1. La luna menguante de anoche, que fue luna ya no llena de Iosseliani, que es reflector iluminando jirones de telas grises, dio paso al cielo sin nubes de hoy, ideal para caminar un par de kilómetros descalzo por la playa escribiendo una crónica efímera, pues habrá de perderse debido a mala conexión, servicio telefónico deficiente, descuido del usuario o destino general de la palabra, que fue lo que le sucedió a la primera versión de esta segunda crónica, seguramente algunas de las mejores páginas jamás escritas por mi mano, perdidas para siempre como la fórmula química de la olita que lame mis pies en este instante.perseo03_soledad_tielens_como_malena

Lo que más lamento de esa pérdida es la extensión con que me referí a a cortos que usualmente no son objeto de atención crítica y que ahora, apurado por el ritmo del festival, no podré replicar, pero uno aprende, entre otros, de tipos como Iosseliani (un plano frontal de Pastoral es idéntico a varios de A través de los olivos, de Kiarostami, entre otras cosas porque las casas campesinas de ambas tienen la misma arquitectura) o el ayer mencionado Nalé Roxlo, a tomar las pérdidas con humor, no descartar por completo que puedan tener algún sentido y, lo que es más probable, a no prestarles mucha atención e incluso disfrutar algunas de ellas si es que nada lo tiene.

Descubro ahora, por ejemplo, que escribir lo que escribí y perdí esta mañana me sirvió para darme cuenta de lo mucho que me había gustado Perseo, de María Florencia Sosa, adaptación compacta del espíritu fatalista y fantástico de Cortázar, con un gran travelling lateral en el que contigüidad y continuidad se intersectan con la potencia significante de la poesía. Acaso la precisión sea su máxima restricción, pero tampoco encuentro hasta el momento en otros cortos imperfecciones más elocuentes o conmovedoras que este rigor. Me pregunto si es fácil de advertir la causa del rechazo de la protagonista hacia su vieja vecina, menos su antagonista que su doble desplazado en el tiempo.

Beto Fisterra_Story - Foto 01_achEl Beto Fisterra, de Facundo Baldisserra, en cambio, es uno de los cortos que mejor cabria llamar popular, incluso por encima de otros que tratan de serlo y sólo son malamente sentimentales. La historia del 5 de Sporting Turdera que en toda su carrera cruzó la media cancha únicamente para patear el penal que definía el ascenso de su equipo en el último partido de su carrera, funciona como pocas, es pura potencia narrativa arrolladora, puesta en escena original de infinidad de lugares comunes futbolísticos compartidos. Otra que Metegol.

Los otros dos que nos han hecho pensar más que el resto al jurado compuesto por una directora “lobo” de pelo rojo, un actor del nuevo cine argentino “bonaerense” siempre mate en mano, un arquitecto y curador, y un periodista de Gesell fueron Tenia tanto miedo (no tanto esta, a la que un par descarta por completo no sé por qué con tanto énfasis), de Martina López Robol, y Marionetas, de Brenda Barroero. Es evidente que los realizadores de esta ultima vieron a Lynch, lo que no augura nada bueno ni tampoco, a esta altura del partido, nada nuevo; lo raro es sentirse en medio de una película de animación de Europa del Este pero aquí, ahora y con actores, habitar los planos sin fastidio, no exigir inteligibilidad porque se impone la clara estructura del conjunto que ampara los distintos módulos experimentales contenidos en ella, materiales, ominosos y tristes. Curiosamente, acabamos de ver otro corto mucho más rudimentario en el que la utilización de la marioneta genera todavía más asombro e incluso risible perplejidad cuando explota el recurso de incluir al titiritero como personaje autónomo de la ficción cuando ya todos habíamos naturalizado su presencia y, a través de ella, el desdoblamiento de la representación en un mismo plano.

2. Dos camareras de Havanna pasan riéndose entre sí después de romper una taza, me acuerdo de la cajera con lentes de Minotauro y me pregunto si están tomando empleadas cada vez más jóvenes, adolescentes en realidad, o si me estoy convirtiendo en una versión menos artie y más verde del ojo organizador de Unas fotos en la ciudad de Sylvia. Sylvia o Silvia, en realidad, no es nadie, como la del cuento homónimo de Cortázar, uno de los mejores y menos difundidos de él, que José Luis Guerin debe o debería conocer y, en el fondo, excusa o motor de búsqueda lirica, cuyo objeto no suele ser ese otro con nombre tradicional de mujer imposible que tapiza la historia literaria, sino el propio yo del autor.

Tenía tanto miedo está protagonizado por chicas entregadas a la inmanencia, que nunca brilla más feliz y ferozmente que cuando al menos dos mujeres pasan riendo juntas. Las del corto, que son tres y algo conchetas, dejan de hacerlo en cuanto deciden ignorar a un tipo que hace dedo y luego habrá de ayudarles ante un percance que fuerza ligeramente el verosímil realista. Conciso, con una foto clara, diurna y algodonada que le da un aire ligeramente fantástico aunque físicamente inmediato, y hasta costumbrista, acaba cómo tiene que acabar, materializando una idea que podría ser incluso políticamente incómoda si la ficción se extendiera y que transforma a personajes y objetos en decorado y utilería del deseo.tenia_tanto_miedo_001

Después de una tercera tanda de cortos que fue claramente la más floja de las cuatro, tanto que no rescatamos ninguno, y de una cuarta y última que fue la mejor, la más pareja y en la que encontramos a la ganadora de la competencia, nos fuimos primero a cenar y luego deliberamos hasta minutos antes de las tres, pero de eso voy a hablar mañana.

3. Salir a caminar de madrugada frente al mar es algo que no hacía desde hace fácilmente quince años. Con la luna en el cenit, el mar no tiene imágenes y es sólo un ritmo regular de rompientes. Miro las estrellas y sé que me voy a morir, pero hoy no duele entre otras cosas porque por primera vez saber que no soy eterno me libera lo suficiente como para gozar del momento como nunca. Me acompañan un perro negro y uno claro, ocasionales y callejeros custodios; pienso en Señor y perro de Thomas Mann y juego a ser su amo. Cien metros después me encuentro con cuatro adolescentes que me preguntan por los nombres de los bichos y los bautizan ni bien se enteran que no son míos. El único chico del grupo cumple años, me pide si le dejo pitar el habano, fuma y se esfuerza por no toser delante de las tres chicas. Nos sacamos unas fotos que, si alguna vez me las envían, serán parte de esta crónica. Sigo caminando solo hasta que el sendero de madera se acaba. Batman (el negro) y Flash (el claro) se reúnen de nuevo conmigo y juntos atravesamos la negrura hasta la orilla del mar, que siembra la playa de caracoles, algunos tan grandes como un puño con falanges en relieve. Devuelvo al agua los que aún están vivos y me traigo el único vacío que encuentro.

Aquí puede leerse la primera parte de las Crónicas de UNCIPAR.