welcome_to_new_york_ver2«Depardieu conoce a (Vladimir) Putin, a Fidel Castro y luego sale con pibes del barrio. Es un tipo muy especial. Tiene un problema de impuestos, rompe su pasaporte y se lo tira a la cara al puto presidente de Francia. ¿Quién más hace eso?»

Abel Ferrara

En Bienvenido a Nueva York, la última película de Abel Ferrara, política y polémica como pocas entre las contemporáneas (Redacted, de Brian De Palma, y pará de contar, también cercenada a la hora de la distribución en mercado y festivales) Gérard Depardieu es Dominique Strauss-Khan, ex director del FMI y muy potencial candidato a presidente socialista francés acusado de abusar sexualmente de una empleada de limpieza del hotel en que se había hospedado. Según se sabe el festival de Cannes rechazó la película, pese a lo cual el director y los productores alquilaron un par de salas en la ciudad y la proyectaron durante la penúltima edición del festival. Parece que Strauss-Khan y su mujer han iniciado acciones legales contra ellos. Lo primero que vemos en la película es una placa en la que se nos aclara, sin dar nombres, que está basada en un caso que no puede ser otro que ése por todos conocido, pero entre esa placa y los títulos hay una escena cuya puesta no difiere de las que vendrán, sólo que Gérard Depardieu hace en ellas de sí mismo respondiendo a tres periodistas sobre las causas por las que aceptó el papel. Allí dice que “no cree en los políticos, que es un individualista, un anarquista”, entre otras cosas que nos hacen pensar en la vida del actor antes que en la de ese funcionario todavía no presentado siquiera como personaje.

Con este sencillo mecanismo Ferrara le confiere a cada escena en la que aparece Depardieu, que son prácticamente todas, un valor agregado tanto para quien reconozca el peso específico cinematográfico del actor como para quien no pueda dejar de pensar en esa obliteración entre actor y personaje, que se llenará de más resonancias todavía para todos aquellos a quienes la figura de Dominique Strauss-Khan, social demócrata presidenciable antes del escándalo, les resulte familiar. Para quienes no, allí está la presencia cruda de Gérard Depardieu, a quien esta película muestra desnudo durante buena parte de su duración y jamás configura en relación a las tareas que uno supone específicas del trabajo de su personaje, como no sean otras que la de hacer lobby. Actor y personaje funcionan como encarnaciones del animal humano, macho patético pero también descomunal, cazador y casado (con Jacqueline Bisset, cuyo personaje es dueño de la billetera matrimonial y artífice de la carrera política que su marido frustra), en el que coinciden el fin de un ciclo vital y el apocalipsis –la cima y la sima- de una cultura, teatro de operaciones que ya lo había tenido como protagonista en Adiós macho y La última mujer de Marco Ferreri. Ese valor agregado al que nos referimos es el de la virtualidad del cuerpo que vemos, que tanto es Depardieu haciendo de Strauss-Khan como de sí mismo (sírvase comparar la escena de la entrevista con esta entrevista que Dolores Barreiro intenta hacerle al actor).

3tXDLzLa película de Ferrara no se ocupa del funcionamiento del capital financiero, como sí lo hace El lobo de Wall Street, por citar una reciente de otro ítalo-estadounidense, sino de la compulsión sexual de uno de sus engranajes así como de la alienación estructural irreversible del sistema. Como su protagonista, la película no racionaliza esa locura socialmente integrada, no explica el funcionamiento social que la cobija y del que sólo describe sus espacios burocráticos, pero esa misma concentración es su fuerte porque (ex)pone en acto su funcionamiento, como en la tremenda primera media hora en la que la serie de encuentros sexuales pagos en suites de lujo oscila entre la náusea y el goce gracias a la estilización sombría y helada, sofisticada y grasa, como si fuera un capítulo de División Miami dirigido por Fassbinder (la corrección de Michael Mann, pálida sombra de la rigurosa abstracción melvilleana, revela su pasmosa esterilidad al lado de este compañero de generación que ha edificado una obra autoral compleja y variada a partir de superficies audiovisuales afines pero que acaso sea el único autor cuya opera prima es una película pornográfica), y el contundente recurso de acentuar la desmesura oral de Depardieu, que besa, chupa, lame y resopla , además de babearse por cuanta mujer se le cruza en el camino. Las que no son putas circulan vestidas con el rigor sádico y racional de esos uniformes que piden a gritos, como todo orden institucional, una bestia que los despedaze (puede que el traje –sastre- sea al corporativismo liberal lo que la camisa negra al fascismo).  Cuando el personaje reflexione solo en la noche última de la película, el nivel del discurso no será sutil sino obvio y decadente, pero aunque en esa pobreza haya mucho del narcisismo explícito y martirológico de Ferrara, no desentona con la trivialidad de ese representante de una especie moribunda, reencarnación del vampiro que era Christopher Walken en El rey de Nueva York, ni con la desesperación ontológica de unos personajes que siempre han usado a las palabras como una prolongación visceral del cuerpo.

