Cuando uno termina de ver Corazón loco, además de la incredulidad y el enojo, queda la sensación de que no va a poder escribir demasiado.  Combinada con una certeza que brota de inmediato: que hace mucho tiempo que no se ve algo tan pero tan malo y ruin. La película es eso: una sumatoria de cretinadas, descuidos, impudicias y humillaciones.

El comienzo no es sorprendente: es fácil adivinar que lo primero que va a aparecer en una película donde está Suar es Suar: productor, guionista (ponele), verdadero»autor» de Corazón loco, la película que firmó Marcos Carnevale, de quien ya hablaremos más adelante.

Decía, la película le pertenece y el guion también. El primer plano es de Suar y lo primero que se escucha es su molesta y nasal voz en off, ofreciendo una explicación innecesaria sobre el tamaño que tiene un corazón promedio y que el hecho de tener un corazón más grande acarrearía una mayor capacidad de amar (¿?). Una frase, una taradez. Corte. Títulos con las letras que evocan a Comodines. Más voz en off.  Esta cuenta que está casado con Paula (Gabriela Toscano) hace muchos años, que tiene dos hijas, que la conoció en el viaje de egresados. Muestra la casa que comparten (¡172 metros cuadrados!!!!) y menciona también que «este año terminamos de pagar la hipoteca que sacamos en el 2000 con el gobierno de De la Rúa» sin hacer ninguna alusión complementaria a ese dato. Pero, para comprobar que nada de lo que dice o hace es inocente, unos minutos después el mismo Fernando Ferro (Adrián Suar) acota que «en el 2010 la economía familiar necesitaba un refuerzo».

La misma voz en off cuenta que conoció a Vera (Soledad Villamil) hace 10 años, que lo hace feliz y él a ella, y reitera algunos de esos lugares comunes que usó para relatar su vínculo con Paula. Entonces lo que queda claro y establecido es que Fernando es un hijo de puta sin culpas ni remordimientos que tiene dos familias: una de lunes a jueves en Mar del Plata con Paula y sus hijas y la otra desde el jueves a la noche hasta el domingo con Vera en Buenos Aires. Y esa doble vida necesita, precisa, requiere de una organización obsesiva, meticulosa y también innecesaria: uno puede entender que alguien casado se quite el anillo para ocultar su condición pero no entiendo lo de los dos autos, los dos celulares y el cambio de indumentaria. Solo lo estimo necesario para colocar una de las tantas publicidades «solapadas» de Corazón loco: la del mítico parador Atalaya. También hay de  alfajores (de dos marcas), helados, todos los productos de la góndola del supermercado y algunos más que no me preocupé en registrar mentalmente.

Una de las cosas que más cuesta soportar de la película es el personaje de Paula. No sólo se la somete a un engaño tan doloroso sino que durante toda la película sufrirá humillaciones e infortunios de distinta especie: desde la primera escena donde un niño la rocía con alcohol en el rostro, el golpear un plato con comida y salpicarse, hasta la indignante escena del aspersor. El guion la representa irremediablemente tonta, crédula, mendiga del amor de su marido, proclive a la histeria más ridícula (hay un punto de la histeria de la que nadie sería capaz de burlarse), que incluso en plena plan de «venganza» (un segmento muy poco creíble, como si fuera una parodia de Los simuladores) es capaz de preguntarle a su marido los porqué de su actitud y también, se veía venir, será la encargada de desatarlo en la camilla. Y la película no lo muestra, pero algunos meses más tarde de la escena final, va a perdonarlo y lo va a dejar volver a la casa familiar…

Otro protagonista penoso de la película es su director, Marcos Carnevale.  No sólo por la nulidad estética que recorre desde el primer hasta el último fotograma. Ni por su ilusión pretenciosa de ser un cineasta cuando la venganza entre las dos mujeres engañadas se pacta en el rojo absoluto del restaurante chino. O por lo descuidado que es en los detalles: si vas a dedicarle un primer plano a un plato de lentejas lo mínimo que se puede pedir es que ese plato se vea humeante. Lo más lamentable de Carnevale es la sumisión total a su jefe, a Suar. No recuerdo un caso similar. Qué cúmulo de humillaciones se puede soportar. Me lo imagino accediendo a incluir mezquindades en el guion para saldar cuentas propias (como cuando el vengativo y rencoroso Fernando/Suar opina sobre una niñera: «Nancy es cara y tiene problemas con los horarios», aludiendo a Nancy Dupláa y sus planteos ante los cambios de horario de Socias, una tira que tenía en Canal 13). Y tampoco me lo imagino haciéndole ninguna corrección actoral a su jefe ni volviendo a filmar escenas que están irremediablemente mal, en actitud o en tono, como cuando Vera/Villamil se la chupa (un momento de honda vergoña ajena) o casi todos en los que se intenta hacer el gracioso o el enojado o el empático o el pícaro…

Y esto se nota más porque el único que se salva del naufragio actoral es el excelente Gonzalo (Allan Sabbagh), haciendo lo que puede y haciéndolo muy bien, mejorando todas las escenas en las que interviene. Pero su personaje dura poco y ese correrse de Sabbabh le abre camino a Diego Barassi, que repite el personaje insufrible que alguna vez hizo en alguna tira televisiva.

También debe caer sobre Carnevale el dudoso mérito de haber filmado una de las películas más asépticas (y aburridas) de la historia del cine: todas las rutas están perfectas, el tránsito es fluido y armonioso, los días son de sol radiante, las dos casas de Fernando están inmaculadas, limpias e impolutas. Y donde hasta el «trapito» del estacionamiento es de diseño…

Y esta asepsia incluye la escena del desenlace, la escena de la terraza. Ni siquiera cayéndose de varios pisos será posible que Fernando salpique la vereda con algo de su sangre: una lástima.

Calificación: 2/10

Corazón loco (Argentina, 2020). Dirección: Marcos Carnevale. Guion: Adrián Suar, Marcos Carnevale. Fotografía: Félix Monti. Música: Iván Wyszogrod. Elenco: Adrián Suar, Soledad Villamil, Gabriela Toscano, Darío Barassi, Betiana Blum, Alan Sabbagh. Duración: 108 minutos. Disponible en: Netflix.