conexion-marsella-cartelCasi como un desprendimiento tardío y mediocre de la inevitable combinación entre aquel submundo criminal y fascinante creado por William Friedkin en su Contacto en Francia (1971) y el gélido espíritu del polar francés en sus versiones más desgastadas, Conexión Marsella es menos de lo que intenta ser. Pierre Michel (Jean Dujardin) es un juez de menores que comienza su pequeña y digna lucha contra el tráfico de heroína en la Marsella de mediados de los 70 y, gracias a su coraje y su claro afán de protagonismo, es premiado con un ascenso. Convertido en juez en lo criminal a cargo de la investigación del clan más peligroso y temerario de la droga, ‘La French’, iniciará una cacería despiadada de su cabecilla, el maléfico y escurridizo Tany Zampa (Gilles Lellouche). Nada ha quedado tras el paso del tiempo y el agotamiento de las ideas de aquel garbo y perversión que distinguía a un señorial Fernando Rey a la cabeza de la tan temida “conexión francesa” sino que ha sido sustituido por un engolado alter ego del juez que compite tanto en cojones como en gomina capilar.

Dos hombres en pugna, diría algún ingenioso titulador sin faltarle razón. De eso se trata Conexión Marsella, de esa disputa que empieza en los escritorios del Palacio de Justicia, para trasladarse a las calles y los bares de la ciudad portuaria, y estallar luego en las mismas entrañas del Estado francés. Todo muy lindo en los papeles, pero ese visceral enfrentamiento nunca se concreta, se diluye en esa camarita en movimiento que se ha convertido en un tic antes que en una decisión estética.  Y, como no podía faltar, está la pobre chica que muere de una sobredosis inducida, el loquito de la banda, los mafiosos napolitanos que miran fútbol, toda una serie de lugares comunes que podrían habitar de manera lúdica y confortable en el relato si la atención al género fuera genuina y no impostada. La sensación que uno tiene es que a la película le preocupa mucho más la referencia verídica –que se anticipa con la consagrada frase: “basada en hechos reales”- que la tensión dramática, y por eso refuerza la “condición humana” del juez, su preocupación por las víctimas, su lucha contra la corrupción policial, el que se meta en el terreno mismo del crimen –el juez corre y taclea a los malhechores, sigue con su auto al capomafia- y apenas se ocupa de delinear, de manera burda y superficial, al superpoderoso Zampa. El napolitano vestido con Yves Saint Laurent se reduce a las bravuconadas con sus amigotes, a una declamada devoción por su mujer –a la que apenas de oímos pronunciar palabra- y a que, de vez en cuando, se enoja y pega algunas trompadas.

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Pero bien, yendo a lo que importa: el inicio prometía más de lo que la película termina siendo. Cuando el juez asume su nuevo cargo y pasa de las víctimas a los victimarios, lo primero que hace es identificar los rostros que hay detrás de esa temible organización. Entonces la cámara se desprende de ese relato de presentación de cada uno de los integrantes para introducirnos en el submundo en el que opera el Cartel de Marsella: bares, casinos, lanchas que transportan morfina, laboratorios clandestinos que convierten la materia prima en una mercadería de primera, y el consabido y rentable tráfico hacia EUA. La puesta en escena evoca abiertamente la inolvidable introducción de la Casbah en Pépé le Moko (1937) al mando de un trágico Jean Gabin. En este intento de actualización, todo ha quedado diluido, incluso la tragedia. Este nuevo bon vivant de los estupefacientes no deambula entre los pasadizos del barrio argelino sino que se pavonea en discotecas de moda y fiestas exclusivas mientras la película informa, casi como un noticiero, los estadios de la persecución sin nunca amalgamar la historia que quiere contar.

Por último llega el triunfo de Mitterand. La llegada del primer socialista a la presidencia de Francia, luego de 23 años de gaullistas y sus sucedáneos, para activar algunas cuestiones dejando en stand bye otras, como la corrupción policial que sigue enquistada en los más altos niveles sin que la película haga demasiadas aclaraciones sobre culpas y responsabilidades. ¿Fueron los socialistas muy blandos? ¿Fueron ineptos? ¿Cómodos? Nada queda demasiado claro, en medio de tanto triunfalismo luego de encarcelar a los malos y ver convertido en mártir al héroe, salvo una cosa: la heroína y la “conexión Marsella” fue algo más que un negocio millonario, fue la puerta de entrada de la DEA al control de las calles fuera del territorio estadounidense.

Conexión Marsella (La French, Francia/Bélgica, 2014), de Cédric Jimenez, c/Jean Dujardin, Gilles Lellouche, Céline Sallette, 135’.