fading-gigolo-poster03Casi un gigoló es una película de esas que coquetean con temas inoportunos y polémicos, como la prohibición, el deseo, la prostitución, la ortodoxia y la heterodoxia judía, pero sin nunca llegar a plantearlos con demasiada gravedad. De esas que rodean por la superficie, hablan mucho del lago, pero nunca se zambullen. Ni siquiera se mojan las patas.

No es que le exijamos a todas las películas un compromiso tan grande. No les pedimos que reivindiquen todos los males culturales que arrastramos por generaciones. Como mucho, les pedimos que nos hagan pasar un buen momento. Y, si acaso nos hacen pensar, aunque sea un poco, mejor. Diversión y reflexión son dos instancias que, cuando vienen juntas, crean un combo explosivo. Los Monty Python solían lograrlo, algunas de las mejores películas de Woody Allen también. Esta película no llega tan lejos pero, a decir verdad, al menos lo intenta. Y, aunque no lo consigue del todo, tiene buenas intenciones.

Aunque la película es de John Turturro (escribió el guión, la dirigió y la protagoniza), sucede algo curioso: la presencia de Woody Allen termina captando toda la atención. Magnetiza, inevitablemente, el foco crítico. Y, a propósito de esto, he percibido en la película el mismo detalle que es, casi, una marca registrada de las últimas películas de Woody Allen: la desprolijidad (sobre todo en lo forzado y arbitrario que resulta el guión). Todo parece hecho a los apurones, así nomás. Muchos críticos están de acuerdo en que así es como opera Woody Allen desde hace años. A diferencia de la opinión de la mayoría, a mí no me parece un defecto. El cine de Woody Allen está hecho así nomás, porque con eso alcanza. Que me disculpen los puristas de las tomas perfectas, pero el cine hecho así nomás, también puede divertirnos, hacernos pensar, hacernos pasar un momento agradable y bello. ¿Se puede pedir mucho más? La respuesta es sí, pero no menospreciemos esto.

Tal vez los directores de cine más interesantes son aquellos que huyen de los clichés. Y los espectadores más avezados, son los que los detectan y repudian. Sin embargo, hay cierta inteligencia en saber cómo utilizar los clichés como disparador para desplegar un relato. Casi un gigoló utiliza un montón de lugares comunes, pero no menosprecia la inteligencia del espectador sino que pide su colaboración. «Hagamos juntos la vista gorda», nos dice. Sugiere ciertas cuestiones incómodas, pero como sólo es un balbuceo, su discurso se vuelve diletante. Y está bien, porque no tiene intención de meter el dedo en la llaga, no sirve ni funciona para pensar en la prostitución, en su dimensión, en su alcance. Sólo se apropia de ese escenario para contar una historia ingeniosa. Y eso es lo que hace, y lo hace correctamente.

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La situación inicial de la película, que resulta un cliché, propone un lugar común que reproduce cierta manera de pensar de cierto sector social que, a decir verdad, no piensa mucho que digamos. Pero como toda la película avanza a fuerza de mentiras, el relato fluye. Murray (Woody Allen) es un librero anticuario, pero como ya nadie lee libros raros, la librería tiene que cerrar. ¿Cómo no vamos a sentir empatía y compasión? Importa poco que sea mentira. Ni las librerías van a morir, ni la gente ha dejado de leer. Pero lo decimos para empatizar con esa gente que argumenta estar preocupada por la cultura y jamás compra un libro. Al quedarse sin trabajo, a Murray se le ocurre, a partir de un comentario que le ha hecho su dermatóloga, la Doctora Parker (Sharon Stone), que quizás es buena idea convertirse en proxeneta. Entusiasmado con la ocurrencia, convence a Fioravante (John Turturro), que es un viejo amigo suyo, de probar suerte. Les va bien, consiguen más y más clientes, hasta que Fioravante se da cuenta que no puede seguir, porque es un tipo sensible y se ha enamorado de una de sus clientas: amor y sexo por dinero no pueden coexistir.

No se entiende ni se explica bien por qué ambas cosas son irreconciliables. Pero no importa. Digamos que esa es la barrera ética o moral del protagonista. A partir de ese momento, la película gira en círculos sobre este conflicto, aunque se desenvuelve con solvencia. Todo el intríngulis ideológico pasa aquí por el anhelo de satisfacción y su imposibilidad, en medio de una sociedad que, de tan celosa de sí misma, termina por ser asfixiante. Mientras revela, a su vez, la contradicción interna que pesa sobre sí misma: el dinero, el sexo y el amor como paliativos disuasorios de una búsqueda imposible y cruel.

Murray es un exquisito manipulador así que escuchar los argumentos con los que convence a unos y a otros de que le sigan la corriente vale la molestia de ver toda la película. Sus argumentos, aunque falsos, son inteligentes y así su discurso se convierte en un interesante ejercicio de retórica especulativa. Y aunque podamos discutir o cuestionar sus proposiciones, no podemos evitar que nos interesen. Eso es lo que hacen los mejores y peores discursos políticos. Y los trucos de magia. Captan nuestra atención, aunque sepamos que son falsos.

Casi un gigoló (Fading Gigolo, EUA, 2014), de John Turturro, c/John Turturro, Woody Allen, Sharon Stone, Sofía Vergara, Vanessa Paradis, Liev Schreiber, Max Casella, Bob Balaban, Michael Badalucco, 90’ .