Campusano, el bárbaro, por Gisela Manusovich

Hoy vi El azote (2018), de Campusano. Excelente título para definir su cine.

Suelo encontrarme de dos maneras en las películas: por identificación o por contraidentificación.

La segunda opción define mi lugar en su cine, y este encuentro se da de forma brutal.

Hace un tiempo que vengo escuchando sobre el cine de José Celestino Campusano, un cineasta de los márgenes, el hacedor de las historias del sur del conurbano, desde el mismo lugar de los hechos. También escuché sobre sus consagraciones en los Festivales y su retrospectiva en Ámsterdam.

Pero lo que me terminó por acercar a su cine fue enterarme que Osvaldo, un tipo que trabaja en el campo con mi viejo, actuó en una de sus películas y parece que va a hacer otra. Osvaldo estudia teatro en un pueblo del gran Buenos Aires. Se enteró del Cluster Audiovisual de la Provincia de Buenos Aires fundado por Campusano -un grupo de producción comunitaria que trabaja de forma horizontal y solidaria-, hizo un casting y quedó.

Para ver a Osvaldo decidí entrar en el universo Campusano. Empecé por Vil romance (2008), una de las primeras, seguí con otras y, hoy, vi El azote, su última película. Cuando terminé de ver Vil romance quedé golpeada, avergonzada al descubrirme absolutamente ajena de aquel universo fangoso del conurbano que al mismo tiempo se me aparecía brutalmente genuino. Algo me expulsaba al tiempo que me atraía inescrupulosamente de aquellos personajes, de esos entornos tan otros y tan míos al mismo tiempo. Entonces entendí que era eso lo que me inquietaba tanto: precisamente el carácter doble de todo aquello, respecto de mí.

Durante muchísimos años viajé diariamente al oeste del conurbano en el tren Sarmiento. Conozco el micromundo “estación de tren del conurbano”, o creía conocerlo hasta que Vil romance me soltó en la cara otras estaciones de tren dentro de esas mismas estaciones de tren que yo conozco. Como el andén nueve y tres cuartos de Harry Potter pero ruinoso y sin magia.

La historia de El azote sucede en los suburbios de Bariloche. Empieza allí donde la postal termina, en el fuera de campo del centro turístico más importante de la Patagonia.

Quizás sea esto lo que me conmueva del cine de Campusano: el fuera de campo se impone como centro, lo periférico toma su lugar central a los empujones, sin pedir permiso.

Tengo la sensación de que se trata de un cine que habla sobre lo mismo que le sucede a su espectador ideal -aquel para quién está realmente dirigida la película, sin importar si luego esta figura se convertirá en el espectador real- y lo hace sin velos, al menos sin los velos a los que nos tiene acostumbrados el cine burgués cuando se mete con temas periféricos. Campusano no maquilla a estrellas de la escena local para que queden rústicos. Campusano hace sus películas con actores que viven dentro de esas realidades y las hace para ellos mismos. Lo que yo siento es que este procedimiento me deja afuera, y si no me gusta, me jodo.

Antes de filmar, a comienzos de los ’80, José Celestino cursó talleres de guion y realización en la Escuela de Cine de Avellaneda mientras trabajaba de vidriero, aunque él no pensara en otra cosa que filmar. Como si hubiese reventado de un puñetazo el vidrio que lo separaba de su entorno para pasar definitivamente del otro lado, José se puso a contar esas historias de motoqueros, narcos, putas y cantantes de heavy metal. Hoy, con 54 años, lleva 8 largometrajes con su productora Cinebruto, estrenando en cines comerciales estas crónicas sin vidrios en las ventanas, desprolijas, toscas, directas y con chiflete.

No puedo evitar encontrar a Pasolini en estas películas, en el gesto cinematográfico de Campusano.

En su mirada entrañable sobre sus personajes, acompañándolos en sus deseos y en sus impotencias, sumergidos en el barro del margen, de los bordes olvidados, pero habitados con la intensidad de una carcajada, un vaso de vino amigable, un buen revolcón o los silencios qué dicen todo.

Los personajes de Campusano están como recortados del fondo y vueltos a pegar allí. Son parte de ese entorno, pero tienen cierto relieve, espesor y, como en el cine también bruto de Pasolini, es este relieve el que los hace extraños, el que les da épica, el que los esculpe en una belleza bárbara.

Pasolini, en su cine, les daba una dimensión sagrada a sus personajes del llano, a sus prácticas, a sus oficios, a sus deseos y sexualidades. Había un acto político decididamente virulento en esto.

Luego, la despiadada asimilación de su cine por parte de la alta cultura violentó aún más al director italiano hasta pagar con su vida el precio de su alarido ensordecedor.

No quiero decir con esto que la celebración que los Festivales del mundo hacen del cine de Campusano se trate de una operación parecida. Lo que sí me suena evocador es un mismo grito sucio, que espero nunca se calle ni se enjuague del todo, que siga azotando fuerte y pegue contra tantas ventanas de vidrio esmerilado.

4 Comentarios

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Osvaldo arevalorespuesta
18/07/2018 en 12:44

Excelente comentario y descripción del cine de José!!!!!brillante Gisela!!

Héctor Giavinorespuesta
18/07/2018 en 12:44

Muy buena crítica.

Bruna de Leónrespuesta
19/07/2018 en 19:40

Excelente nota, refleja muy mucho mi sentir respecto al cine de Campusano. Felicitaciones y gracias!!

Cinechotorespuesta
25/09/2018 en 09:46

Yo acabo de ver «El silencio a gritos», la que filmó recientemente en Bolivia.
Es su peor película.
Campusano nunca fue un cineasta talentoso, solo un invento de la crítica snob que miraba sus films como quien va de safari.
Pero con «El silencio…» se nota que el tipo está claramente en decadencia.

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