Las películas del sudeste asiático (hablo sobre todo de Tailandia y de Malasia -con Taiwán como excepción geográfica vinculada al conjunto por intermedio de Tsai Ming Liang- y, en menor medida, de Filipinas, cuya filmografía recién empiezo a conocer) me fascinan tanto como las películas de Europa del este durante la Guerra Fría. Ambos colectivos delatan esa potencia que tiene el cine para tomar una instantánea con respiración y movimiento de una determinada situación espacio-temporal irrepetible, más allá del lugar que cada película y cineasta acaben ocupando en la historia del cine.

Esto viene a cuento de Ninfa, la última película de Pen-ek Ratanaruang, que comienza con una virtuosa toma larga entre los árboles de un bosque por el que se desplaza con una ligereza aérea que incluye la utilización de una grúa espiritualizada por la subjetiva que la toma representa. El tema es que esa toma y esta película terminan teniendo una gratuidad insustancial. Las películas de Ratanaruang me hacen pensar que estamos ante un esteticista sin mucho o nada de peso, verdaderamente intenso, que decir. El suyo es un cine sin filo, de una belleza que anestesia. Es imposible no embriagarse con alguna de las secuencias sexuales de Ploy, la ingravidez digital de Last Life in the Universe, el sopor imperturbable de Tadanobu Asano en Invisible Waves o el mencionado inicio de esta película, pero una vez que todo termina ese trance deja sabor a nada o, peor todavía, a cháchara ingenua revestida de cálculo formalista.

Si algo le faltó a esta película fue abordar el género. Porque coquetea con el terror pero no se anima o supone, en tal caso subestimándolo, que no le conviene concretarlo. Medirse con esa sustancia compacta y árida de los relatos convencionales, le hubiera dado a Ninfa una materialidad, unos contornos, una precisión de la que carece. Un fotógrafo y su chica acampan en la jungla mientras atraviesan una crisis de pareja. Algo en el bosque lindero vive y terminará afectándolos, no se sabe a ciencia cierta si para bien o para mal. Un árbol hace las veces de psicólogo y los cuerpos desnudos de un hombre y una mujer entre las raíces tienen la extraña virtud de hacernos pensar que el Anticristo de Von Trier no era tan malo.