Fecha: Miércoles 9, 16, 23 y 30 de marzo de 2016, de 19:30 a 21:30 hs.
Lugar: Avda. Congreso y Avda. Cabildo, Belgrano, CABA.
Curso completo: $600.- Clase: $200.-
Informes e inscripción: marcosvieytes@hotmail.com / 15-3880-9891 / 4784-1292

En cada clase se proyectarán y analizarán fragmentos de la película elegida y otros que tengan asociación con ella. Verlas antes de la clase facilitará la interacción, pero el énfasis está puesto en la organización audiovisual antes que en el argumento. El objetivo es suministrar herramientas formales para mirar mejor la película en cuestión y las imágenes en general.

Clase #1: Análisis de French Can Can (Jean Renoir, 1951)
Clase #2: Análisis de La scoumoune (Réquiem para un homicida, Jose Giovanni, 1972)
Clase #3: Análisis de Los guapos (Pasquale Squitteri, 1974)
Clase #4: Análisis de Leyenda (Brian Helgeland, 2015)

Solemos creer que French Can Can, de Jean Renoir, es la historia del Moulin Rouge, pero no es precisamente eso sino muchas otras cosas, entre ellas un tratado sobre la realeza no sanguínea. Uno de los continuos personajes secundarios que circulan en la película es un príncipe heredero oriental que viajó a Francia a divertirse un poco antes de transformarse en el Rey de un reino que no le interesa ni sabe manejar porque el liderazgo no siempre se hereda. Entre ese personaje algo secundario y el de Jean Gabin no parece haber ninguna coincidencia, pero en una escena breve, nocturna y graciosamente anecdótica este último se encuentra con una ex bailarina que sobrevive ofreciendo flores en la calle y lo despide, luego de haberle vendido algunas, diciéndo “Adiós, Príncipe”. Gabin no tiene sangre real, viene del pueblo pero es el verdadero Príncipe de la película, artista, seductor, alma mater –más que pater familiae– que concibe y da a luz el Moulin Rouge en su cama, trono desde el que gobierna el mundo del espectáculo –el de los sueños- instantes después de que le remataran todos los muebles de su casa menos ese.

No creo que haya sido la primera vez que el cine llamó Príncipe a Jean Gabin. French Can Can es de 1954 y para entonces llevaba veinticinco años filmando, entre otras cosas, unos cuantos policiales. Ese género de películas cuyo origen se remonta al realismo poético francés e incluso a los seriales mudos de Feuillade contribuyeron a parir el noir en los EE.UU. de los ‘40, fueron bautizados como polar (contracción de roman policier, novela policial) en la segunda posguerra y más de una vez encumbraron a sus antihéroes –gangsters, fiolos, “apaches”- dándoles títulos nobiliarios sin ningún respaldo legal pero con el simbólico de sus pares del hampa primero, ganado a pura autoridad real, y del cine y la literatura después, que les dio la inmortalidad de los mitos, el del criminal como metáfora del artista entre otros. En un inclasificable película de 1968 que se llama La Scoumoune, versión corregida de Un tal La Rocca, el autor de la novela original propuso a Jean-Paul Belmondo como sucesor de Gabin. Es menos una película de acción que un melodrama sobre la amistad de tres hombres a través del tiempo, que sólo parece correr para la Mujer (Claudia Cardinale), y un relato de ficción lleno de gestos, datos y detalles fidedignos sobre la vida de unos delincuentes filmada por otro (Jose Giovanni) que no se priva de opinar a pura acción dramática y visual sobre la historia de Francia entre las décadas del ‘20 y ‘60. En la última escena de la película es un organillero en vez de una florista quien reconoce la aristocracia de Belmondo mientras el Príncipe sube la pintoresca escalera parisina al cielo de los patoteros sentimentales que Gabin bajaba en la de Renoir.

En Los guapos, que transcurre en la Nápoles del 1900, hay un tópico sentimental y dramático -el triángulo amoroso- del que la película se vale para narrar otra cosa. Ese triángulo compuesto por dos hombres y una mujer funciona como circuito erótico en el que el cuerpo de Cardinale sirve para aliviar la pasión entre hombres, cuyo clímax se da en un temprano duelo a cuchillo que la tiene como testigo y deviene en amistad masculina. Uno de los hombres es aquello en lo que el recién llegado se podría haber convertido si se hubiera quedado en el país natal. Pero se fue y volvió decidido a ser un hombre de leyes, un representante de la Italia moderna, un hombre del Estado. Así entran en tensión el sentido más clásico del espectáculo y formas obtusas, refractarias a la simplificación; estrellas como Franco Nero y Fabio Testi, además de Claudia, y personajes que se resisten a la mistificación; la sintaxis de los géneros junto a contenidos irreductibles al vértigo audiovisual predigerido o a guiones programáticos, como el lugar de la mafia en la organización política y social italiana que resistía la unificación estatal, y la Historia como matriz exigente de fidelidad en vez de un mero decorado.

Las virtudes de Leyenda son muchas y variadas, empezando por una de índole narrativa: quien nos cuenta este cuento de machos es una mujer y ese no es un detalle menor, no sólo por el sexo sino también por el estatuto del relator. “Créanme cuando les digo que hizo falta mucho amor para odiarlo como lo hago”, empieza diciéndonos mientras presenta a dos personajes distintos pero de idénticos encarnados por el mismo actor. Tom Hardy hace de los gemelos Kray, “príncipes gangsters”, y su actuación es pura diversión (“divergencia”) expresionista. Aquí no hay nada de naturalismo, porque el terreno de Helgeland es el de los mitos, si no el de la fe. La iglesia preside el plano de la calle del barrio en que viven. La Londres de los 60 es un escenario subordinado al teatro melodramático de esa hermandad tierna y monstruosa, bella y bestial. El orden de las apariencias es el de una película de gangsters, así que la amistad viril, el despliegue de fuerza machista, la familia, el crimen organizado bajo códigos tácitos como reflejo invertido del orden legal están ahí, pero el título mismo nos indica que hay que verla como un relato mitológico –Jekyll y Hyde- en el que la unidad -la inocencia- original perdida, la locura como posibilidad doméstica, social, cotidiana y sobre todo el placer de ser transportado por un relato bien contado son lo que importa.