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Con perspectiva de barajas ya jugadas y bien fuleras, la voz en off de Redford nos anticipa -apenas arranca Cuando todo está perdido- un largo flashback a lo Sunset Boulevard con final inevitable como la vida misma. En lugar de a William Holden flotando exánime en la pileta, tenemos a Robert (en adelante “nuestro hombre”, tal su identificación en los créditos del film) despertándose sobresaltado: su velero está en el medio del mar, solitario, y con un agujero por donde entra agua sin parar. A los dos minutos, y encima con el anticipo del título original, salimos del vestuario perdiendo por varios goles y temiendo un spoiler gigantesco. Pero lo bueno es que –aún con semejante pronóstico- le quedan los noventa minutos del partido, es decir del metraje. Así es el cine. Y hay que salir a ganar.

Desde el afiche, el film de J.C Chandor avisa que esta será más que una tormenta perfecta y que, a partir de ese momento donde todavía hay una paradójica placidez propia de altamar y de ese cielo límpido, las cosas se van a poner cada vez más negras: la línea del horizonte es groseramente interrumpida por un container a medio hundirse, caído de uno de esos gigantescos barcos de carga que llevan cientos. Burla cruel del destino, esa plácida y merecida siesta en el medio de la nada es abruptamente interrumpida con el único y absurdo escollo en cientos de kilómetros de mar a la redonda. ¿Casualidad?.

Hoy puede ser un mal día.

Parienta acuática de Gravedad, en Cuando todo está perdido no hay contactos que se pierden y retoman, nuestro hombre está solita-mi-alma a la buena de Dios, a merced de la naturaleza que le es, de pronto, tan ajena y temible como la noche eterna del cosmos. Al igual que Sandra Bullock, afronta una serie de catástrofes apiladas, dignas de un fatalista supremo como Jerry Lewis. Esas que a muchos “verosimilistas”, como gustaba decir cínicamente a Hitchcock, les revuelven las tripas hasta que expulsan un disgustado “eeeehh cheeee”. El inminente descenso a los infiernos o, vamos, al fondo del mar, urge a nuestro hombre a la brava y temeraria estrategia que nunca puede ser más que un manotazo de ahogado y todo en un inmensísimo e insondable espacio marítimo que –mérito del hasta ahora ignoto Chandor- paradójicamente comprime como si fuera una pieza de cuatro por cuatro que se va llenando de a poco. La opción está, como dijeran los Stones, entre una roca y un lugar duro.

“Para Dios no hay cero. Yo todavía existo”. Eso decía el protagonista de El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957), poniéndole el pecho al mundo desde su insignificante tamaño de Pulgarcito. Promediando el metraje, junto con la aparición de música incidental que hasta ahí también sumaba ausencia a la desolación, nuestro hombre resulta sorpresivamente invisible para uno de esos inmensos barcos cuya carga produjo su vía crucis, y que pasa por delante de sus propias narices. Probablemente en esta instancia casi terminal muchos de aquellos verosimilistas, talibanes de la lógica, sientan la paciencia colmada in extremis y huyan: se lo pierden, es cuando el film adquiere una dimensión enrarecida donde la aventura y la odisea conviven con la más pura angustia existencial y sin tiempo para abarajarla. Sobre llovido, mojado y lo que vendrá.

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Testigos presenciales.

Los aspectos formales y los recursos narrativos de Cuando todo está perdido son tan económicos y sutiles como adecuados a la historia. A lo ya comentado sobre la banda sonora, que en gran parte son los crujidos, las olas, los golpes, así como el más terrible silencio, y las resoluciones de planos en un único escenario, un gran acierto es la audacia de –más silencio- evitar la consabida parrafada en off de lo que nuestro hombre piensa y/o siente. Así, tampoco conocemos absolutamente nada de su vida, esa que se le escurre de las manos minuto a minuto, lo cual confiere a la película además de mayor angustia y suspenso (y cine, caramba), un carácter de documental casero y ascético, donde la cámara jamás abandona el tour de force de Robert Redford (76 años), quien no articula palabra y es pura acción física prácticamente prescindiendo de dobles o efectos especiales. No en vano el film lo acredita como “nuestro hombre”: lo tenemos todo el tiempo ahí, somos únicos testigos de su intempestiva aparición en escena, su agitado presente y su incierto destino. En definitiva, de su existencia. Y no es Clooney, ni Stallone, Statham, The Rock o Crowe, es un tipo cualquiera en circunstancias extraordinarias, inmejorablemente abordado por un actor que promedia su edad y su carrera en un desafío inédito, donde demuestra que, si bien su estado físico es evidentemente cuidado, lo que más comunica su cuerpo es la desesperación y la soledad, al igual que su rostro ajado que parece haber prescindido de las patéticas refrescadas hollywoodenses.

Invisible.

Paradojas de estos tiempos, el minimalismo de Cuando todo está perdido para contar esta parábola puramente cinematográfica debe haber conspirado para que en nuestro país salga directamente a DVD impidiéndonos disfrutarla en pantalla grande. Al mismo tiempo, Redford, quien ha tomado con mucho cariño y esfuerzo este proyecto, se quejó puntualmente del ninguneo que el film sufrió tanto en su distribución como, de la mano de ello, en las nominaciones al Oscar ( sólo una, en edición de sonido). “Está bien, Hollywood es lo que es, yo he sido parte de él, y es un negocio”, dijo resignado. Una obviedad a la cual, quienes la remamos con él durante más de hora y media, adherimos. Así como a la entrañable nota al pie de los créditos finales, en la que se agradece específicamente y con nombre propio a los tres veleros sacrificados en la realización de este film tan solitario como su protagonista.

Cuando todo está perdido (All is Lost, EUA, 2013), de J.C. Chandor, c/ Robert Redford, 115’.