Ce jour-là, por Marcos Vieytes

La figura de la mujer (Elsa Zylberstein) en primer plano, un fondo natural brumoso, y un foco de luz haciendo de improbable sol de otoño sobre el perfil de la cabellera. Clima de ensoñación lúcida al principio de esta película que se torna farsa absurda. Empieza con la caída de un hombre en bicicleta delante de una mujer que está sentada en un banco con un cuaderno entre las manos y una hoja seca -a la que llama ‘hermana’- entre las páginas. El hombre se sienta junto a ella y la mujer le dice que él es un ángel (tiene la teoría de que todos los que se tropiezan y caen lo son: instantes después sucederá lo mismo con el internado de un psiquiátrico que pasa de paseo en bicicleta junto a un contingente de locos vestidos de gris) y que ese va a ser el mejor día de su vida. Después nos enteramos de que es la única heredera de la difunta ex mujer de un poderoso empresario en bancarrota (Michel Piccoli) para quien la única salida consiste en obtener el dinero que su hija posee gracias a las ganancias de Salsox, marca de un producto natural que aquel le dejara a su mujer tras el divorcio y devenido misteriosamente en descomunal éxito de ventas. Pero el estado suizo también lo pretende (los créditos iniciales terminan con la leyenda «una película helvética de Raoul Ruiz»), y tanto uno (el Padre) como otro (el Estado) conspiran para asesinarla. El día del título es el que pasa esta chica, quien está más loca que una cabra, ora escapando del asesino a a sueldo (que no es tal sino el mismo loco de la bicicleta al que dejan escapar del psiquiátrico cada vez que necesitan que alguien les haga un ‘trabajo’) ora entendiéndose con él (el mismo Bernard Giraudeau de Pasión de amor, de Dino Risi, peinándose continuamente como Stan Laurel o como uno de Los tres chiflados). Ruiz mueve la cámara como los dioses. Sus travellings dibujan arabescos, trazos simultáneamente majestuosos e irónicos, funcionales al dispositivo formal gratuito y bello que va creando. Porque no hay lógica causal, o sí, pero invertida a veces, parcialmente desarmada, casi siempre digresiva. Ni bien empieza la película, por ejemplo, los policías son llamados a investigar el caso, pero deciden ‘hacer nada’ metódica y deliberadamente, así que se pasan ese día -que es el tiempo de toda la película- en un café charlando entre sí y con el dueño, quien termina dando las pistas para la resolución, mental antes que fáctica, del caso, mientras otro cliente suma signos valiosos mientras juega a las palabras cruzadas. Ese café es también es punto de reunión de varios de los protagonistas, que se concentran y dispersan en el sitio teatralmente, como en las tabernas de una película gótica de la Hammer o en los salones de un western. Ce jour-là es un claro ejercicio de estilo que trabaja con las figuras de la lógica, las abstracciones filosóficas y los lenguajes. No hay espacio para la proyección e identificación usual del espectador con los personajes. Se hace evidente que los hechos que nos emocionan no son ejecutados por ellos, sino por la propia película. Un movimiento de cámara conmueve mucho más que una declaración de amor, un zoom anacrónico es más grosero que un asesinato. Y en la mayoría de las películas de Ruiz que he visto no hay otra pasión que la de los discursos. Incluso el cuerpo y sus arrebatos son susceptibles de clasificación retórica. Sus películas son las travesuras de un niño precoz, diabluras de la inteligencia. La sonrisa permanente con la que parece ejecutarlas tiene la cristalina limpieza del escepticismo.

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