Iban sólo 10 minutos de película y Leo (Facundo Cardosi) ya me generaba fastidio. Ese breve lapso de tiempo le basta al escritor y profesor universitario de literatura para mostrar todas sus credenciales de insufrible: toma cocaína en el baño de la facultad, le miente infantilmente a una autoridad que le cuestiona fumar en el aula, comienza la clase sin decir “hola”, prende un cigarrillo y descarga sobre los alumnos toda su frustración por las horas de clase que pidió y no le dieron, regaña groseramente a quienes no llevaron nada escrito para la clase y le da una devolución humillante a quien sí lo hizo. Su agrio semblante no varía ni siquiera cuando Jazmín (Ailín Salas), la alumna que más entusiasmo muestra en sus clases, se acerca a decirle que está leyendo su último libro y que le parece bueno. La respuesta será que abandone su lectura, porque el final es malísimo. Como corolario, al regresar a su casa, elude con evasivas el reclamo de Agustina (María Canale), su (ex)pareja, para que abandone el sillón del living y se mude de una vez por todas. Si esta síntesis de antipatías desafía el verosímil, ahí está el muy buen trabajo de Cardosi para darle a nuestro protagonista toda su endemoniada carnadura.

Con este miedo al futuro, segundo largometraje de Ignacio Sesma, me hizo acordar a esos personajes inaguantables con los que, en algún momento de la vida, o en varios, uno tiene que convivir. Gente irritante y pendenciera que hace que el domingo a la tarde uno los recuerde y piense “Pucha. Mañana le tengo que ver la cara otra vez”. La particularidad, en este caso, es que no tenemos la posibilidad de enfocar nuestra atención en otro sitio. Sesma coloca la cámara (y con ella, a nosotros) a bordo de Leo, para acompañar en planos cortos a este errático sujeto que, como hizo con aquel elogio de su alumna, traduce cada mano que se le tiende en una nueva instancia para reivindicar su voluntad de dejarse caer más hondo y de llevarse consigo a todo aquel que tenga cerca.

Así ocurrirá cuando Diego, amigo de la infancia de Leo, le proponga armar una cena para que se conozcan con una amiga de su mujer. Camila resulta, tal como le anticiparon, “una divina”. Pero, aunque la reunión fluye y la charla es amena, Leo no puede con su genio y a pesar de las advertencias termina pudriéndola. ¿El motivo? Camila dice no estar leyendo por falta de tiempo, pero para Leo “la boludez del tiempo” es la excusa útil para ocultar falta de ganas. A esta altura ya nos damos cuenta de que el exabrupto habla más de lo poco asumido que Leo tiene su estancado presente profesional, que de la pobre Camila.

Si Sesma cortaba ahí, hubiéramos entendido sin problemas que la cita se fue al tacho. Pero la escena sigue y ahí estamos, masticando la incomodidad de esa situación que no remonta, a pesar del esfuerzo que hacen tres de los cuatro comensales. El director nos retiene sentados junto a Leo, palpitando su fastidio, hasta que nos descubrimos ante el desafío de ver quién se sofoca antes, si él o nosotros.

Y ahí la cosa empieza a ponerse más interesante, porque si bien ya había indicios de su propósito, otorgada la información fundamental, la película pasa a concentrarse en él: bucear en el interior embravecido de un sujeto en plena crisis, con la obstinada fe en que esa suerte de ecografía emocional detecte alguna mancha sospechosa. Aquella que pueda ser la punta para explicar los síntomas del patológico presente de Leo.

El derrape de Leo es regular y sostenido. En vez de buscar departamento y rearmarse luego de su separación, termina acovachado en el quincho de una casa en venta y desplegando velas hacia excesos y noches de desborde. Por momentos, un registro demasiado controlado del descontrol nos despierta la sospecha de una película que se dirige a la vía muerta del regodeo estético en la decadencia. Pero esa situación se salva cuando, con paciencia y gracias a una obligada coexistencia, llega el momento en el que nuestro hostil personaje por fin baja la guardia y las señales de su dolor comienzan a emerger.

En la bella “Kirikú y la bruja”, de Michel Ocelot, un intrépido niño se empecina en averiguar por qué es mala Karabá, la despiadada bruja que asola a su pueblo. Y dispuesto a correr el riesgo, se acerca a ella para averiguarlo, hasta descubrir que la bruja mantiene clavada en su espalda una espina que le produce dolor y furia. Una analogía absurda para pensar el relato desangelado y sórdido de Sesma, en nada parecido al universo del valiente Kirikú. Pero me gustó pensar al inexpugnable Leo como a alguien a quien, como a Karabá, solo el que esté dispuesto a acercarse, podrá verle la espina que lleva clavada. Aquí es la desenfadada Jazmín, cuyo interés por el profesor trasciende el aula, quien se anima a aproximarse a Leo con una seguridad y encanto que logra sortear su irascibilidad y constituirse en la hendija abierta a su redención. Los momentos de divertida confidencia entre ellos es un bálsamo en una historia áspera en forma y contenido.

Es así como terminamos haciendo las paces con alguien que, de no haber mediado Sesma y su tozuda cámara, hubiéramos mandado a freír churros hacía rato, echando mano a ese cálculo de costo-beneficio con el que dirimimos nuestras relaciones con los otros y que al cine le gusta tanto contradecir.

Con este miedo al futuro (Argentina, 2018). Guión y Dirección: Ignacio Sesma. Fotografía: Manuel Bascoy. Edición: Mariano Blanco e Ignacio Sesma. Dirección de arte: Lucía Lalor. Sonido: Sofía Montes y Lucía Mendoza. Elenco: Facundo Cardosi, Ailín Salas, María Canale, Martín Mir y Darío Levy. Duración: 78 minutos.