Cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar atado a nada: Mochila de plomo, por Diego Baridó

Durante los últimos años surgieron un conjunto de películas que abordan el tránsito hacia la madurez con renovada complejidad, donde los conflictos más urgentes y estructurales de nuestro tiempo no operan tan sólo como pesado telón de fondo, sino que son aspectos protagónicos del relato. Si bien historias sobre infancias duras las hubo en el cine desde siempre, la particularidad de las películas de iniciación del momento es que el mundo adulto dejó de ser ese sendero de brazas por el cual deben resignarse a transitar púberes y adolescentes que encallecen sus pies al ritmo de “Los caminos de la vida”. Ahora ese sendero es desnaturalizado y cuestionado. Ya sea en la etapa del abandono de la niñez o en el salto de la adolescencia a la adultez, varios títulos agrupados bajo el anglicismo “coming of age” evidencian una voluntad narrativa en la que niñas y niños no son mera materia a ser moldeada, sino sujetos activos, críticos de su entorno y portadores de una mirada aguda sobre los adultos. Esos adultos ahora han dejado de ser referentes con autoridad automática para ser desnudados como seres errantes, que avanzan a tientas. ¿Cambió la niñez? Seguramente. Lo que no cabe duda es que está cambiando el punto de vista sobre ella.

Con Mochila de plomo, su segunda película, el director cordobés Darío Mascambroni confirma su pertenencia a este grupo de cineastas que se sumerge en la infancia con la premisa de erradicar todo tipo de subestimación de ese universo. En Primero enero, su ópera prima, construía un relato intimista, sin pretensiones pero profundo y sensible, sobre el vínculo entre un padre divorciado y su hijo. En ese microcosmos, narrado con una naturalidad mayúscula y diálogos espontáneos, el adulto empardaba al niño en cuanto a dudas, añoranza y caprichos. La angustia de ambos nos resultaba comprensible, palpable. La comunión entre ambos estaba reforzada por dos elementos: una ausencia (la de la madre/esposa) y la nostalgia ante el fin de una etapa, conflicto interno representado espacialmente por esa casa de veraneo cargada de recuerdos familiares y que debe ser vendida. En Mochila de plomo, Mascambroni se muda hacia un entorno urbano, un ritmo tenso y un drama costumbrista, pero retiene elementos de su primera obra: el peso de una ausencia (esta vez un padre) y los reflejos sinceros de la niñez como imagen especular de los errores y ocultamientos de los adultos.

El plano inicial de la película sintentiza tema, tono y espíritu de la película. En plano general, vemos a un grupo de chicos  de unos 13 años jugando un partido nocturno en una canchita de fútbol cinco. La acción resulta natural, espontánea, pero ya se percibe un cuidado en la composición y en la fotografía (a cargo del también realizador Nadir Medina, de excelente labor) que van plantando claves a través de las cuales leer las acciones. Bajo la luz cálida de los relflectores y contendios dentro de la red que cubre toda la cancha, los chicos juegan concentrados y divertidos. Fuera de esa madriguera, todo es oscuridad.

La escena de apertura continúa esa propuesta, ahora con el agregado de una música lúdica y a la vez inquietante. Los chicos vagan por la noche de Villa María en bici y ciclomotor, bajo las típicas lámparas de vapor de sodio que alumbran con su luz ocre a pueblos y rutas, que también es el color de ese barrio de casas bajas, el color de un tiempo que se añora, de una ausencia, pero también de la amistad, que cobija. Una sugerencia fotográfica que anuncia un retrato de infancia duro, pero no árido.

En la puerta de la despensa, los chicos comparten una ronda de bromas e improvisaciones de beatbox, amenizadas con gaseosa, papas fritas y cigarrillos. Rituales con los que empiezan a medirse la sisa de la adolescencia, hasta que es tarde y hay que volver a casa porque sino “mamá me va a recagar a pedos”. En cambio, Tomás (muy bien interpretado por el novel Facundo Underwood) vuelve sin apuro, vuelve porque sí. Mamá no lo espera preocupada ni con la cena servida. Mamá se va con “el gilazo del Dodge” y lo deja sólo en una casa que es un desorden. ¿Y papá? Papá murió, y es un vacío que late en esa casa y en el gesto desangelado de Tomás.

