Vigalondo y el barril sin fondo. Gloria (eterna Anne Hathaway, aquí en tinieblas como en la maravillosa El Casamiento de Raquel, del maravilloso Jonathan Demme) tiene serios problemas que, entendemos, tienen que ver con la bebida. De esto nos enteramos en la tan tortuosa como apurada primer secuencia de Colosal con explicaciones a la carrera que culminan con el novio dándole el olivo. Como en muchos de aquellos telefilms de los 70 producidos por Aaron Spelling, la única salida a ese tobogán es volver a las raíces, al pueblito que la vio nacer, tanto para bajar un cambio como porque no tiene laburo ni palenque donde rascarse ni donde caerse muerta. Hablando de parca, el lugar no parece tener mucha vida: al primero y prácticamente único que se cruza Gloria mientras arrastra un colchón inflable, temprana compra para su nuevo hogar, es a su amigo/compañerito de juventud, Oscar (Jason Sudeikis), dueño del bar del pueblo y con quien -para seguir cortando camino- Gloria tiene más cosas en común que aquellas caiditas de ojos de la niñez, cosas que se irán conociendo en el desarrollo de la trama. El problema con el trago tiende a dilatarse: la única salida laboral es trabajar en el bar de Oscar que le hace el aguante y le arrima -por el momento- unos muebles a la casita y hasta un tremendo, impecable televisor. Esos son amigos.

La vida es un arenero. La cosa transcurre entre apacible y casi nimia, y se fueron unos cuantos minutos y varias birras hasta que allí, en medio de la nada pero en un mundo donde el aislamiento nunca es totalmente posible y a falta de atentados y tragedias cotidianas, la noticia que recibe celular mediante en la soledad de su hogar y lejos del mundanal ruido es que una gigantesca criatura está destruyendo, de todos los lugares, Seúl. ¿Cómo dice? Eso mismo. No tiene más que encender su televisor prestado, que para eso estaba, y ver como si hubiera agarrado al vuelo una de Ishiro Honda que hay -en efecto- un pedazo de monstruo aplastando edificios y coreanos. Aquí llega al rumbo de Colosal la disrupción que lleva al espectador a preguntarse para qué lado disparará el film con semejante dato/volantazo, y a la misma Gloria, cuyo tic es precisamente rascarse la cabeza, cuando descubra que ese coso inconmensurable emula, a unos cuantos miles de kilómetros, sus movimientos y depende de sus actitudes.

Con este efecto mariposa el guion del director Vigalondo se toma todas las licencias que sean para ir atando cabos y desatándolos a ambas puntas del cóctel, del lado del drama psicológico con frases como “lo que pasaes que vos te odiás” y del lado del cine catástrofe en la vena más clásica dentro de lo que se permite la prolija era de los CGI y en breves escenas como contrapunto-continuidad de un creciente conflicto entre la confundida Gloria y Oscar quien va revelando tras cada cerveza más de su verdadera personalidad. Pero no sería esto el inconveniente: lo que pasa es que a medida que las distancias entre causa (lo que pasa entre ellos) y consecuencia (el conflicto entre monstruos sobre Seúl) se acortan para ir cerrando el metraje y los contendientes disputan en el arenero infantil de antaño, el delirio deja de provocar inquietud y menos todavía interés, tal vez por jugarse el autor a hacer un original licuado de géneros que como la mayoría de los licuados originales no termina sabiendo a nada. De los tres actores que apuntalan esta suerte de capítulo 2.0 de La Dimensión Desconocida sobresale la Hathaway que, al igual que en aquel magnífico film de Demme, le podemos creer que está sucia, resacona, que esos jeans no se los cambió durante todo el rodaje y que el pelo lo tiene todo florecido, pero además que será todo lo abnegada y sufrida que parezca pero en algún momento se va a hartar y revolear al muñeco cual heroína de parquecito de juegos pueblerino. Y a salvar el mundo o por lo menos a Corea del Sur, que no es poco.

Acá pueden leer otra mirada de esta película por Marcos Rodriguez

Colosal (Colossal, EEUU, 2016), de Nacho Vigalondo, c/Anne Hathaway, Jason Sudeikis, Austin Stowell. 109′.