Una línea férrea es un camino entre dos puntos y es, en sí misma, un relato. Un recorrido hecho de tiempo y espacio atravesado por ciudades, pueblos y extensiones vacías. Un tren que atraviesa un país como si lo cortara al medio es también un relato particular. Un tren unifica territorios, los integra en una historia común. El viaje implica, más que el recorrido, un concepto que se vislumbra como fondo y que puede, o no, desentrañarse (y allí está para ratificar esa posibilidad, una película como Buenos Aires al Pacífico).

El viaje que se emprende en Chubut, libertad y tierra es una búsqueda que inicialmente se sostiene en los puntos de partida y llegada. El mar desde el cual parte la protagonista, Nahue (Mariana Bettanin) -Camarones como espacio propio, San Antonio Oeste como punta de riel- y la cordillera como destino final -El Maitén- están unidos en principio por la recuperación de una historia. Juan Carlos Espina, el abuelo desconocido, vivió durante décadas trabajando como médico en ese pueblo cordillerano. La nieta atraviesa la Patagonia buscando reconstruir una historia de la que, en apariencia, solo tiene fragmentos: ese hombre sobrevive en su voz grabada en una cinta, como una historia oral que sirve como guía. Lo que busca son otras voces que la completen. Ese puñado de nombres mencionados en el registro y que aún viven dan cuenta del Espina público, del médico y su relación con la comunidad. Y del hombre que vio en ese punto un límite y quiso ir más allá, saltando la barrera hacia la política para seguir dando una pelea más compleja. Son los tiempos de la Unión Cívica Radical Intransigente, son los años de Arturo Frondizi como presidente de la nación, los que amenazaron con el desarrollismo y terminaron con la traición de los propios postulados de campaña (y no es casual, pero es en los años de Frondizi cuando se empezó a desmantelar la red ferroviaria). Espina funda el partido Libertad y Tierra sobre las consignas del zapatismo mexicano con el objetivo primordial de plantear la necesidad de una reforma agraria en la provincia de Chubut.

Pero Espina está en el final de ese camino emprendido por Nahue. En el medio, en ese espacio atravesado por las vías, está la historia que dio origen a la reivindicación de los pueblos originarios y la necesidad de una reforma agraria que le diera las tierras a quienes las trabajan. La Campaña del Desierto y las posteriores leyes nacionales hicieron que esas tierras fueran adquiridas –la forma de hacerlo sin burlar las leyes es todo un indicio de lo que implica el capitalismo como forma de apropiación independientemente de fronteras y banderas- por empresas inglesas para quienes el ferrocarril implicaba, más que un medio de locomoción, la vía más rápida y barata de llevar los productos de las estancias –especialmente lana y derivados de la cría de ovejas- hasta un puerto. Ese relato es el que se construye en las diferentes estaciones, integradas como si se tratara de una cadena de producción y situadas siempre a escasos metros de las entradas de los cascos de las estancias. Lo que consigue el documental en ese tramo es mostrar un modo de vida, un conjunto de reglas que regían en las estancias, que funcionaban más que como entidades autónomas, como sucursales de una casa matriz situada en Londres. Es interesante que allí se produce un proceso de transculturación que no se ocultaba sino que se exponía porque allí había un motivo de reivindicación situado en el origen: se trataba de seguir siendo inglés en otro suelo, constituir una colonia –en un sentido más capitalista que el enarbolado por los inmigrantes- que funcionara como una suerte de Estado dentro del Estado. Relaciones de verticalidad, reporte continuo a la casa central, custodia continua de la producción, selección estricta hasta de las esposas de los gerentes e imposición de la cultura y el idioma: la Argentina para esas estancias eran solo un suelo productivo, no un país al que había que respetar en sus normas. Un proceso de aprovechamiento y sometimiento al cual se agregarían los bolicheros que a cambio de la provisión de alimentos, podían llegar a quedarse con las pequeñas parcelas que tenían los habitantes originarios del lugar y que les habían sido entregadas –y quitadas después en parte- durante el gobierno de Perón.

El recorrido que lleva del mar a la cordillera implica en el relato sistemático y casi omnipresente de la voz en off, un recorrido por la historia argentina y por las formas de explotación extranjera. Pero en algún punto, ese recorrido comienza a tomar bifurcaciones. El “encuentro” en el tren con Fernanda, la historiadora, funciona como una excusa perfecta para introducir el relato histórico de ese espacio contextual. Pero cuando el relato decide, por un tiempo, seguir a Fernanda en su viaje a Bariloche –previo paso por Pilcaniyeu, donde está una de las estancias-, lo hace a expensas de abandonar a Nahue. Cuando retorna a ella, lo que se pone en evidencia es el problema principal que la película no logra resolver: cómo hacer para poner en un relato común a esas historias, que sirva para potenciar a ambas. El resultado es que tanto entre los personajes –que vuelven a encontrarse y a separarse- como entre lo que se quiere contar, lo que falta es un nexo, un elemento que salga de la comodidad de una relación solamente basada en la reforma agraria.

Y es que en Chubut, libertad y tierra no hay una película, sino varias, que no se tocan más que tangencialmente. Hay una película que parte de una historia personal, que involucra al médico Espina, a su trabajo comunitario, a su triunfo político, a la manera en que lograba saltear las proscripciones del peronismo aún siendo radical y a la manera en que él mismo también fue perseguido y proscripto, y donde lo más interesante está en la voz del propio Espina estableciendo coordenadas de su propio devenir y en los archivos que atesoran algunos de sus amigos y conocidos de la época –como los diarios que editaron en la zona o los recuerdos de su trabajo político. Hay otra, en la forma en que se disecciona el preciso conglomerado organizado por una empresa inglesa para explotar la Patagonia y la relación que estableció con la sociedad que la rodeaba –tanto la de Buenos Aires, facilitadora, como la de los pueblos originarios que oscilaban entre la resignación y la reivindicación. Y hay otra, apenas esbozada, y por eso mismo, demasiado liviana en el contexto del film completo, relacionada con las disputas reivindicativas de los pueblos originarios en 1995 y 2016 por las tierras que les correspondían y que terminaron con la muerte de Santiago Maldonado. Y hay otra, posible, susurrada, en ese salto que implica haber pasado de la dominación inglesa a la benettoniana. Pero lo que no hay es algo que las articule entre sí como un relato que las integre y las potencie.

Tal vez algo de esa ausencia esté marcada por la decisión de construir a la película como un “falso documental”. El personaje de Nahue no es un aporte importante para la película y, aún más, la obliga a incluirla en cada uno de los pasos que da, como una secuencia algo rígida y no lograda. Para la historia de Espina, aparece como una excusa para el viaje en tren y poco más:. Para la de las estancias inglesas, su aporte es apenas el de mediar con las intervenciones de la historiadora. Pero no hay nada en lo que proviene de la voz de Nahue o de la de la misma Fernanda, que consiga un efecto superador del material de archivo o de las voces de los protagonistas. Si la película se hubiera quedado con esos elementos con los que cuenta como registros propios y archivos de época y los hubiera organizado en función de una sola idea, toda esa potencialidad que por momentos asoma de Chubut, libertad y tierra podría haber dado lugar a aquello a lo que aspiraba y no termina de concretar: ser un gran relato sobre la colonización pasada y presente del país.

Calificación: 6/10

Chubut, libertad y tierra (Argentina, 2019). Guion y dirección: Carlos Echeverría. Fotografía: Carlos Echeverría. Montaje: Carlos Echeverría. Duración: 123 minutos.