Esa misma noche, Pichín (Gerardo Pascual) llega con un bolso y otro trabajito. “Es un arma, boludo”, dice serio Tomás, cuando ve su contenido. “Mi hermano me dijo que nos iba a conseguir un poquito más de plata. El trabajo es el mismo. ¿Lo guardamos o no lo guardamos?”. Sin esperar la respuesta de Tomás, su amigo le devela el doble propósito de esa encomienda: “Mañana le abren al Nenino. Sale antes por buena conducta.” Tomás se tensa. Pichín descomprime con una sonrisa, pero se va dejando el arma (con balas) sobre la mesa. Si la incógnita sobre la muerte de su padre es la pendiente por la que se desliza la película, el anuncio de la liberación del asesino es el factor que le imprime vértigo y tensión.

Luego de una noche mal dormida, Tomás se levanta para ir a la escuela. En la mochila van los últiles, el arma y las balas. La mochila de plomo ya está en la espalda de Tomás y lo acompañará durante toda la jornada. En el Industrial le informan que quedó libre por faltas. Sin obligaciones ordinarias por delante, Tomás dedicará el día a tareas más urgentes y que tienen a la cena de bienvenida a Nenino como última parada. La promesa de un duelo final le incorpora al drama una pátina de western que justifica las frases taxativas y los diálogos ajustados a una información precisa que aquí y allá irrumpen en el texto y lo apartan del naturalismo dominante.

La tentación de la justicia por mano propia tiene el tamaño de su bronca por la ausencia. En una hermosa escena sobre un puente, Tomás pide el cigarrillo y, como si fuera Clint Eastwood en Por un puñado de dólares dispara su primer tiro. “Mi hermano dice que hay que apretar suave el gatillo, sino se le pega a cualquier cosa”, dice Pichín. Con la referencia a ese hermano mayor emerge el saber que forma parte del contexto, ese saber que no se elije tener sino que se tiene y ya. Pero Tomás es astuto y, entre dudas y miedos, advierte que la venganza no lo acerca a su padre sino al universo peligroso que le deparó un desgraciado y prematuro desenlace. El mismo que hoy carga con plomo su mochila y le dice, a través de su amigo: “Dale, agarrala gil. Para Nenino. Hacete hombre”. En cuestión de horas, Tomás debe precipitarse a decidir si su camino es el código barrial del ojo por ojo al que lo invita el hermano de Pichín con ese fierro, u otro distinto, uno que lo exima de heredar destinos elegidos por otros y lo acerque sin chicanas a su padre y a enteder qué pasó con él.

¿Pero qué referencia tiene para ese otro camino? ¿A qué baliza apuntar la marcha si todos los adultos a su alrededor boyan entre frustraciones? Es esa referencia la que Tomás debe armar, tomando y descartando cosas de cada amigo, conocido o familiar que pueda decirle algo sobre su padre. No cerrarse en su dolor e ir en búsqueda de la información que necesita, sin importar qué rencores lo vinculen con su interlocutor, para terminar de entender la forma de ese vacío llamado papá. E ahí la pequeña epopeya de nuestro protagonista.

Mochila de plomo (Argentina, 2018). Dirección: Darío Mascambroni. Producción: Fernanda Rocca, Darío Mascambroni. Guión: Darío Mascambroni, Florencia Wehbe, Pipi Papalini. Dirección de fotografía: Nadir Medina. Dirección de Sonido: Martín Alaluf Edición, Edición: Lucía Torres. Dirección de arte: Anita Chacón. Música: Jerónimo Piazza, Jorge Nazar, Rimando Entre versos. Intérpretes: Facundo Underwood, Gerardo Pascual, Agustín Rittano, Elisa Gagliano, Osvaldo Wehbe. Duración: 68 minutos.

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