Nacido en una familia rica y de origen judío de Viena en 1881, Stefan Zweig se convirtió en una figura clave de las letras centroeuropeas de comienzos del siglo XX. Poeta, biógrafo, traductor, ensayista y, más tarde, escritor de narrativa en prosa, fue uno de los autores más importantes y populares entre los años 20 y 30. En 1934 emigró a Londres debido al ascenso del nazismo, luego a Nueva York y finalmente a Brasil donde junto a su esposa se suicidaron en 1942. Su estilo siempre fue directo, elegante pero no afectado, concentrado en los mundos interiores de los personajes a los que daba las vidas más intensas y desgarradoras. Salvo las biografías (entre las que destacan la de María Estuardo y María Antonieta) y alguna esporádica novela (como La piedad peligrosa, de 1939), Zweig concentró su labor en el formato de nouvelle, que publicaba con bastante regularidad hasta su exilio. Notablemente influido por la aparición del psicoanálisis y la figura de Freud (a quien le escribió en agradecimiento al impacto que sus teorías tuvieron en su obra), los personajes de Zweig a menudo estaban sumergidos en febriles obsesiones y eran prisioneros de ideas fijas. Algo de ello le ocurría al protagonista de Confusión de sentimientos (1927), seducido por el hermético y fascinante mundo intelectual de su maestro, al hijo de Ardiente secreto (1911), al ajedrecista de Novela de ajedrez (1942), al médico de Amok, el loco de Malasia (1922), y a Mistress C. de Veinticuatro horas en la vida de una mujer (1927).

Carta de una desconocida es la historia de una mujer que se enamora de un hombre incluso antes de conocerlo. Zweig inicia el relato al presentar a un escritor (cuyo nombre desconocemos) que recibe una extensa carta en la que una mujer desconocida le relata la intensa pasión que sintió por él. Allí Zweig utiliza la primera persona en formato epistolar para desplegar un universo de ensueño y pasión, teñido del lirismo y el constante anuncio de la muerte (la de ella y la de su hijo) ya desde las primeras líneas. Signado por esa fatalidad, el texto recorre los años de vida de una joven (desde sus 13 hasta sus 28), con una mezcla de devoción y secreto deseo de venganza. La idea de llevar el relato al cine surgió de la actriz Joan Fontaine y su esposo de entonces, el productor William Dozier. Ellos habían fundado una pequeña productora (Rampart Productions) y encargaron al guionista Howard Koch (La carta, Casablanca) el meticuloso ejercicio de la trasposición. Lo curioso es que el director elegido fue también un exiliado, en este caso alemán, que hacía cuatro años que esperaba en Hollywood la oportunidad de dirigir una película. Max Ophüls había sido director de teatro y ópera en Viena y Berlín, había dirigido Querida oficina (1932) y Amoríos (1933) en Alemania, y luego emigrado a París debido al ascenso de Hitler. Después de unos años y varias películas, llegó a Hollywood donde completaría tres títulos además de Carta de una desconocida: La conquista de un reino (1947), Atrapados (1949) y Almas desnudas (1949). De todas ellas fue Carta de una desconocida la que mejor representa el estilo barroco de Ophüls, que luego reaparecería en su obra posterior en Francia como La ronda (1950), El placer (1952) y Madame de… (1953). Ambientada en una Viena reconstruida en estudio, Carta de una desconocida está filmada como parte de un ensueño, como una apasionada evocación que emana del febril recuerdo de la pasión de Lisa (Fontaine). Diagramada a partir de virtuosos travellings y encuadrada a través de ventanas y espejos, la película es la representación de un mundo interior, es la declaración de un amor masoquista, condenado a la tragedia y el irremediable sacrificio.

Varios cambios decidieron Ophüls y Koch: convertir al escritor en pianista (gran acierto, además de darle el nombre del autor, Stefan), establecer el marco de un duelo –motivo recurrente en la obra de Ophüls- como signo de fatalidad que sella la suerte de Stefan en los primeros minutos, hacer del mayordomo el testigo mudo que ha reconocido a Lisa desde el comienzo, transformar la vida de amantes de la protagonista en el matrimonio sin amor con un caballero que luego retará a duelo a Stefan (aquí hizo su intervención el Código Hays), elaborar la notable escena del parque de diversiones para mostrar la vida de ensueño que anhela Lisa y confirmar luego –cuando Stefan le pregunta si le gusta viajar- que él no recuerda nada de lo que ella le ha contado en esa velada. El olvido de Stefan, convertido en la película en la inversión del sino melodramático, excede la voluntad del personaje, que olvida fatalmente sin poder hacer nada para recordar.

“Para cuando leas esta carta, puede que ya esté muerta. Si llega a tus manos, sabrás que fui tuya, aunque no sabías quién era, ni siquiera que existía”. Así comienza la carta que escribe Lisa desde el umbral de la muerte, mientras su voz irrumpe en off desde el otro mundo. Para Stefan, ciego a su amor, la carta es su cura y su condena, le ofrece un destino que en la escena final abraza (no necesitamos ver el duelo, sabemos lo que va a ocurrir). El extenso flashback que entrega la película es lo que finalmente le permite a Lisa existir, ser reconocida, justo en el momento en que se apaga su existencia material. Por ende, lo que llega de ella es su fantasma –de hecho, es como la ve por última vez Stefan cuando finalmente la reconoce-, esa petición etérea y desesperada que la erige dueña desde el Más Allá.

