Sorry We Missed You podría ser el mensaje grabado en el reverso de una postal británica. Un mensaje que describe con un realismo y una lucidez extraordinarios las miserias sociales detrás de la fachada de la sociedad inglesa. Es la historia cotidiana de una familia acorralada, de las penurias de la clase trabajadora luchando en medio de la precariedad para ganarse la vida, intentando sobrevivir una década después de la crisis financiera de 2008, cuando el Estado intervino para mantener a flote el sistema bancario de la mano –invisible- de los ideólogos del mercado. Es la consumación del modelo thatcheriano, del proyecto neoliberal que vino a penetrar en el espíritu del ser humano y a fragmentar la subjetividad destruyendo los lazos sociales. «La sociedad no existe», dijo Margaret Thatcher. «Hay hombres y mujeres individuales, y hay familias. Y ningún gobierno puede hacer nada si no es a través de la gente, y la gente debe cuidar ante todo de sus propios intereses.”

La última película de Loach, con un notable guion de Paul Laverty, es cruda, difícil de ver sin sentir la asfixia que envuelve a los protagonistas; cada individuo es consciente de su situación pero no puede gobernarla ni modificarla. Una familia acechada constantemente por el miedo y la incertidumbre de un mañana en el que el caos y la aceleración alteran la percepción y el entendimiento. Un mundo que se vuelve cada vez más rápido y complejo, en el que, en un breve período de tiempo, todo se ha visto trastocado: el trabajo, las emociones, la percepción, los afectos, la vida de esos hijos que ven como sus padres trabajan todo el día para literalmente no morir de hambre. Un mundo en el que se debe trabajar catorce horas diarias en condiciones de seudoesclavitud. Un mundo darwiniano de supervivencia del más apto, marcado a fuego por las leyes implacables de la competitividad y la productividad, y que solo sirve para reforzar los barrotes del agotamiento y la autoexplotación. Loach filma como nadie a la clase obrera británica pero su pintura es universal porque el modo de explotación capitalista es un virus expandido a escala global. Las paredes descascaradas o los padecimientos subjetivos de los adolescentes acechados por el fantasma de la pauperización de la vida podrían ser los propios de cualquier barrio latinoamericano.

En el inicio de la película, Ricky Turner (Kris Hitchen) está intentando empezar de nuevo trabajando como repartidor autónomo, mientras que su esposa, Abbie Turner (Debbie Honeywood en un gran papel), trabaja como cuidadora de enfermos y ancianos, en un trabajo mal pago y de auge en sociedades envejecidas. Ricky encarna a la víctima del terror patronal del nuevo modelo social; la transformación de una clase obrera degradada en una especie de empresario de sí mismo. Un día el empleador, personificación de la ideología actual, le dice al protagonista: “No trabajas para nosotros, trabajas con nosotros”. Diálogo que describe hasta qué punto la perversión del lenguaje se convierte en instrumento para legitimar un modelo económico, social y laboral perverso que promete supuestas oportunidades infinitas de éxito, exaltando el culto del individuo como guerrero económico. Las empresas ya no asumen riegos, sino que es el trabajador el que pone en riesgo su capital, como es el caso de Ricky, que debe vender el auto de su esposa para poder comprar la camioneta en la cual realizara el reparto.

Otra de las grandes escenas de la película encuentra al matrimonio teniendo una conversación en la intimidad de su dormitorio. Abbie relata un sueño recurrente en el que se ve hundiéndose y sus hijos intentan sacarla del pozo. La devastación, el agotamiento y la angustia laboral y económica que genera el capitalismo en la vida cotidiana colonizan incluso la vida onírica.

Abbie piensa a los cuidados, que hasta hace unas décadas no eran considerados una actividad laboral sino un fundamento en la reproducción de la vida, por fuera de la esfera mercantil. Sin embargo, el reconocimiento de su valor consiste en mercantilizarlos. Abbie es víctima del modelo británico de la tercerización de esos cuidados, sin horarios fijos y a disposición de la empresa en todo momento. La idea de que la sociedad debe ser administrada como una empresa se replica aquí en la salud. Sin embargo, la dedicación que la protagonista pone en su trabajo refleja el valor emocional de los cuidados. Cuidar para Abbie es establecer relaciones afectivas con las personas. «Yo cuido a las personas como si fueran mi madre» dice en uno de los grandes momentos de la película. Ella, a diferencia de su esposo, está más cerca de la lucha por la vida que del mercado. Representa la conexión con las generaciones anteriores. Con los mayores que tienen mucho para contar. A través de ella se da la revalorización de los mayores abandonados, magullados por la experiencia de las luchas pasadas y de una cultura obrera de reivindicaciones. De una estructura de solidaridad de clases (otro de los tópicos del cine de Loach) que ha desaparecido y sobre la cual se levanta la incertidumbre de la precariedad laboral, la imposibilidad de realizar un proyecto de vida estable y duradero.

