viva la libertà¿Una comedia en la que el protagonista es un político es una película política? O, mejor aún, ¿una mirada particular, que coquetea con la sátira, sobre la clase política constituye una película política, o estamos hablando de una mirada ideológica?

Estas son algunas de las preguntas que me disparó Viva la libertad, la última película del director italiano Roberto Andó, protagonizada -doblemente- por Toni Servillo que, otra vez, se pone en la piel de un político (recordemos su papel en Il Divo de Paolo Sorrentino que, de alguna manera, lo proyectó internacionalmente y, más hacia el presente, el del senador del partido PDL -Popolo della Libertà- en Bella durmiente de Marco Bellocchio). Es imposible imaginar a otro actor en este papel, como confirma el director: «No habría hecho esta película sin Toni Servillo».

Ubicado en un escenario contemporáneo, Servillo interpreta a Enrico Oliveri, secretario del principal partido de la oposición, a quién no le va muy bien en los sondeos de cara a unas inminentes elecciones, y encima es fuertemente criticado por sus correligionarios debido a la falta de propuestas. Doblemente en crisis (personal y profesional) Enrico se fuga: una noche agarra sus petates y se va, así de simple. Frente a ese panorama, su secretario Andrea Bottini (un gran papel de Valerio Mastandrea, en el de portaborse del político: una especie de secretario político multifunciones), en una mezcla de cinismo y oportunismo, recurre a su hermano gemelo Giovanni Ernani (un filósofo bipolar que lleva años entrando y saliendo de institutos neuropsiquiátricos) para suplantarlo: una elección audaz y desesperada, teniendo en cuenta lo poco fiable del sustituto.

Mientras Enrico, el político, se fuga a Francia a casa de un antiguo amor de juventud (Valeria Bruni Tedeschi), su hermano Giovanni, «el loquito», lo reemplazará en la escena pública sin que nadie lo note. Esa decisión resulta ser un acierto porque el discurso de Giovanni es puro juego: es innegable que se está divirtiendo y que no tiene nada que perder, así que lanza al aire consignas tales como «Italianos, sean honestos, dejen de teñirse el pelo», o, apelando a una poética utópica, otras como «La única alianza posible es con la conciencia de la gente». Su nuevo papel de payaso aparece allí donde va, como en la escena en la que se esconde del Presidente de la República detrás de un globo terráqueo en el mismo Palacio del Quirinale, o cuando baila descalzo un tango con la canciller alemana. Estas acciones prenden en el corazón de la gente que vuelve a apasionarse por la política y e las encuestas demuestran el reposicionamiento del renovado funcionario.

24041-default-2013-07-01_173822_at-zije-svobodaAdaptación de la novela El trono vacío (Il trono vuoto) del propio Roberto Andò, Viva la libertad pone en evidencia ciertas opiniones ambiguas, que se deslizan al pasar, como la afirmación de que la política, tal y como la conocemos, no tiene ningún sentido (haciendo hincapié en el descrédito popular respecto a los partidos políticos y sus representantes), o que las consignas que interpretan la voluntad del pueblo –que aparece retratado como una masa manipulable y mansa- y que a esta altura son sólo palabras altisonantes, estén en boca de el «hermano loco» que, en resumidas cuentas, no sólo está jugando sino que además no tiene nada que perder (o ganar).

Quizás el relato tenga grandes similitudes con la vida política italiana pero, desde una mirada menos local, el tono de la sátira da la sensación de que lo que se cuela es una afirmación bastante más compleja que divertida. Si los políticos son mediocres es porque los electores también lo son, parece decirnos la película, y se intuye, en esa idea, una versión aggiornada de aquello que asegura que los pueblos tienen los gobernantes que se merecen, lo que no deja de ser una simplificación fuertemente ideológica de todo intento de pensar la política como herramienta de transformación social.

Viva la libertad (Viva la libertà, Italia, 2013), de Roberto Andò, c/Toni Servillo, Valerio Mastandrea, Valeria Bruni Tedeschi, Michela Cescon, Anna Bonaiuto, Eric Nguyen, Judith Davis, Andrea Renzi, ’94.