Resulta curioso que Dominique Strauss-Khan y su esposa, Anne Sinclair, hayan amenazado con demandar a los realizadores, teniendo en cuenta que el personaje de Ferrara es hasta cierto punto un desesperado más, el adicto habitual de su cine, en todo caso un representante no trascendente del mal y, si seguimos el derrotero de otros protagonistas de sus películas, no necesariamente irredento, pero la moral maldita de Ferrara difícilmente sea aceptable para burgueses tan prominentes y en cierta medida tan elementales como parece ser la señora Sinclair, que descalificó a la película por “grotesca”, argumento estético reaccionario par excellence, además de “anitsemita”. Acaso no podía ser de otro modo tratándose de una película que menciona al pasar la causa de Roman Polanski, nudo gordiano cinéfilo-jurídico, vale decir político, del lugar que suele ocupar el “judío” como chivo expiatorio universal, con delegaciones circunstanciales en el “comunista”, el “subversivo”, el “degenerado”, puntos ciegos de apoyo de la lógica social fundamentalmente antagónica.

welcome-to-new-york-sex-luegen-und-video-41-52850267 (1)Ferrara no exculpa al victimario pero casi no se ocupa de la víctima porque no le interesa dramáticamente, no debido a su condición de mujer sino a la de empleada, vale decir de siervo o esclavo moderno, base de la pirámide social cuya organización jerárquica la destina a ese fin. Que sea negra ya no hace la diferencia no sólo por la incorporación de la negritud al statu quo representativo estadounidense sino porque el color de piel no introduce distinción alguna en la pulsión sexual del protagonista. Sí le interesa como mujer, ya sea tratada como mera cosa o como la cosa en sí que acosa a todos los protagonistas masculinos de su cine, avatar del oro y del dinero que dos planos cerrados del comienzo recortan de todo contexto para darles estatuto de abstracciones móviles e inasibles, Quedan para el recuerdo, además de los gemidos agónicos de Gérard Depardieu atorado en la entrepierna de una mujer cualquiera, la mirada que le devuelve y sostiene al negro que lo empuja para marcar su territorio ni bien lo meten en la celda, muestra del arte de sostener el plano el tiempo suficiente, y la majestuosa elegancia de Jacqueline Bisset calzando unos tacos cuyo filo no mellaron los años. Para el olvido, o más bien para la reconsideración atenta y la discusión hermenéutica, otra mirada, que en primera instancia me parece más pariente  de la aleccionadora y final de 4 meses, 3 semanas, 2 días así como del “No” ampuloso y reaccionario de la argentina El estudiante, que de la ambigua, lírica y seminal de Los 400 golpes, aunque para develar su sentido quizás haya que aislarla del demasiado significativo lugar en el que Ferrara la ubica, y pensar su relación con el empalme de los planos frontales de Domicilio conyugal que el protagonista mira riéndose una noche.

Bienvenido a Nueva York (EE.UU., 2014), de Abel Ferrara, c/ Gérard Depardieu, Jacqueline Bisset, Drena De Niro, Paul Calderon, 125’.