Por Josefina García Pullés.

“La comedia debería hacer feliz a la gente, ¿no es así?”, ironiza Jason Bailey en la nota que escribió para Salon sobre Bienvenido a los 40. Es que sabemos que la respuesta es no (¿no?). La comedia nos hace reír, pero no nos hace felices. Hace rato que Judd Apatow deja esto en claro. Por eso, en las cuatro películas que dirigió hasta ahora, eligió (¿hacernos felices con?) pequeñas “tragedias” de la vida cotidiana: llegar a los 40 siendo virgen, quedar embarazados de alguien que conocimos ayer en un bar, enterarnos de que estamos enfermos y que eso nos encuentre solos, envejecer/cambiar. Con esas pequeñas tragedias Apatow hace comedias que no se encargan de mostrar cómo sus protagonistas afrontan esas situaciones sino cómo esas situaciones encajan en sus vidas cotidianas. Porque para este director la comedia está en la vida diaria. Y eso, que está lejos de ser siempre una fuente de felicidad, es quizás lo más gracioso de vivir.

Funny People fue la comedia más triste de Apatow, la más graciosamente dolorosa. Bienvenido a los 40 es la más estática en el sentido de que es la que más trata sobre una situación permanente y cotidiana. Quizás por eso también es aquella en la que Appatow, aun consiguiendo muchos momentos brillantes –en este caso, indudablemente iluminado por sus dos hijas–, se ve más inseguro, más miedoso. A propósito de este relato y del libro I Do and I Don’t: A History of Marriage in the Movies, Stephanie Zacharek escribió: “Hacer películas que son realmente sobre la condición de estar casado ha sido siempre una propuesta espinosa”, y luego citó a la autora del mencionado libro, Jeanine Basinger, que en su prólogo sostiene: “El matrimonio, después de todo, era lo conocido, no lo desconocido: la aburrida cena, no el alocado baile de máscaras”. Pienso que esa frase contiene la única posible explicación al personaje de Desie (Fox) en Bienvenido a los 40, porque esta película no necesita a Megan Fox y menos necesita a ese personaje o a su historia paralela. Eso (y su extensísima duración, los subrayados verbales, los largos minutos de situaciones muertas) es Apatow colapsando frente a la posibilidad de que su película se vacíe. Eso es Apatow aterrado frente a lo potencialmente aburrido de una velada sin máscaras evidentes. Y justamente de eso trata esta película. No por nada estamos frente a la historia de una familia pero, sobre todo, frente a la historia de Debbie y Pete, que llevan 15 años juntos, que cumplen 40 y que frente a eso observan su vida actual, sus vidas potenciales, su matrimonio, sus trabajos, su economía, su salud, sus cuerpos, sus frustraciones, sus proyectos, y observan a sus hijas y a sus padres. Entonces, precisamente por el miedo tan real de Apatow al vacío es que esta película funciona.



El director se pone a mirar la familia y se encuentra muy lejos de obtener una imagen romántica. Apatow sabe que la familia, y la comedia, no siempre están para hacernos felices sino, simplemente, para hacernos quienes somos. Ve que el grupo familiar, como la vida, pasa del espanto a la risa, del grito al susurro, del insulto al abrazo, de la marihuana a los pañales. Ve que sus integrantes a veces extrañan no serlo, pero también ve que, a veces, simplemente se extrañan. Apatow mira a la familia y ve psicoanálisis, y se ríe de él, de sus interpretaciones y de sus ataduras. Entonces su película (de nuevo) funciona, porque, en medio de todo eso, el director nos entrega a su familia (su mujer y sus dos hijas son parte esencial del elenco) y tiene el talento para que la sinceridad de sus miedos no interfiera con la sinceridad de su intento por hacer un relato, una ficción y una comedia.
En Bienvenido a los 40 la familia es algo que acontece, algo que nos pasa. Acá hay un padre (el de Debbie) que se marcha, y otro (el de Pete) al que le llegan hijos e hijos y se queda todo el tiempo en casa para estar con ellos. Acá hay un padre (el de Debbie) que vuelve a su hija como un desconocido, y otro padre que nos cuenta que a su hijo (Pete) lo salvó una pizza (su madre iba a abortar cuando pararon a comer y pensarlo bien). En las vidas de estos personajes, la familia es un acontecimiento y, como todo acontecimiento, se vincula con el tiempo. Ahí entra el título de esta película, vinculado a la edad, a la crisis y a los cambios. Ahí entra la mutación, porque no hay familia sin tiempo y no hay tiempo sin cambios. Acá, y en todos lados, la edad es el tiempo que va mutando en nosotros mientras todo acontece. Porque, como dice Grandma Molly (Molly Shad, la abuela de Apatow, quien también actúa aquí), “uno pestañea y ya tiene 90 años”. Entonces la familia es algo que nos pasa mientras vamos cambiando, envejeciendo, pasando el tiempo. Por eso en esta película asustan los cambios propios y ajenos, porque influyen en el resto de los integrantes de esa familia. De hecho, hay muchos reclamos vinculados a transformaciones: el relato abre con una discusión sobre un cambio (el pene de Pete, el viagra y el efecto sobre su mujer); la hija más chica le reclama a su hermana atención y la acusa de estar loca desde que su cuerpo cambió; la hija mayor, obsesionada con Lost y la tecnología, les grita a sus padres que no piensa aceptar las nuevas reglas de la casa… Más allá de los clichés, hay algo de las mutaciones que altera el ecosistema familiar y hace que todos deban readaptarse, que la familia acontezca nuevamente, cada día. Claro que, entre todo eso, está la pareja intentando sobrevivir. Y está Debbie, tan asustada con las transformaciones (principalmente con su cumpleaños n° 40) que decide cambiar desde la dieta familiar hasta las normas de convivencia (incluso le lee a Pete una lista de “cosas que hay que hacer”). Debbie huele cambios, se asusta y reacciona modificando lo que la rodea, casi como diciendo: “Mejor cambiemos todo así se nota menos que todo está cambiando”.



Frente a toda esa adaptación y readaptación están la edad, la crisis de pareja, los problemas económicos, los suegros, la actividad física, los festejos de cumpleaños, las peleas, los viajes, los amigos, el colegio de los hijos, los amigos de los hijos, los médicos, los médicos de los hijos, los empleados, los jefes, las niñeras, los proyectos truncos o no… Esta es la historia de gente que vive y, mientras tanto, tiene una familia. Por eso, en aquella gran puteada frente a la directora de la escuela, Catherine (Melissa McCarthy) habla de patear a Pete y a Debbie, de cortarlos al medio y tomarse su sangre. Ahí está esa gran mujer intentando que ellos dejen de creerse esa congelada familia de publicidad (tan apetitosa desde afuera, con su gigantesca casa, sus dos autos y sus admirables físicos) y que, en lugar de modelarla, despierten y vivan su familia como algo cotidiano.Porque tanto el matrimoniocomo la familia, la crisis de pareja, los problemas económicos, los suegros, la actividad física, los festejos de cumpleaños, las peleas, los viajes, los amigos, el colegio de los hijos, los amigos de los hijos, los médicos, los médicos de los hijos, los empleados, los jefes, las niñeras, los proyectos truncos o no… se abordan desde las hemorroides hasta la terapia, desde el culo hasta la cabeza, con todo el cuerpo. Y ante eso no tenemos mucha más defensa que la comedia.