Por otro lado, Abbie es también la encargada de mantener la paz y la armonía de la casa entre su esposo y sus hijos; Seb (Rhys Stone), un adolescente sumergido en su celular y Liza (Katie Proctor), una niña que observa con impotencia como los lazos de afecto entran en crisis. Los jóvenes, al igual que sus padres, son conscientes de la miseria que experimentan, de la explotación que sufren aquellos y de la soledad que padecen. La aceleración de la vida social que exige el sistema económico para continuar su marcha incansable solo generan desencuentros, soledad y sufrimientos. Todo el tiempo Abbie organiza la casa desde su teléfono en la calle.

Seb Turner es un adolescente desorientado, como los demás estudiantes británicos que parecen resignados a su destino. Consciente de que las cosas andan mal, pero más aún consciente de que no puede hacer nada al respecto. Enfrentado a un padre explotado y precarizado, debe cargar con las exigencias de un mundo cada vez más deshumanizado que le inocula la competencia y valores “meritocraticos” de rendimiento escolar como promesa de éxito en la vida. Un adolescente que se rebela a su manera, pero que en el fondo no es capaz ni está dispuesto a ello porque la precariedad, la angustia y la competencia consustanciales a la actual organización del trabajo no le permiten el camino hacia la verdadera autonomía y le impiden tender redes de solidaridad efectivas. Liza Jane Turner  es una niña en edad escolar que bien puede personificar los afectos, la inocencia que, en un momento de la película, rompe con el tono melancólico y nos permite respirar libremente. Protagoniza un momento radiante junto a su padre, con quién en medio de una jornada de trabajo comparten el almuerzo en un paisaje lleno de vida, donde la luminosidad y el aire disipan la atmosfera asfixiante, regalándonos un instante conmovedor.

Lo interesante de Sorry We Missed You es que Loach describe dos mundos que se rigen por criterios opuestos y allí surge el conflicto a la hora de entender la vida y los lazos sociales. El capataz que contrata a Ricky es un animal maltratador que niega la relación de trabajo encubierta que se entabla entre ambos. Funciona como la representación física del sistema deshumanizado que describía Marx en el siglo XIX. El jefe que humilla y denigra a sus empleados está orgulloso porque cree que solo así una sociedad puede crecer. Al final, cuando Ricky es golpeado ferozmente por una pandilla que le roba las mercaderías que debe repartir, la reacción de su jefe es cobrarle las mercaderías robadas.  La escena es de una alienación absoluta. El otro espacio descripto en la película es el familiar, en crisis producto de la lógica del sistema pero dominado por el amor y el cuidado del otro. Ese amor es filmado con un ojo clínico como cuando la hija tapa con una manta a los padres que se quedaron dormidos frente a la tele, o cuando el hijo se preocupa por la salud de su padre y el padre por los comportamientos de su hijo.

El final pareciera representar el slogan thatcheriano “no hay alternativa”. La transformación de todo valor personal y social en valor de cambio. Un mundo donde la precarización del empleo se encargó de desintegrar la proximidad física no sólo entre los trabajadores sino también entre la familia.  El mundo que describe Loach es un mundo en el que se vive y se compite en condiciones de soledad. Un sistema perverso que se nutre consumiendo la vitalidad humana y social. Un espacio social capturado por las corporaciones. Pese a ello, vemos a Ricky con un ojo cerrado y todo magullado que sigue intentando llevar el pan a su hogar. Solo muerto dejará de cuidar a su rebaño. Solo cuidándonos los unos a los otros podremos derrotar al sistema.

Calificación: 9/10

Sorry We Missed You (Gran Bretaña, 2019) Dirección: Ken Loach. Guion: Paul Laverty. Fotografía: Kyung Pio Hong. Música Jaeil Jung. Elenco: Kris Hitchen, Debbie Honeywood, Rhys Stone, Katie Proctor, Ross Brewster. Duración 100 minutos.