“Tengo que ir a un velorio”, le dice Julián a Irene. Y no le miente, porque Vildrac acaba de morir y porque a esa mujer no hay forma de engañarla, lo sabe todo desde el principio. Pero como en Invasión no hay acontecimiento estético del uno, según señala Oubiña, la frase tiene la ambigüedad clásica de la tragedia y encierra el simbolismo de la duplicidad verbal que recorre toda la película de Santiago: Julián dice la verdad y al mismo tiempo habla de sí mismo. A esa altura la milonga de Manuel Flores ya ha sido cantada por el doctor Silva y los personajes se encaminan de a uno hacia la muerte. No hay mandato sino convicción: “mejor así. Uno se cansa de esperar”, dice Murúa/Herrera cuando Don Porfirio le advierte de la inminente entrada de los invasores a la ciudad.

Santiago se fue sin decir adiós. Metafórica y literalmente, porque aun le quedaba una película por hacer que no sólo iba a cerrar la trilogía iniciada con Invasión en 1969 y continuada por Las veredas de Saturno en 1986, sino porque también iba a llevar por título esa sentencia final de despedida. Ya no va a ser, ya no la veremos. Pero ante el lamento por la obra inconclusa no queda otra que aferrarse a lo concreto, a lo que sobrevive al hombre y lo justifica como tal, en este caso las películas y los gestos que ellas encierran.

Santiago se fue sin decir adiós, y como su deriva es ajena a nuestro conocimiento, solo nos queda imaginar un viaje posible, un último enfrentamiento, y a mí me gusta pensar al director enfrentando ese dolor de “decirle adiós a la vida” con la entereza con la que su (anti) héroe lo hacía en Invasión, con ese gesto lleno de estoicismo, con esa corrección del cuerpo que duraba apenas un segundo pero que definía su carácter aristocrático y romántico para pararse frente al umbral de la muerte que lo aguardaba detrás de esa puerta. No recuerdo un gesto similar en ninguna otra película.

Pienso ahora, porque justo me la crucé por estos días, en esa road movie crepuscular que es Vanishing point, donde también hay un mundo que se viene abajo, que desaparece junto con su protagonista. Y allí está Kowalski, dirigiéndose a toda velocidad por la ruta, yendo al encuentro de su destino fatal, con esa semi sonrisa que su cara descubre y que un segundo antes del impacto, de manera casi imperceptible, se borra por completo. Pienso en ese melodrama glacial que es Titanic (otro mundo desaparecido), pero no pienso en Jack ni en Rose, sino en ese hombre de galera que ante lo irreversible de la tragedia decide mantener el hábito de beber su brandy hasta el final, pero más que nada  pienso en el miedo cubriendo el rostro de ese hombre cuando el agua empieza a penetrar en el barco. La valentía, en ambos casos, como también en Invasión, no prescinde del miedo.

La muerte es cosa seria y Herrera lo sabe y lo dice. Pero Santiago nos perdona su cara en ese instante último, acaso por la herencia bressoniana de quitar toda inflexión, todo gesto enunciativo que subraye el sentido. Y a cambio nos regala el cuerpo entero de un hombre en el momento final de su vida que es todo un discurso, toda una postura, toda una forma de la resistencia.

Santiago se fue sin decir adiós. Se fue de día. Y pienso: se fue como Moreira, enceguecido por la sangre de su frente y ese sol tremendo; se fue como el viejo Reales, envuelto en el alcohol y el sueño de su propia despedida; se fue como su Julián al abrir esa puerta en la cancha de Boca, de pie, pisando el suelo con determinación, dejando marcada su presencia para siempre.