Chernobyl y la danza que es maravillosa hasta que se acaba, por Gustavo F. Gros

Ulana Khomyuk no existe. Es un personaje −según el creador de la serie Chernobyl de HBO, Craig Mazin− ficticio y simbólico de todos los científicos que llevaron a cabo la investigación de la tragedia atómica en la Central Eléctrica Nuclear Memorial Vladímir Ilich Lenin en abril de 1986. Sin embargo, la caracterización de la siempre magistral Emily Watson (su procedencia bielorrusa, su ropa, su peinado, su cuerpo, su estoicismo, su implacabilidad, sus ojos…) remite directamente a una escritora descomunal y Nobel de Literatura en el 2015, Svetlana Alexiévich.

Svetlana Alexiévich, después de casi veinte años de investigaciones, escribió un libro monstruoso y demoledor llamado Voces de Chernobyl (2005). En él −al modo sarmientino del Facundo− utiliza y agota todas las voces literarias posibles para narrar desde la mayor cantidad de ángulos factibles la tragedia ucraniana de la central atómica. Las voces hablan, lloran, recuerdan, denuncian, callan, se apagan, murmuran, vuelven a hablar, callar, recordar, agotar, agotarse y, sin embargo, la tragedia supera lo literario: la verdad destroza a la ficción y cualquiera de sus estéticas.

Craig Mazin −otrora guionista de Scary Movie 3 y 4 y de The Hangover II leyó a Alexiévich y advirtió que la realidad supera cualquier ficción. Sin embargo, invirtiendo cierto principio de “autonomía” que marca Ricardo Piglia en su noción de ficción, intentó hacer una ficción, precisamente, que emparde aquella realidad ucraniana: que le sea fidedigna. Los decorados, las caracterizaciones, las construcciones, los efectos especiales, los vestuarios, las locaciones, todo lo que hace estéticamente a la serie pretende empardar desde lo ficcional (artístico) esa realidad trágica del 86. Y lo logra: he allí el primer impacto tremendo que causa en su audiencia la miniserie de Mazin.

Valeri Legásov (impresionante Jared Harris), científico nuclear, se suicida a lo Favaloro en 1988, a dos años exactos de que explotara el reactor en Chernobyl. Deja unas cintas grabadas donde cuenta el poder dañino de la burocracia soviética (cualquier burocracia totalitaria) y de como los burócratas le tenían más miedo al soviet y a Moscú que a la propia radiación. Valeri Legásov muere suicidado en 1988 y Boris Yeltsin recién en 1996 le otorga póstumamente la condecoración máxima que se le puede dar a un ciudadano ruso: Héroe de la Federación Rusa. Antes, durante casi diez años, Legásov, luego de salvar a la mitad de Europa de quedar inhabitable, fue considerado por la KGB una suerte de paria por denunciar las atrocidades de la burocracia del soviet, la impericia en la reparación de los reactores RBMK y la falta de mantenimiento adecuado de los mismos que podían llevar a otra tragedia similar a la que él, en cierta forma, solucionó hasta donde pudo. Esto, al menos, cuenta Mazin en su versión televisiva. Esto, al menos, es lo que cuentan las redes sociales y los datos de internet cuando uno busca información sobre el científico ruso. Esto, al menos, pone de manifiesto Legásov en el último capítulo de la serie (el quinto) cuando explica de forma didáctica, sin subestimar a la posible audiencia que lo mira y no tiene ni idea sobre como funciona la fisión del átomo, la dinámica de la energía atómica a la cual la trata como una compleja y bellísima danza de balances entre la radiactividad y sus atenuantes (controles) hasta que dicha danza, se corta. Allí, cuando la danza, la coreografía, la amalgama, el balance hermoso de átomos fisionados se para, comienza el desastre.

Anatoly Dyatlov (gran papel realizado por Paul Ritter) es el partícipe directo de cortar bruscamente esta danza y producir el desastre de la Central atómica donde murieron entre el cáncer y las dosis radiactivas directas más de 30.000 personas, de las que el soviet sólo contó 31 manera oficial. Dyatlov era el Ingeniero en Jefe de la central nuclear y el que en ese turno noche del 26 de abril de 1986 llevaría una serie de maniobras que violaban casi todos los protocolos de seguridad atómica del mundo hasta hacer explotar el reactor 4 y desencadenar la tragedia. Esto explica Legásov en el juicio según representa la miniserie. Dyatlov por impericia, soberbia y necesidades del soviet es el perejil perfecto para esconder con su culpabilidad los problemas de ingeniería del reactor tipo RBMK, a los que el Kremlin quiso ocultar antes, durante y luego de la explosión. De los ingenieros que estuvieron en la sala de control esa noche, Dyatlov fue el único que sobrevivió a la radiación. Dyatlov nunca asumió su culpa pero sí quería que la asumiera la burocracia soviética que jamás, al parecer, le advirtió de un reactor defectuoso.

Boris Shcherbina (hipnótico Stellan Skarsgård) es el soviet. Es la burocracia del soviet. Es el gobierno. Es el enviado del gobierno. Es el que habla primero que nadie con Gorbachov (David Dencik). Es el Vicepresidente del Consejo de ministros soviético. Es el encargado de ver qué pasó realmente en Chernobyl y solucionarlo de alguna forma. Es el que busca a Legásov. Es el que trabaja junto a Legásov mandando a la muerte a soldados, mineros, pilotos, doctores, enfermeras, voluntarios, ingenieros, científicos rusos a los que no les queda otra más que el orgullo del deber antes de morir intentando atenuar la catástrofe. Es al que Legásov, sentados durante un receso del juicio, muriéndose ambos de cáncer, trata de “hombre bueno” quizás, para diferenciarlo infantilmente de los “hombres malos” de los cuales formaba, paralelamente, parte y raíz.

