Brooklyn_1Sheet_Mech_7R1.inddA primera vista, Brooklyn parece una película bastante predecible. Llevada a cabo con cierto virtuosismo, pero con un argumento algo gastado. Al menos, esa es la primera impresión que uno se lleva al leer la sinopsis, y luego incluso cuando comienza a ver la película. El primer tercio transcurre sin sobresaltos. No diría que aburre, pero sí que todo transcurre exactamente como esperamos que transcurra cualquier melodrama de época. Sin embargo, si somos capaces de ir cediendo terreno, si dejamos que la historia vaya sedimentando en nuestro interior, en algún momento la película demuestra su fuerza e impacto y lo que parecía tan obvio merece ser pensado dos veces.

Una sinopsis desganada diría que es una película que habla sobre la inmigración y sobre la melancolía de tierras lejanas, que revela la promesa del sueño americano de una manera ingenua y edulcorada. Sin embargo, hay que colocar la película en contexto y, más importante aún, hay que entender que eso es un escenario. No importa tanto si se trata de la migración irlandesa hacia E.E.U.U o hacia cualquier otra latitud, en realidad se trata de la búsqueda de mejores oportunidades de vida. Si nos quedamos en la precisión histórica, la película chapotea en aguas poco profundas, pero la verdad es que no importa la precisión histórica. Lo que importa es otra cosa: la historia de vida de Eilis Lacey (Saoirse Ronan), perfectamente capaz de volverse universal en tanto refiere a la historia de vida de una chica católica tratando de abrirse camino en el mundo.  Está bien, no todos somos chicas católicas tratando de abrirnos un lugar en el mundo, pero sí estamos todos en este mundo, tratando de abrirnos paso.

thumbnail_22563Pienso que, para poder apreciar los pliegues conceptuales de la película, es necesario despojarse de unos cuantos prejuicios. Eilis Lacey fue criada y educada en el catolicismo. Podemos no compartir la fe cristiana, pero podemos respetar esa fe. Ella es hermosa pero es tímida e introvertida y no, no tendrá ningún vuelco en su personalidad. Seguirá siendo tímida e introvertida, pero jamás complaciente porque, sobre todo, es una chica inteligente y astuta a su manera. Entonces, es necesario entender que su historia puede parecer lejana, que los años 50 representan un momento histórico difícilmente trasladable al presente, que su sensibilidad no tiene nada que ver con la sensibilidad actual. Sin embargo, no es así.  El mundo ha cambiado bastante desde entonces pero hay cuestiones esenciales que se mantienen intactas. Una de las de ellas tiene que ver con una pregunta ética, que no es casual: ¿Cómo ser buenos? El guion de esta película es de Nick Hornby quien, precisamente, tituló así a uno de sus libros. Es que, básicamente, “¿cómo ser buenos?” es una pregunta que parece atravesar a todos los personajes y es en esa pregunta que se esconde una clave de lectura.

Eilis Lacey trabaja en un almacén junto a Mrs. Kelly (Brid Brennan), una vieja huraña y malhumorada, típica arpía. El trabajo, desde luego, es insustancial y aburrido. Vive con su amorosa madre (Jane Brennan) y su hermana Rose (Fiona Glascott), quien la estima y la cuida. Un día surge una posibilidad laboral para Eilis, pero tendrá que viajar a E.E.U.U. Así lo hace y allí comienza una nueva vida.  Se instala en Brooklyn, donde un día conoce a  Tony Fiorello (Emory Cohen), inmigrante italiano. Comienzan a verse, a salir juntos y se enamoran. Debido a un imprevisto, Eilis tiene que regresar a Irlanda. Todo ha cambiado rápidamente desde que se fue. Abandonó Irlanda  porque el futuro parecía desalentador, sin embargo ahora todo luce prometedor. Incluso conoce a un chico (Jim Farrell, el siempre convincente Domhnall Gleeson), que resulta simpático y buena persona, que intenta convencerla de que pueden tener un futuro juntos.

566eec3b9ad76.imageEntonces, es aquí cuando la película me parece realmente interesante. En el debate que tiene Eilis respecto al destino, respecto a la suerte. En las decisiones que toma y que deja de tomar. Aquí es donde la película se vuelve universal y donde demuestra su fuerza e impacto. Difícil no conectar el personaje de Jim Farrell con el personaje de Tim de esa obra maestra que es About Time, película con la que Brooklyn comparte cierto espíritu. Ambas son películas que hablan sobre el destino, sobre las decisiones y sobre la repercusión de nuestras decisiones en el curso de los acontecimientos.

Hay algo más: Brooklyn tiene un final sin moraleja y ese es su golpe maestro. Podemos darle miles de vueltas a la película luego de verla. Podemos pensar en qué hubiésemos hecho nosotros si hubiésemos estado en el lugar de un personaje u otro. La película, si hemos llegado hasta acá, nos habla de manera directa, nos interpela. Nadie puede permanecer ajeno a esas preguntas fundamentales, a si hemos sido buenas personas o si hemos tomado las decisiones correctas en la vida.

Brooklyn (Canadá/Gran Bretaña/Irlanda, 2015), de John Crowley, Saoirse Ronan, Emory Cohen, Domhnall Gleeson, Jim Broadbent, 111′.