Por Marcos Vieytes

Stephen Frears debe de ser el mejor de los directores convencionales. Nunca veremos un plano suyo extraordinario en el sentido virtuoso del término, pero tampoco es uno de esos directores cuya prolijidad proviene de creer que el encuadre correcto es la suma del arte cinematográfico. Muchas de sus películas parecen televisión y al menos una de las mejores (Fail Safe) lo es. Buena parte del resto (Relaciones peligrosas, Mary Reilly, Héroe accidental, Ambiciones prohibidas, Alta fidelidad) es cine del bueno, del muy bueno, del excelente, jamás sublime. Tanto la potestad del genio como la poesía del azar le son ajenas. Por eso es que a sus películas, sea que sucedan en la Francia del XVIII, la Inglaterra fabulosa de Stevenson o los Estados Unidos de la guerra fría, las sentimos tan cercanas y, a sus personajes, tan vecinos de nosotros. Chéri, última película suya basada en la novela de Colette, cuenta el romance entre una puta de lujo envejecida pero hermosa (Michelle Pfeiffer) y el joven hijo de una colega que lo tiene todo y entre tantas cosas, también un tedio mortal y un vacío que sólo mitiga la relación con esta mujer mayor, especie de tía disipada, que bascula entre la maternidad tardía y el deseo después del escepticismo. La mirada irónica de Frears no se toma nunca en serio el cargado vestuario y la escenografía ampulosa típicas de las películas de época. Kathy Bates, que parece estar tomando whisky en el saloon de un western antes que en Maxim’s, también ayuda a desbaratar cualquier asomo de solemnidad. La mejor película de Frears nunca superará un 8, lo que ya es mucho decir, mientras que la peor nunca recibirá menos que un 6, lo que habla todavía mejor de su criterio. Más cerca de este último dígito que del primero, el final de Chéri, sin embargo, crece cuando nos depara un momento de lacónica tristeza provocada por la eficaz combinación de una prosaica voz en off, un hombre que se va sin darse vuelta y la sostenida mirada a cámara de una mujer que ya no será joven otra vez.