belmonte, ¿no?” lo reta el director del museo. Belmonte no contesta. Y si lo hace, será con evasivas. Como en los films anteriores de Veiroj, nos encontramos frente a una película protagonizada por pasajeros en tránsito. Belmonte sintetiza aquí elementos de sus tres películas anteriores: lo ameno de Acné, el laconismo de La vida útil, los juegos simbólicos y oníricos de El apóstata. Actualizando su indagación sobre la masculinidad, siempre viva y jaqueando estereotipos, el director enfila ahora hacia la crisis de mediana edad, la paternidad y la búsqueda de la realización auténtica, aún si ello requiere saltar de la trinchera y exponerse en no man’s land.

La película y su protagonista conforman un verdadero iceberg, ambos se manifiestan sucintos, pero, por debajo, adquieren una profundidad que multiplica su envergadura. Pero si la procesión de Belmonte (personaje) va por dentro, la de Belmonte (película) va por fuera. La principal virtud de Veiroj es la representacion estética del universo interior del protagonista, en la que, fiel a su estilo osado, el director hibrida recursos y tonos de forma exitosa, sin caer en lo pretencioso. Como en sus trabajos anteriores, se apoya en un naturalismo seco para, de pronto, apartarse con situaciones oníricas, fantásticas, o momentos en los que los actores reducen el rango de interpretación al mínimo. La puesta de cámara y la composición interna del cuadro incorporan cierto juego con el absurdo, al que se suma la cuota de humor ácido habitual en las producciones del país vecino. La distancia que genera Veiroj con su puesta en escena, no parece tener como fin desentenderse afectivamente de la historia, sino desnaturalizarla y constituir un espacio-tiempo donde otras realidades son posibles. Este procedimiento hace recordar al finlandés Aki Kaurismaki, no sólo por su humor corrosivo, sus juegos estéticos y sus personajes parcos, sino también por su humanidad y el afecto hacia sus personajes.

La pasividad del protagonista o la laxitud del relato se compensa con el regocijo visual gracias a un trabajo fotográfico muy bello que, en sintonía con el arte del film, componen una paleta de azules y ocres que es, también, representación del turbulento mundo interior de Belmonte. La música, una vez más, es un punto fuerte del film. A las piezas de múscia clásica, que tan perspicazmente suelte utilizar Veiroj, se suman otras del cancionero popular uruguayo. A la citada Diane Denoir debe sumársele la participación de Pedro Dalton, de la banda uruguaya Buenos Muchachos (el hermano de Belmonte, Marcelo, está eficazmente interpretado por Marcelo Fernández, otro integrante de la banda) y párrafo aparte merece la incorporación de la agridulce canción “Imaginate, m’hijo”, de Leo Maslíah.

Respecto a las interpretaciones, debe mencionarse el soberbio trabajo de Gonzalo Delgado, reconocido director de arte y coguionista de dos películas de Veiroj, que en este caso se coloca la casaca de actor para componer a un Belmonte con toda la hondura necesaria para hacerlo hablar mediante el gesto más mínimo. La presencia de Delgado ocupa sin problemas la pantalla y le otorga a este personaje todos los matices y la complejidad que requería. Olivia Molinaro Eijo, en la piel de Celeste, compone a una hija tierna y astuta, cuyos momentos de intimidad junto a Belmonte serán entrañables y cargados de gran verdad.

Belmonte está mirando el diseño de catálogo que la imprenta confeccionó para su muestra en el museo. Disgustado, refunfuña “a esos textos que prentenden diagnosticarme, los quiero bien lejos de mi obra”. La desnudez de sus cuadros parece gritarle al mundo algo sobre lo que él exige silencio. Su enojo, quizás, tenga que ver con el hecho de que aquello que lo atraviesa, se detenga en el lienzo. Con esa exploración que muere en el ejercicio artístico. Belmonte camina por la calle cargando uno de sus desnudos. Diane Denoir sigue cantando “Ámame muy fuerte para que vuelva a vibrar. Sólo tú tienes el don de borrar mi vida, esta vida que me aburre”. La posibilidad de amar, de volver a vibrar, le exige su propia desnudez. Así, quizás, pueda borrar esta vida que lo aburre. 

           Calificación: 8/10

Belmonte (Uruguay-México-España/2018). Guión y dirección: Federico Veiroj. Fotografía: Analía Polio y Arauco Hernández Holz. Edición: Manuel Rilla y Fernando Franco. Elenco: Gonzalo Delgado, Olivia Molinaro Eijo y Tomás Wahrmann. Duración: 74 minutos. 

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