Lisa fusiona en clave melodramática el poder de su fantasía con el sentido de la existencia: «Por muy difícil que te parezca, desde el momento en que me enamoré, comencé a prepararme conscientemente para ti”. Ophüls consigue en su película que el paisaje de la Viena de principios de siglo se transforme en la escenificación del deseo de Lisa: puertas, escaleras, calles y trenes son los vehículos cinematográficos que representan las entradas y salidas de su sueño de amor, momentos definidos por una ardiente felicidad que nunca se concreta, y un destino que recuerda al de las grandes heroínas de la ópera. El paisaje de fantasía de Lisa siempre queda al descubierto como el laberinto geográfico de una ciudad donde el único transeúnte que importa es Stefan. Por supuesto, no es una coincidencia que la ciudad sea Viena, el lugar donde Freud creó sus teorías del psicoanálisis y que la reaparición de Stefan luego de nueve años de ausencia se produzca en la ópera, mientras se representa La flauta mágica de Mozart. El estilo de Autor de Ophüls se afirma en la acumulación barroca de signos que afirman la revelación excesiva y obsesiva de que nada sucede por casualidad: la repetición de la escena de la despedida en la estación (¡dos semanas!); la toma desde arriba de la escalera de la ópera que conjuga esa magia y maldición que implica la reaparición de Stefan.  

La tragedia de Carta de una desconocida reside en la escena en la que Lisa visita por última vez a Stefan con la esperanza de que finalmente la reconozca (sabe que no la va a reconocer, pero igual quiere creer). En esa escena son dos mundos los que chocan, aquel en el que todo está cargado de significado y aquel en el que nada lo tiene. Stefan le cuenta la historia del busto de una antigua diosa que descansa sobre la mesa junto a su piano. Le pregunta si ella recuerda que los griegos construyeron una estatua para un dios que no conocían, pero que esperaban que algún día les llegara; le confiesa que a menudo ha esperado que una mujer tan ideal viniera a él. Fuera de la ópera ya le había preguntado: “¿Alguna vez has barajado caras, como cartas, con la esperanza de encontrar la que se encuentra en algún lugar justo al borde de tu memoria, la que has estado esperando? Bueno, esta noche, cuando te vi por primera vez y luego cuando te vi en la oscuridad, fue como si hubiera encontrado esa cara entre todas las demás. ¿Quién eres tú?”. Pero a medida que los minutos avanzan dolorosamente por el interior de su departamento, Stefan admite que perdió la esperanza en ese mito, y continúa entreteniendo a Lisa con lugares comunes y románticos, evidenciando que el romance adopta diferentes configuraciones para cada uno de ellos. Finalmente pronuncia las palabras que a ella la llevan a la muerte: “¿Así que viajas mucho?”. La pregunta aturde a Lisa en silencio; no la recuerda en absoluto, no tiene idea de quién es ella. ¿Cómo pudo haber olvidado lo único que sabía de ella? ¿Cómo pudo haber olvidado un momento en el que se contenía todo el mundo y su historia en el recinto de un vagón de tren? La narración nos da una explicación mundana de la muerte de Lisa y nos dice que, al igual que su hijo, contrajo el tifus. Pero en la tradición del melodrama las fuentes de la enfermedad y la muerte deben encontrarse siempre en el olvido.

La clave de la trasposición que realizan Ophüls y Koch es nutrir el relato de Zweig de aquellos elementos que despliegan esa idea sin nunca traicionarla. El matrimonio de Lisa, la muerte en suspenso de Stefan y ese mundo de fantasía creado en la feria están contenidos en los intersticios de la obra, sugeridos antes que explícitos. Y la puesta circular y barroca, llena de ventanas y espejos, de escaleras caracol y una ciudad convertida en laberinto, teñida de niebla y sombras hacia el final, cuando Lisa deambula como espectro por la plaza esperando la muerte a la que la condenó en olvido, es la que mejor rinde culto a la evocadora y obsesiva prosa de Zweig. La película no fue un éxito en su momento, pero el tiempo le aseguró el lugar que se merece. Extraña paradoja para una película que atrapa el tiempo como ninguna otra, lo congela en la memoria de manera eterna, lo reserva para un mundo distinto, ese en el que el encuentro entre esos dos destinos imposibles puede hacerse posible.

Carta de una desconocida (Letter from a unknown Woman, Estados Unidos, 1948). Dirección: Max Ophüls. Guion: Howard Koch, Stefan Zweig. Fotografía: Franz Planer. Montaje: Ted J. Kent. Elenco: Juan Fontaine, Louis Jourdan, Mady Christians, Art Smith, Marcel Journet. Duración: 87 minutos.