Chernobyl es una miniserie de HBO financiada entre Estados Unidos y el Reino Unido. Sus actores, en su mayoría, son ingleses, irlandeses y escoceses. Las locaciones fueron filmadas, principalmente, en Lituania. El lenguaje oral con el que los personajes dialogan y se relacionan, es el inglés. El lenguaje escrito con el que se llenan panfletos, anuncios e informes, es el ruso; excepto cuando se anuncia por televisión y radio la tragedia; excepto cuando se habla de evacuar de inmediato la ciudad. Las voces que hablan directamente de la tragedia y sus efectos, son rusas; las que reconstruyen ficcionalmente la tragedia y sus efectos, son inglesas. El raro Mickey Mouse del final en la ciudad abandonada de Chernobyl (¿riendo?) en el quinto episodio simboliza el poder nuclear yanqui y su calidad ¡atroz! de centinela(s) del mundo occidental; simboliza todo un género cinematográfico (el nuclear) que fue furor durante la Guerra Fría, especialmente en los 80 con la administración Reagan y la inevitable caída del soviet que se reactualiza en pleno 2019 cuando Putin es “aliado” de Trump y la energía atómica, después de Fukuyama en Japón, parece entrar paulatinamente en desuso (al menos, eso dicen oficialmente) más no sus misiles y armas nucleares.

Karla Marie Sweet es una guionista y twittera inglesa que cuestionó a la serie por no poner negros en el elenco. Aseguró que, así como la ficción se permitía la licencia de que no se hablara en ruso, también tenía que permitir la licencia de tener negros en el elenco desarrollando roles principales. Entre la estupidez intensa y la impunidad de la red social, Sweet entendía que la ficción debía superar a la realidad, trastocarla, transmutar su emparde, al menos, estéticamente. Para Sweet, la realidad de Chernobyl y la gente de esa central, las personas de la evacuada ciudad de Prípiat, los afectados en Ucrania, Bielorrusia, Rusia y el resto de Europa donde llegó la nube radiactiva liberada por la explosión del reactor 4 debían ser una anécdota dónde intercalar un discurso progresista de los humanos supuestamente igualados a la fuerza. Para Sweet la serie de HBO, su realidad, la búsqueda de empardar estéticamente la realidad vivida en 1986 no era lo suficientemente progresista y la ficción, poniendo negros en el elenco, lo debía, de alguna forma, solucionar.

Liudmila Ignatenko (interpretada en la miniserie por la hermosísima cantante Jessie Buckley) comienza su testimonio en el libro Voces de Chernobyl diciendo: “No sé de qué hablar… ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?”, para proseguir relatando la noche de la tragedia, el hermoso amor que tenía por su joven esposo bombero Vasily Ignatenko (Adam Nagaitis), el hijo que esperaban, la radiación que lo carcomió después de que acudió a la central a apagar el fuego, las mentiras y la desesperación de los días vividos en el hospital, su hijo en su vientre salvándole la vida al absorber su radiación y muriendo al nacer, la afirmación que le hicieron los médicos de que no iba a poder tener más hijos (y no obstante, lo tuvo), el nombre de ese hijo: Andrei, la enfermedad congénita que lo aqueja, las formas en que él la cuida a ella cuando caminando juntos de la mano se desmaya en la calle, para terminar diciendo en el libro: “Pero yo le he hablado del amor… de cómo he amado.” Y en esta última oración transcripta por Alexiévich al cual el final de la serie hace alusión en forma directa está la clave de los cinco capítulos que la han transformado en un éxito de público y crítica (a pesar de que no haya negros en el elenco): El relato de la miniserie Chernobyl es un profundo relato de desamor donde en analogía con la radioactividad que destruyó la zona circundante al reactor 4, muestra como un mal inmenso, paulatino, invisible, mortal e infeccioso va penetrando, comiendo, envenenando, degradando, desintegrando, quemando célula por célula de cualquier organismo vivo (vegetal o animal) que atraviese inoculando una muerte irreversible, dando, con un sarcasmo siniestro, tiempo de vida (nunca mata de manera instantánea) para que uno recapacite sobre el amor, sobre los gestos de amor, sobre las consecuencias del amor y las consecuencias del desamor: Ese de lo burócratas por su pueblo; ese de los científicos por la gente que los rodea en sus experimentos; ese de los políticos por el Estado que regentean y administran para entender quizás a través de los mineros, quizás a través de los liquidadores, quizás a través de los perros muertos, quizás a través de las viejas campesinas que ordeñan vacas, quizás a través de las enfermeras y doctores que abrazaron bomberos radioactivos para darles un último gesto de cariño antes de que la piel se les quemara del todo, quizás a través de los hijos que absorbieron involuntariamente la radioactividad de sus madres en sus úteros para salvarles la vida con el costo (involuntario también) de la propia que lo que condena y mata en las tragedias desmesuradas de este tipo es, justamente, el desamor y que las excusas que se explican entre fórmulas científicas, matemáticas, físicas, químicas, políticas, económicas, legales y protocolares son, apenas, migas, migajas de un pan podrido original; máscaras kafkianas de un carnaval maldito donde la belleza de la danza (cualquier danza que se vuelva metáfora) se carcome en su música fallida, en sus movimientos mutilados por negligencia, cobardía y, sobre todo, necia crueldad infinita. Humana.

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