Por Luciano Alonso

El argumento, aunque simple, es ingenioso. Ivana Cornejo (Julieta Díaz) recibe el llamado anónimo de un hombre que ha encontrado un celular tirado, el suyo. Llamó al contacto registrado como “casa”, con la acertada suposición de que atendería el dueño del celular (en éste caso, la dueña). Él la ha visto tirar el teléfono, sabe que no se le ha caído, sino que ella lo arrojó en un momento de furia. Él se presenta, se llama León Godoy (Guillermo Francella) y quiere saber más acerca de ella. Es muy persuasivo y consigue que Ivana acceda a que se encuentren para almorzar con la excusa de la devolución del teléfono. Él ha sido muy galante y ella se ha dejado galantear. No obstante, cuando finalmente se encuentran, ella descubre que él mide 1.35 de estatura. A priori, esto no debería significar demasiado, pero se nota que le causa gran inquietud. Le agradece mucho que le haya devuelto el celular y quiere sacárselo de encima cuanto antes… sin embargo… León Godoy es un prestigioso arquitecto y un hombre de gran nivel económico, pero, sobre todas las cosas, es un caballero, tiene una personalidad magnética. La invita a vivir una experiencia inolvidable, según sus propias palabras. Ivana Cornejo, acaso porque está atravesando un momento muy particular de su vida, acepta. Así es como León Godoy e Ivana Cornejo se tiran en paracaídas. Ivana queda encantada con la experiencia. Él ha sabido dejar un recuerdo imborrable en ella, así que no pasa demasiado tiempo hasta que ella decide volver a llamarlo. Y, aunque él sea demasiado bajo de estatura, termina por seducirla. Así comienza una historia de amor, que progresa como cualquier otra historia de amor, con las complicaciones y resquemores que caracteriza cualquier relación, con el aditamento de que, en esta relación en particular, él es demasiado bajo de estatura y la sociedad está llena de prejuicios al respecto, que pesan sobre ambos y sobre las miradas de los otros, que pesan y modifican la propia perspectiva que cada uno se hace de sí mismo y del otro, etcétera.


Las vidas personales de ambos dan pie a una serie de subtramas bastante insulsas: la relación de ella con su madre y con su ex, la relación de él con su hijo y con su ex, etcétera. Aunque la película parte de una idea ciertamente ingeniosa, aquí es donde se empantana. La arquitectura argumental es muy sólida, pero la construcción de la historia es irregular. Por momentos sabe divertir, pero por momentos se pone innecesariamente solemne y aburrida.

Aplaudo la decisión de ahorrarse los innumerables chistes soeces y grotescos que la película podría haber realizado. El mal cine argentino nos tiene acostumbrados a un registro idiota de un humor grasaque, cuando no se incurre en él, causa un sincero alivio. Aunque la historia entre padre e hijo me pareció aburrida, está abordada con una delicadeza y una ternura que, aunque irreales, causan  la agradable sensación que causan todas las historias amables. De hecho, todo el registro de la película, en líneas generales, es de una gran compasión hacia la historia en sí, y hacia el mundo y la sociedad actual, y esa amabilidad en el registro resulta más o menos reconfortante.

Quedan muchos cabos sueltos y la película, con la excusa de tener una mirada favorable sobre lo diferente, se permite ser muy crítica al respecto. Por momentos (sus mejores momentos) los chistes llegan a ser ofensivos, malignos. Es que, en una dimensión ética, postula una sociedad ideal que contrasta con la realidad de manera obscena. Pero esa realidad que propone es agradable. Por lo tanto, la sensación que nos queda, como espectadores, es favorable. Pero no hay que olvidarse que, en el fondo, es una película mentirosa, y detrás de esa mentira hay una realidad cruel. Para decirlo de una vez, es una película bien intencionada, pero falsa. Nos propone un modo de pensar y sentir con el que me siento a gusto y al que adhiero, pero que es inevitablemente falso. Me refiero a un modo de ser y concebir la sociedad donde imperan la elegancia, el respeto, la compasión. ¿Quién podría sentirse a disgusto en una sociedad que funcionara así? Supongo que nadie. ¿Pero ese retrato de la sociedad refleja nuestra sociedad? Lamentablemente, no. Y así es como la película se vuelve irreal y cruel, porque nos presenta un mundo mejor, pero irrealizable.
Desde luego, una película no tiene por qué reflejar el mundo como es, y tranquilamente puede proponer la fantasía que le venga en gana. Sin embargo, hay una irresuelta fractura ética en el abordaje realizado al respecto. Los momentos más ingeniosos, más divertidos, son los más crueles y son, también, los más cercanos a la realidad. Quisiéramos que la vida funcione de otra manera. Al menos, quisiéramos que la sociedad funcionara de otra manera. Pero lo cierto es que no lo hace. Y aunque nos encantaría que esta historia entre un petiso macanudo y una morocha divina tenga final feliz, todos sabemos que eso es imposible. O, peor aún, sabemos que el petiso se vuelve magnético a fuerza de ser poderoso y ese poder se lo otorga el dinero, y esa es la última e irremediable certeza. A fin de cuentas, vivimos en una sociedad materialista y perversa.

Hay un detalle que resulta fundamental en todo este asunto y que revela la hipocresía que, en teoría, la película denuncia y, sin embargo, suscribe. ¿Por qué un actor de estatura normal tiene que representar el papel de un enano, con todas las complicaciones técnicas que ello implica? ¿No era más fácil contratar directamente a un actor de baja estatura? ¿Es que, acaso, no hay actores de baja estatura que “den con la talla”? ¿O será que, en realidad, no queremos ver a un enano de verdad, sino que simplemente queremos ver a un actor representando el papel de uno? ¿Qué pasa? ¿Es que nos horroriza que la representación de lo deforme y lo defectuoso sea verosímil? ¿Y qué nos dice eso como individuos y como sociedad?


Corazón de León (Argentina, 2013), de Marcos Carnevale, c/ Guillermo Francella, Julieta Díaz, Mauricio Dayub, Jorgelina Aruzzi, Nora Carpena, Nicolás Francella, Maria Nela Sinisterra, 100′.