Bertuccelli les estaba queriendo decir algo: La reina del miedo, por Julián Mocoroa

Atención: Se revelan detalles importantes del argumento.

A segundos de que la sala se oscurezca por completo, los asistentes rumorean sobre las proezas de la Tana Ferro. Un tarado de esos a los que le gusta llamar la atención recuerda en voz alta uno de los gags más destacados: “Gachi, Pachi y esos dos pelotudos, todos de Sagitario”. Seguramente nadie en esta función desconoce a Un novio para mi mujer, el éxito comercial que encerró a Valeria Bertuccelli en ese gran personaje del cual parece que nadie quiere que escape.

La reina del miedo está dirigida por la Tana Ferro; escrita y dirigida. Aunque arranca con típicas señales de suspenso o guiños de terror, en el rumoreo persistente del público se palpita una comedia. Estamos en un solitario caserón siguiendo los pasos de Tina, una reconocida actriz (todavía no lo sabemos) que, a juzgar por el título de la película, tiene miedo. Tina, a una letra de ser Tana. En el recorrido silencioso (si no se tiene en cuenta el masticar de pochoclo) nos vuela la imaginación: ¿ladrones? ¿Un violador? ¿Un espíritu maldito? ¿Un pelotudo pidiendo que repita el chiste de Sagitario? Algo acecha a ese personaje que busca y despista al espectador de esta función, que aguanta el aliento preparando una carcajada.

Seguimos tras los pasos de Bertuccelli. Tina golpea la puerta de una habitación, llama a alguien. Aparece en escena por primera vez la empleada doméstica. Tina se apoya en su empleada para revisar si realmente hay algo en la oscuridad del caserón. Son dos personajes mostrando miedo: ni vemos ni escuchamos otro elemento que interfiera en esa sensación. Sin embargo, el claro acento guaraní de la empleada doméstica, su forma de hablar, desata las primeras risas del público. El límite entre la intención de la película y la reacción del público es muy finito. La empleada no piso mierda, no hizo ningún chiste, no se apoyó en una puerta recién pintada ni nada parecido. La empleada doméstica habla en su idioma, y para el público es objeto de burla. No es risa, es burla. El público se identifica con la Tana Tina, no con una laburante del vecino país.

Aunque la luz verde a la risa ya se encendió, la película se va sumergiendo muy lentamente en un drama que, para el espectador que supere la pereza intelectual tinellezca (co-productor), está resuelto desde el vamos. Los miedos están en la cabeza del personaje, no en la piel del espectador. Detectado esto de arranque, cuando los agentes de seguridad privada de Tina la miran como a una loca y le revisan el caserón sin encontrar nada extraño, no quedan dudas que estamos frente a un drama. Dramita.

La reina del miedo es lenta, muy lenta, tediosa. Si la intención de la película es que el espectador se frustre, se asfixie, se aburra y se le pinte de gris la cara como al personaje, lo logra. En ese plan la película viaja entre enfermedades, indecisiones, soledad y otros garrones más. La actuación de Bertuccelli es aceptable, por momentos, pero en otros su caracterización le escapa poco a la Tana, y el público insiste en creer que estamos viendo una comedia. Otra vez el límite entre la comedia y el drama, entre la reacción del público y la intención de la película, es muy finito. A veces pareciera que la propia dirección borrase esas líneas. La reina del miedo tiene olorcito a su co-productor, al enlatado quemabochos que fabrica.

Ya descubrimos que Tina es una actriz reconocida. Se la pasa toda la película preparándose para estrenar una obra teatral que a las claras no puede organizar. Está trabada con sus miedos y el tiempo apremia. Tina escribe, dirige y protagoniza la obra teatral. Bertuccelli escribe, dirige y actúa en La reina del miedo. Por culpa de miedos y subtramas, Tina falta a los ensayos, lucha con el decorado y genera el único suspenso de la película: ¿qué carajo va a estrenar? Ahí están la única cuestión que le intriga al espectador, la única cuestión que parece que podría entretenerlo.

Son dramas, la película y la obra de teatro. Tina finalmente sale a escena. Está en pelotas, pero tiene talento, mucho. O está improvisando, o sacando de adentro sus miedos, sus demonios. Se deja caer en el escenario. El teatro se asusta. Parece muerta. Alguno pide un médico. Pero Tina se levanta y da un discurso que impresiona al público del teatro (al de la película no). Le vuela la peluca a esos extras que se revientan en aplausos. El espectador tinellizado de la función no emite juicio, duda: ¿drama o comedia?

Tina llega a camarines. El productor de la obra la felicita y le dice que esa actuación de tirarse al piso fue tremenda. A Tina le explota el cuerpo, siente que puede sacar toda la mierda, empieza a sentirse Tana. Tina le dice al productor que no va a actuar más. El cerdo con plata se ríe ante lo que cree una ocurrencia graciosa de la actriz. El público de La reina del miedo ni sospecha que tiene las mismas expectativas que el cerdito, que es justamente el productor quien los representa. Tina se vuelve Tana. La Tana no puede escapar de su gloria, de su personaje más recordado. Se va del teatro caminando, pasa entre el público que charla en la vereda. Se toma un taxi, llega a su casa y encuentra a un hombre con el que puede seguir su vida. Se prenden las luces del cine y el público de horizontes tinellianos no entiende demasiado ese final pero todavía se ríe recordando cómo hablaba la empleada doméstica paraguaya. El tarado de esos a los que le gusta llamar la atención acota: “tendrían que hacer un programa entero con la paraguaya”.

La reina del miedo (Argentina, 2018). Dirección: Valeria Bertuccelli, Fabiana Tiscornia. Guion: Valeria Bertuccelli. Fotografía: Matías Mesa. Edición: Rosario Suárez. Elenco: Valeria Bertuccelli, Gabriel Goiti, Darío Grandinetti, Diego Velázquez. Duración: 107 minutos.

1 Comentario

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marianorespuesta
26/05/2018 en 02:11

La peli es mala, no pasa nada y coincido que es tediosa. Te vas con la sensación de que tiraste la plata. Yo no esperaba a la Tana Ferro, pero algo digno de recordar sí (al menos).

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