En las primeras imágenes de Buscando a Myu vemos a la pequeña Oli en el asiento trasero de un auto, filmada con una cámara casera, en lo que parece ser una pelea por el espacio con su hermano menor. Cuando el padre le pregunta por qué no quiere que Reni se siente al lado suyo, la respuesta de Oli es que en ese lugar está sentada Marita. El padre –y el espectador- ve el espacio vacío que para la niña está ocupado por su “amiga imaginaria”. Más que introducir a una película alrededor de los amigos imaginarios de la infancia –que también lo es-, lo que revela ese momento inicial es que lo que encara la película es una empresa condenada de antemano al fracaso.

Si el cine es el registro de imágenes y sonidos de un momento determinado, ¿cómo hacer para filmar lo inasible, lo que no se puede ver ni escuchar? Una alternativa podría haber sido tratar de encontrarle una explicación (psico)lógica a la construcción imaginaria que llevan adelante los niños. Algo de eso hay. Pero con una conciencia de que esa lógica no puede explicarlo todo, se recurre a lo esotérico –es particularmente notable el equilibrio que logra entablar con la mujer especialista en duendes-, a la explicación científica que parece más cercana a lo biológico –que a los siete años se experimenta una muerte súbita de las neuronas existentes hasta ese momento para generar nuevas, en un pasaje que lleva de la idea mágica de que “todo es posible” a la elaboración del pensamiento lógico-. Pero ese camino no lleva a poder registrar lo imaginario, y las conclusiones parecen ir en sentido contrario: los niños son capaces de ver muchas cosas a la vez; hay que creerles a los niños lo que cuentan. Ni una cosa ni la otra pueden aparecer en la pantalla.

Lo que explora Tokman entonces, más que esa lógica, es la construcción de un fuera de campo absoluto en el que está contenido el objeto de su documental. Ese es el punto crucial: lo que vemos y lo que escuchamos deja de ser importante en sí mismo, para constituirse en referente de lo que no podemos ver o escuchar. Allí es donde un documental que parece común y corriente asume una radicalidad absolutamente impensada en tanto su objeto está fuera de su alcance. Pero en lugar de detenerse y asumir que no puede ir más allá de la premisa que lo funda, decide continuar contradiciendo los preceptos fundamentales del cine como hecho.

A diferencia de otros documentales en los que el planteo inicial se trunca por un hecho ajeno –pienso en Beatriz Portinarí cuando Aurora Venturini decide que no quiere seguir siendo filmada, o en Un tigre arriba de la mesa con la muerte del protagonista-, la evidencia que deja Buscando a Myu es la deliberada decisión de apostar por el registro de lo que no se puede registrar.

Aún más, cuando el documental intenta el relato indirecto de lo no visible, por parte de los niños, se encuentra con un límite adicional que consiste en lo que no se puede definir. Oli dice que Marita la sigue, pero cuando le preguntan si cuando juega la ve, no dice nada. Cuando se le pregunta a los padres de Nico, se limitan a decir que no ven a su amigo Eusebio pero sienten su presencia. El escritor que dice que el demonio Melsum le dicta las historias que él escribe, no lo define, y su familia dice también percibir su presencia pero no haberlo visto. Lo más parecido a la definición de un amigo imaginario es la de uno de los niños que dice que su amigo Nadie es una papa grande que lleva juguetes para regalar. El problema adicional es que Garrick, el mago que va enhebrando el relato, puede recordar la existencia de un amigo imaginario en su infancia, llamado Myu, pero al que no puede ver ni recordar en la actualidad, llevando al extremo la imposibilidad de la representación.

Que Garrick sea mago no es casualidad. Hay algo en su actitud respecto de Oli y los amigos imaginarios que se parece a lo que él define como la actitud de los niños ante el truco de magia. Hasta una cierta edad la posibilidad de lo imaginario es natural y no se vive como algo mágico. Pero traspasada esa barrera en la que los recuerdos previos se van borrando de manera irreversible, lo que interesa no es la magia, sino descubrir el truco. Garrick quiere descubrir el truco de los niños, dónde están los hilos que construyen a esos seres que no puede ver. Pero, parafraseando a un dicho antiguo de magia, la imaginación es más rápida –y más vasta y rica- que la vista.

Si el planteo inicial hacia afuera de la película está condenado a fracasar por su pretensión de filmar lo imposible, hacia adentro Garrick sigue un proceso similar en el que cada intento es un acto de resistencia inútil ante lo inevitable. Quiere ver lo que no es visible y todo su recorrido está aplicado a ese resultado final de una previsibilidad apabullante. Incluso cuando advierte que no va a poder recuperar sus recuerdos muertos –no hay formulación más abismal y terrible que esas dos palabras- a través de la filmación de su hija, se deja llevar a la experimentación con un chamán en el norte. La radicalidad de la idea se transforma en ese momento en una sensación de pérdida tan irreparable como la que implica el abandono del territorio de la infancia y el ingreso en la adultez, tiñendo de una tristeza inesperada a todo el relato.

Buscando a Myu (Argentina, 2018). Dirección: Baltazar Tokman. Guion: Baltazar Tokman. Fotografía: Connie Martin. Edición: Baltazar Tokman.  Elenco: Emanuel Zaldúa, Olivia Tokman. Duración: 70 minutos.